LA CONTRIBUCIÓN DEL JUDAISMO AL DESARROLLO CULTURAL DE ESPAÑA

 

 

Durante los siglos de su estadía en España, los ju­díos desarrollaron una intensa creatividad cultural judía y universal. Había estrellas de enorme magnitud, que dieron lustre y esplendor no sólo a la cultura y a la creación espiritual judías, sino también al mundo gentil. Surgieron gigantes del pensamiento, de la litera­tura, la poesía, la filosofía y de todas las ramas de las ciencias. Varios escalaron altas posiciones de dignidad política y ocuparon cargos de primordial importancia en varias cortes. Eran tesore­ros, médicos, financistas, diplomáticos, jefes militares, ya sea al servicio de sultanes y califas musulmanes o de reyes y príncipes cristianos y dignatarios eclesiásticos.

 

Pensamos que la cultura, las letras, la ciencia y todo lo que atañe a la civilización humana, en su concepción más pura y espiritual, están pobladas de creadores de diferentes magnitu­des que se alinean piramidalmente.

 

La pirámide de la civilización y creatividad sefaradíes en España estaba formada en su base por un gran número de estudiosos, aunque no de importancia trascendental pero con una cultura básica. Estudiantes y traductores inmediatamente se ali­neaban en un estrato más angosto, pero individualmente eran más sobresalientes los gramáticos, filólogos, filósofos, médicos, científicos, escritores y poetas, muchos de ellos de gran calibre.

 

La cumbre estaba reservada para un puñado de ge­nios, quienes significaban la gloria y la expresión máxima de la creatividad sefaradí.

 

Los judíos sefaradíes han logrado levantar siste­máticamente, a través de decenas de generaciones, una gigan­tesca pirámide que ha quedado erguida a través de los siglos como ejemplo y modelo para todas las comunidades judías del mundo, y también para el mundo científico no judío. La influencia de la cultura sefaradí en España y fuera de ella -como se ve en forma retrospectiva- sobresalió con notable relieve.

 

Casi toda la creación de la «Época de Oro» del sefaradismo (siglos X - XIII) nace, florece y madura bajo el domi­nio árabe, en idioma hebreo y árabe.

 

Como consecuencia de su estrecha relación con los árabes, los judíos de la España medieval entraron en contacto con la cultura oriental. A raíz de esta íntima convergencia entre árabes y judíos, desde la temprana Edad Media se estableció un nexo intelectual -único en su género- en pro de toda la civiliza­ción occidental. Los árabes descubren en el curso de sus conquistas territoriales valiosos tesoros de la cultura oriental y clásica antigua, y serán los judíos de España los que se convierten en intermediarios. Es decir, una especie de transmisores de este trámite histórico, gracias a su idoneidad espiritual, a sus relaciones internacionales y a su versación políglota, a fin de hacer conocer a la Europa, en aquella época de poca cultura, los tesoros cultu­rales descubiertos por los árabes y renovados y elaborados por judíos y árabes. Es uno de los papeles más descollantes cumpli­dos por los sefaradíes, en favor de la civilización mundial, que sirvió de levadura en el lento renacimiento de Europa de la tem­prana Edad Media.

 

Hay varias ramas de la cultura y de la civilización en la que los sefaradíes no sólo transmitían, sino también creaban algo nuevo e importante. Mencionamos sólo algunos campos de las ciencias, como por ejemplo, la gramática y la filología, la Filosofía, la medicina, la astronomía, la cartografía y la actividad de los traductores. No mencionamos ahora los resultados de la creatividad sefaradí post-exílica, pues nuestro tema es la contribución de los sefaradíes a la cultura española, la que enriquecida, llegó a ser parte de la cultura occidental.

 

Gramática, Filología y Filosofía.

 

En la parte gramática y filología mencionamos a Dunash ibn Labrat, Menajem ben Saruk y Yuda ben David Jayudz, quienes formaron sus academias para desarrollar las bases de a gramática hebrea. El último de los mencionados escribió su libro en árabe sobre la gramática hebrea. Todos los aquí mencionados y sus discípulos posteriores, estudiosos e historiadores, desentrañaron y difundieron el sistema y las leyes de la gramática y de la filología hebrea, con lo que han contribuido a la depuración del idioma hebreo literario. Sus obras fueron traducidas al latín y se convirtieron en el manantial, en el cual los estudiosos cristianos de las postrimerías de la Edad Media y del Renacimiento estudiaban la lengua hebrea, para comprender mejor la Biblia.

 

Muchos de estos filólogos escribieron también obras literarias y didácticas, que merecieron gran aceptación tanto en­tre cristianos como judíos. Vale la pena mencionar que ya en esta época había un escritor, Carrión Shemtov Ardutier, quien escribió en castellano su obra «Consejos y Documentos», dedicada al Rey Don Pedro.

 

La filosofía era una ciencia nueva para los judíos de esa época, aunque el Libro de Job y el Eclesiastés, incorporados en la Biblia, son de contenido filosófico. La verdadera filosofía judía tiene sus comienzos en España. La mayor parte de las gran­des obras de la filosofía judía de la España árabe han sido escritas en el idioma árabe y estudiadas en árabe, antes que la traducción hebrea tuviera difusión universal entre los judíos y no judíos de otros países. No sólo la forma exterior, la manera de presentar los problemas, la naturaleza de las cuestiones filosófi­cas, sino también el modo de pensar, la metodología, la terminología, todos los elementos mayores de esta actividad literaria entroncaron en la literatura religiosa musulmana.

 

Fuera de su valor intrínseco, estas obras tienen gran importancia desde el punto de vista universal, porque fueron los filósofos judíos de España quienes presentaron y transmitieron por sus propias obras las ideas y formas más importantes de la filosofía griega. Ellos dieron a conocer el neoplatonismo y el aristotelismo en España y también en la Europa de su época.

 

La obra filosófica de Salomón Ibn Gabirol, «La Fuen­te de la Vida», es una obra cumbre de la filosofía con típicos planteamientos neoplatónicos, que adquirió proyección universal y le adjudicó renombre en la renaciente Europa cristiana, sobre todo en la escuela franciscana.

 

La lúcida inteligencia de Rabí Moshé ben Maimón (RAMBAM) produjo una obra filosófica, llamada «Dalarat Al Jairin - Moré Nevujim- Guía de los Descarriados», o «Guía de los Perplejos».

 

En la filosofía de Maimónides, el racionalismo judío comenzado por Filón y Saadia Gaón, recibió su formación clási­ca. Dos grandes verdades le sirvieron como astros luminosos en su vida: la verdad, que el hombre llega a conocer por medio de la Revelación Divina, y la que alcanza por su propia razón.

 

Maimónides, como creyente, se inclinó ante las en­señanzas de Moisés y de los Profetas; pero como pensador, ad­mitió las doctrinas del gran filósofo griego Aristóteles y de otros, transformándolas conforme a sus propias convicciones. Aspiraba a fusionar ambas verdades, la revelada y la racional. Tal propósito lo realizó en su obra filosófica, que escribió en árabe.

 

En esta obra sostiene la idea fundamental, que la fe pura y el razonamiento puro concuerdan perfectamente entre sí. Ambos reconocen que existe un solo Dios, de El proviene toda la creación, y ambos aspiran a llevar al hombre a la perfección más completa, y ya que la verdad de la fe y la verdad de la inteligencia coinciden en lo que atañe a la primera causa y a la última finalidad, y deben encontrar el acercamiento también en las demás cuestiones que se plantean entre ambos extremos. Enseñó a sus seguidores a creer en la verdad de la Tora, aunque les surjan dudas por sus estudios filosóficos. La razón humana los llama a morar en su esfera, y les resulta difícil aceptar como correctas las enseñanzas basadas en la interpretación literal de la Tora; de ahí que estaban sumidos en perplejidad y ansiedad; en eso quiere ayudarles Maimónides.

 

En el mundo de la filosofía y de la razón humana, Aristóteles era aún el monarca reinante, también para Maimónides, aunque desde el punto de vista político, él era discípulo de Platón.

 

No es, sin embargo, un seguidor inflexible de Aristóteles, por el contrario, difiere en varias cuestiones funda­mentales. Frente al pensamiento de Aristóteles, Maimónides em­plea con brillante dialéctica sus doctrinas de la Creación y de su propósito, las del libre albedrío y de la responsabilidad.

 

La obra «Guía de los Perplejos», se compone de tres partes. La primera determina la idea de Dios en nivel filosófico y se opone fuertemente a las imaginaciones antropomórficas, plan­teadas por las masas. El segundo tomo establece la relación de Dios con el mundo creado. Comienza con la argumentación so­bre el carácter «creado» del mundo y luego el profetismo es presentado como la emanación espiritual de Dios. El tercer tomo contiene una introducción de carácter metafísico y luego, se dedica a ciertos problemas eternos de la fe: el objetivo de los sufrimien­tos terrenales, la razón de las leyes divinas en general y la de algunas en particular.

 

Una de las maneras de iluminar al perplejo es, como Filón interpreta los pasajes de la Biblia, de una manera no literal sino figurativa. Otra forma consiste en conciliar las enseñanzas de la filosofía y de las ciencias con las de la Tora. Se pregunta: ¿Carece el universo o la materia del comienzo, de fin y de finali­dad, o es el resultado de la voluntad y propósito creadores de Dios? ¿Es el hombre una criatura arrojada con los grilletes de la predestinación, es un esclavo irresponsable de necesidad, o está dotado de libre voluntad y por lo tanto, es responsable de todo lo que hace y de lo que deja de hacer? Con brillante dialéctica y oponiéndose a Aristóteles, Maimónides sostiene las doctrinas de la creación evolutiva y del propósito divino, como también las del libre albedrío y la responsabilidad, principios que son básicos no sólo para el judaísmo, sino para las otras religiones monoteístas.

 

Sostiene la idea que la fe pura y el pensamiento ló­gico coinciden entre si, pues reconocen que existe la Gran Fuerza Creadora (Dios), de esta Fuerza proviene la Creación, y ambos aspiran a elevar al hombre al más completo perfeccionamiento. La verdad de la fe y la verdad de la inteligencia no son contra­dictorias en sus conceptos básicos y pueden complementarse.

 

Maimónides trazó una línea divisoria bien marcada entre la física y la metafísica; entre la razón - es decir saber y la conciencia-, y la ignorancia e incapacidad para dominar los ins­tintos- y al mismo tiempo, como pensador, trabaja estrechamente ligado a la realidad, al mundo material, como lo demuestran sus obras de medicina.

 

Además, Maimónides está perfectamente consciente de las limitaciones del intelecto humano y no invoca el juicio de la razón en todos los asuntos. «No vayáis a creer -dice- que es­tos problemas tan difíciles pueden ser comprendidos en forma completa por cualquiera de nosotros. No es así. A veces la verdad resplandece con tanto brillo que la vemos tan clara como el día. Pero a veces nuestra naturaleza y nuestras costumbres arrojan un velo sobre nuestra percepción y retornamos a una oscuridad casi tan impenetrable como antes. Somos los que, aunque con­templen el fulgor de frecuentes relámpagos, se encuentran en lo más oscuro de la noche».

 

Pero aún cuando la búsqueda de la razón esté nu­blada por incertidumbres, es la vocación principal del hombre, pro­seguir dicha búsqueda, hasta el límite de su capacidad, pues el hombre da expresión a la sustancia esencial de su ser cuando se empeña en el pensamiento sostenido y racional. La imagen de Dios en el hombre no es la libertad de hacer lo que quiere, sino la capacidad de pensar objetiva y lógicamente, antes de hacer o no hacer algo.

 

Rabi Moshe ben Maimón, como también muchos de los pensadores judíos de su época, se vieron primeramente ante una cuestión epistemológica. Su visión se podría resumir de este modo: la razón es necesaria, pero no es suficiente. La razón pue­de dar orientación en las «cosas sublunares» -para emplear la terminología de la época- pero no en la naturaleza del ser humano y tampoco en las grandes interrogantes: vida y muerte. Así dice Maimónides: «Considero indiscutiblemente exacta la teoría de Aristóteles en lo que se refiere a las cosas existentes entre la esfera de la luna y el centro de la tierra, pero lo que dice Aristóteles acerca de las cosas situadas más allá de la esfera de la luna, procede de la imaginación y de la opinión personal de Aristóteles, y contiene grandes improbabilidades».

 

RAMBAM, como también sus contemporáneos, plan­teó la existencia de dos fuentes del saber: la razón y la revela­ción, las cuales se complementan y se explican mutuamente, pero nunca se contradicen. La tarea del pensador será entonces, ar­monizar las diferentes enseñanzas. El problema mayor se pre­sentó por la naturaleza del lenguaje bíblico, que adjudica a Dios formas corporales -antropomorfismo-, como emociones humanas -antropopatismo-. Maimónides dedica gran parte de su obra a la presentación de diversas claves posibles para estas expresiones, como también para otros términos difíciles de comprender, con­forme a las exigencias de un monoteísmo puro. Llega a la con­clusión, que Dios es incognoscible, por lo tanto no podemos defi­nir a Dios, pero podemos aproximarnos al conocimiento de Dios, proclamando lo que no es.

 

Maimónides escribió la «Guía» en árabe, que fue traducida al hebreo y al latín. La obra le otorgó a su autor un puesto honorable en la historia de la filosofía, pues era una nueva inter­pretación de la filosofía griega no sólo en la filosofía medieval, sino también en la moderna. Pronto llegó a ser una de las princi­pales fuentes de la escolástica cristiana, favorecida especialmen­te por Santo Tomás, artífice de la teología oficial católica. La obra circulaba en latín con el título: «Dux neutrorum sive dubiorum».

 

Alexander of Hales, William of Auvergne, Albertus Magnus, Thomas Aquinas, el Maestro Eckhart, Duns Scotus, Spinoza, Bergson, Mendelsson y otros más lo han considerado como su predecesor espiritual. También en el judaísmo contem­poráneo su pensamiento es básico para todos aquellos que bus­can una síntesis entre la fe, la razón y la cultura. Desde el punto de vista de la cultura universal, es muy importante su correspon­dencia con Avicenna, ilustre médico y uno de los hombres más notables de su época.

 

Mencionamos aquí también a Abraham ibn Daud, quien era más famoso como historiador, sin embargo, su obra filosófica adelantó en cierto modo a Maimónides, porque abando­nó la tradición filosófica neoplatónica dominante entre judíos, ára­bes y españoles de su época, para proponer las tesis más racionalistas de Aristóteles.

 

Como consecuencia de las persecusiones, muchos científicos judíos se trasladaron desde España a Provenza. Allí hicieron florecer la literatura rabínica, filosófica, mística y ética, la exégesis bíblica, la gramática, la lexicografía, la poesía y las be­llas letras. Además, transmitieron los conocimientos filosóficos y científicos árabes, judíos y españoles por intermedio de sus tra­ducciones. Entre ellos los más conocidos son las familias Tibbón y Quimjí.

 

Contribuyeron a la reedición y en la puesta en circu­lación de antiguos textos místicos. Exegetas contribuyeron, de modo duradero, a la interpretación de los textos bíblicos, combi­nando los métodos antiguos con la alegoría filosófica y la com­prensión filológica, y con ella hicieron más comprensibles los tex­tos bíblicos no sólo para los judíos, sino mucho más para los cristianos de la época de la Reforma, cuando creció enormemente el deseo de conocer la Biblia judía en forma original.

 

Los inmigrantes contribuyen al desarrollo de la medi­cina, de las ciencias naturales, las matemáticas, la geografía, la cartografía, la astronomía y la astrología.

 

Para la sociedad tuvo gran importancia la actividad intelectual de los judíos, que sirvió de ejemplo para la formación de una capa intelectual entre los antiguos habitantes de la re­gión. Surgió una relativa apertura en la sociedad, comenzó un contacto permanente entre judíos y cristianos y de la relación cultural entre los intelectuales hizo evidente para los cristianos, que los judíos pertenecen a un pueblo culto y comprensivo, dispuestos a compartir sus conocimientos, y se fortificó una convicción mutua, que la cultura no se restringe a una nación específica, sino es el bien común de todas las naciones, y la actividad cultural puede ser un poderoso catalizador entre los pueblos.

 

Los judíos de Provenza descubrieron que su papel primordial era, convertirse en un centro creativo del saber filosó­fico para una amplia cultura humanista, e insistir en su preservación. Esta decisión sirvió como orientación no sólo para la judería occidental, sino también para todos los pueblos occidentales. Conociendo estos pensamientos de los judíos de Provenza, no podemos extrañarnos que en los estudios de la literatura religiosa, casi siempre prevaleció el espíritu del racionalismo, y consideraron importante familiarizar al lector con las estimulantes teorías filosóficas. Podemos concluir, que el racionalismo mismo y los hábitos racionalistas estaban incorporados fuertemente en la cultura religiosa de los judíos de Provenza, siempre en unidad armoniosa con la piedad y la devoción.

 

Los estudiosos judíos cumplieron la histórica función de ser los transmisores de la cultura y ciencia clásicas y judeo-árabes en el Norte de la España cristiana y en las regiones del Sur de Francia, de donde pasó la cultura clásica a Europa Cen­tral, para preparar la eclosión del Renacimiento, un par de siglos más tarde.

 

Cartografía.

 

En la Isla de Mallorca se formó una Escuela de Car­tógrafos judíos, de gran prestigio en el extranjero. De esta escuela surgió más adelante el más famoso y conocido maestro en este campo, Abraham Zacuto, quien se dedicó a las ciencias ma­temáticas, a la astronomía y a la cartografía. Su prestigio le valió ser nombrado profesor de la Universidad de Salamanca; preparó los mapas de navegación de Cristóbal Colón para su célebre expedición, que fue coronada con el descubrimiento de América. Al ser expulsados los judíos de España, Zacuto emigró a Lisboa, donde logró ingresar a la Corte como astrónomo y cronista del Rey Juan II y de su sucesor Don Manuel. En su carácter de astrónomo del rey, don Manuel le consultó sobre la viabilidad del proyectado viaje atlántico de Vasco de Gama, Zacuto consideró que la empresa era factible. Al ser decretada la expulsión de los judíos de Portugal en 1497, Zacuto tuvo que exiliarse por segunda vez y halló refugio en Turquía. Escribió varios libros en el campo de la astronomía y la astrología en hebreo y en castellano, acom­pañados de tablas astronómicas; «La Conspiración Magna», o más conocido con el título de «Expositio Tabularum». La continuación de esta obra era su «Almanaque Perpetuum». En astrología dejó dos obras: «El Juicio de los Astrólogos» y «Tratado de las Influencias del Cielo». Su obra de «Astrología Médica», inédita, se conserva en la Biblioteca Colombina. Fue uno de los grandes sabios de la astronomía y de la cartografía de su tiempo y estableció una verdadera escuela o academia en estas disciplinas.

 

Se menciona también al célebre geógrafo y viajero, Benjamín de Tudela, que viajó alrededor del primer tercio del si­glo XII por un gran número de países y regiones. Su itinerario abarcó: Zaragoza, Barcelona, Languedoc, Provenza, Italia, Constantinopla, las Islas del Mar Egeo, Siria y Palestina. Fue un agudo observador, curioso, de espíritu inquieto, pudo grabar en su mente todo lo que veía en su largo trajinar y luego lo describe, dejando una obra clásica titulada «Maasot» - «Viajes» de la que se nutrieron posteriormente otros viajeros. Por este libro hace conocer la vida de los judíos en las ciudades y países visitados y también las creencias, historia, forma de vivir de los pueblos vecinos, contada por los habitantes de los pueblos visitados.

 

Medicina.

 

Incluimos aquí, en forma reducida, la influencia de médicos sefaradíes en el desarrollo de la medicina en España y también de toda Europa. Mencionaremos solamente dos de ellos:

 

La medicina árabe, durante el califato de Bagdad, era una herencia directa y depositaría de la medicina griega. Los tex­tos científicos griegos fueron traducidos a la lengua árabe y a partir de este primer contacto, el mundo islámico asimiló e inte­gró la sabiduría helénica y desarrolla la ciencia médica bajo la influencia de los médicos más importantes de la antigüedad, Hipócrates y el greco-romano Galeno.

 

Antes del florecimiento de la cultura griega, la prácti­ca de la medicina había estado muy apegada a las creencias mágicas, por lo que el carácter racional que le aportaron los griegos significó un salto cualitativo en la evolución de esta disciplina. Sin embargo, durante mucho tiempo esa otra forma de la medicina, la de magos y curanderos, caminó paralelamente a la medicina científica, nacida en el seno de la mentalidad especulativa griega. El galenismo era la corriente predominante hasta el descubrimiento de la circulación de la sangre, que provocó el derrumbamiento de la teoría humoral, pilar fundamental de la medicina galénica.

 

Los judíos participaron activamente en el desarrollo científico y en la práctica de la medicina, junto a los cristianos nestorianos, y más adelante se sumaron a la expansión de la medicina islámica que tuvo su momento de mayor auge a partir del siglo IX.

 

A medida que las conquistas musulmanas avanzaban, las comunidades judías se afianzaron en el mundo árabe y crea­ron sus academias en las que, junto a la cultura religiosa judía, también se estudiaban las ciencias y la medicina. El estudio de la medicina estaba incluida en el curriculum de los jóvenes estu­diantes judíos y su práctica era una de las profesiones más comunes, gracias a la cual traspasaron los límites de la aljama ju­día para adquirir importancia e influencia en las cortes musulmanas y más tarde en las cristianas.

 

El primer médico judío de la época española era Hasday ibn Shaprut, de gran capacidad intelectual y formación universitaria en la medicina y farmacología. Era el médico de ca­lifas y también príncipes españoles del norte y de otros países. Tradujo del latín al árabe la famosa obra de Dioscórides sobre medicina.

Como tantos otros, también Maimónides estudió me­dicina y más adelante era el médico del sultán de Egipto y de su familia, pero la gran obra médica que nos legó, le hace sobresa­lir muy por encima del resto de los otros médicos judíos. En efec­to, era el más importante autor médico del mundo judío por su habilidad para aunar sus conocimientos adquiridos en la práctica y derivados de la lectura de los grandes médicos y de los científicos de su época.

 

Es interesante conocer su forma de vivir, descrita en una carta dirigida a Samuel ibn Tibón, en la que describe una jornada al servicio de los enfermos:

 

«Vivo en Fustal y el rey está en El Cairo. El trata­miento del rey me resulta muy pesado, es imposible no verlo cada día a primera hora. Cuando lo encuentro débil o están enfermos uno de sus hijos o de sus concubinas los curo. Aunque no estoy prisionero en El Cairo, paso gran parte del día en la casa del rey. No es raro que uno o varios oficiales se enfermen, y es necesario que me ocupe de sus curaciones. Generalmente subo a El Cairo de madrugada y si no hay ningún impedimento y no surge nada nuevo, vuelvo a Fustat mucho después del medio­día; casi nunca llego antes. Llego hambriento y encuentro en el vestíbulo todo un gentío, hijos de gentiles y judíos, personas im­portantes y vulgares, jueces y comisarios, amigos y enemigos, una mezcla de gente que conocen la hora de mi llegada y vienen a verme. Me bajo del animal, me lavo las manos y salgo a su encuentro con el fin de calmarles, complacerles y rogarles respe­tuosamente que me excusen y me den tiempo para comer una comida insignificante que tomo de tarde en tarde. Salgo a curar­los y escribir notas y recetas médicas para sus enfermedades. Ellos siguen allí y no se van hasta la noche, a veces hasta dos horas o más, después de pasada la medianoche. Les receto, les prescribo y hablo con ellos. Descanso echado sobre la espalda y cuando es de noche, al final ni puedo ni hablar a causa de la debilidad».

 

Esta es la información más directa que tenemos so­bre su ejercicio de la medicina. Estas pocas noticias se comple­mentan con las alusiones a consultas particulares de enfermos a lo largo de su obra. Toda su práctica de la medicina y sus experimentos influyeron mucho en sus obras científicas. Gran parte de sus escritos ha sido compuesta a petición de enfermos que le encargaban escribir un tratado sobre la enfermedad que padecían. A ello hay que unir, que en el curso del tiempo también para las autoridades era fundamental en la ciencia medieval la experimentación y el saber derivado de la práctica, por lo tanto todos los científicos en la medicina ejercían a su vez el oficio de médico.

 

 

Maimónides estaba plenamente integrado en la medicina greco- árabe, sin embargo, no resulta difícil señalar su pe­culiaridad como médico judío con respecto a sus coetáneos ára­bes. Esta situación no se refleja sólo en la lengua empleada en sus escritos científicos, que era el árabe. La gran mayoría de sus obras fue traducida al hebreo y al latín, y ésta última hizo posible que las obras fuesen utilizadas en las más famosas uni­versidades de la Europa Medieval, como libro de enseñanza para los futuros médicos. Por intermedio de sus obras se salvaron del olvido muchos conceptos de Galeno y de Hipócrates.

 

Antes de referirnos a las obras de medicina de Moshe ben Maimón, es interesante mencionar que empezó a publicar temas medicinales después de haber terminado sus obras de re­ligión y filosofía, y toda su actuación literaria se hallaba impreg­nada por la estimación hacia la fe y por sus convicciones religio­sas. A pesar de eso, o tal vez justamente por eso, en el centro de su modo de pensar científico se encuentra la convicción del desarrollo evolutivo, y advierte en igual forma contra el escepti­cismo respecto al progreso, y también contra la aceptación ciega de dogmas religiosos, políticos y científicos de su época.

 

« ¡Escuchad! Cuánto más sean los conocimientos y la sabiduría de un hombre, tanto más son las dudas que lo colman, y ésto lo llevará a nuevas reflexiones. Pero si no contara con estos conocimientos, todos los obstáculos para progresar pare­cerían fáciles y cometería el pecado de tomar las cosas a la li­gera, por falta de escrúpulos, frivolidad, irreflexión, por tontería, o por ceder a la tentación de dar respuestas rápidas a aquello que es inconcebible» - escribe.

 

Uno no puede menos que suponer que este pensa­dor estaba muy adelantado con respecto a su época. En realidad, sus obras demuestran una cantidad enorme de conocimientos, percepciones, referencias y conceptos que llegaron a ser de co­nocimiento común en la medicina siglos más tarde, sólo después de grandes avances revolucionarios. Su interpretación inequívo­ca para la terapia de la rabia (hidrofobia), aconsejada ya en el Talmud y considerada por muchos durante largos siglos con un encogimiento de hombros, mostró el camino hacia la vacuna, que trajo la fama mundial a Louis Pasteur muchos siglos más tarde. Si hoy algunos se oponen a la medicina moderna y apelan a la confianza de las fuerzas curativas de la naturaleza, podemos pen­sar en Maimónides, quien en su «Tratado del asma», editado en el año 1190, no sólo subraya el carácter sicosomático de esta enfermedad, sino también aconseja: «en estos casos hay que ac­tuar con cuidado; el médico podría no dejar de tratar el síntoma y reaccionar de inmediato administrando medicamentos»

 

Tampoco faltan en las otras obras de Maimónides críticas a aquellos que, para justificar el ejercicio de su profesión, administran -sin necesidad- gran cantidad de todo tipo de polvos y tinturas.»

 

Sus obras de medicina abarcan, entre otros temas, el problema de la higiene, de las hemorroides, de la vida sexual y sus órganos y comenta sobre 350 especies de hierbas con pro­piedades medicinales, muchas conocidas y usadas también hoy.

 

Su obra más conocida, «Fusul Musa», se refiere a las funciones capilares de la circulación sanguínea de los pulmo­nes, mientras en su tratado «Guía hacia una buena salud», acen­túa que no existe «salud corporal sin un estado psíquico equilibrado».

 

En esta obra trata también la correcta manera de vi­vir y se puede apreciar sus puntos de vista muy modernos sobre el fortalecimiento corporal: «La gimnasia hace desaparecer el daño de unos cuantos malos hábitos del hombre. Pero no todo ejerci­cio corporal, sea difícil o fácil, es un ejercicio físico. El ejercicio físico, sea una gimnasia liviana o pesada debe, antes de todo, estimular la respiración. Pero no todos pueden aguantarlo demasiado: por eso es conveniente, mantener la medida también en eso. Aconseja un cierto grupo de ejercicios, bien planificados, con un aumento controlado de los movimientos. Al practicar cada ejercicio físico -escribe-, hay que prestar atención a la elevación espiritual de la misma manera, como al movimiento del cuerpo, dando prioridad al espíritu sobre el cuerpo que es opinión funda­mental también de los sabios del Talmud. Además - escribe « uno debe tomar en consideración, que hay que combinar el esfuerzo físico con la alegría y con el contentamiento del espíritu».

 

Maimónides divide la labor del médico en tres cam­pos: medicina preventiva, curación y cuidados del convaleciente, incluso del inválido y del anciano (gerontología), aconsejando el carácter netamente racional de esta actividad y desaprobando todo tipo de encantamiento, magia, amuletos, etc.

 

Conocemos sus diez obras de medicina y dos dé farmacología, traducidas en varios idiomas, que son:

 

Obras Médicas:

 

- Tratado sobre el coito (higiene sexual y afrodisíaco)

 

- Tratado sobre la curación de las hemorroides

 

- Tratado sobre el asma

 

- Tratado sobre el régimen de salud

 

- Tratado sobre las causas y los síntomas

 

- Extractos de los libros de Galeno

 

- Aforismos referentes a la medicina

 

- Comentario acerca de los aforismos de Hipócrates.

 

 Tratados Farmacológicos:

 

-    Tratado contra los venenos (los venenos orgáni­cos e inorgánicos y sus antídotos).

 

-    Comentario sobre el nombre de las drogas (lista por orden alfabético del nombre de 2000 medica­mentos en árabe, griego, persa, beréber, latín-español). »

 

Lola Ferré, profesora titular de la Universidad de Gra­nada escribe que Maimónides es, sin duda, el más importante médico de la historia de la medicina judía y uno de los más des­tacados de medicina medieval.

 

Según la profesora, la parte más interesante es su aporte original dedicado al tratamiento del alma. Maimónides con­juga sus ideas acerca del alma como hombre científico y religio­so. En este sentido, su posición se distancia necesariamente de su gran maestro Galeno, en cuanto que éste había eliminado cualquier elemento asomático del alma.

 

La idea más sugerente que Maimónides transmite en este tratado (Cáp. III. 12.) es, que la influencia sicosomática ayu­da a desencadenar la enfermedad. La influencia del alma en la salud es lo que debe procurar el médico, antes de iniciar otro tipo de tratamiento, para que se equilibren los movimientos psíquicos.

 

Un paciente muy agradecido, llamado Said ben Sana Al-Malik, escribió sobre Maimónides:

 

«El arte de Galeno sana sólo el cuerpo, pero Maimónides sana cuerpo y alma.

 

Sus conocimientos lo convirtieron en el médico del siglo».

 

Cuando Moshé ben Maimón falleció, el 13 de Diciem­bre de 1204, todo el mundo judío estuvo de luto. Sus restos mor­tales fueron trasladados desde el Cairo a Tiberíades, donde su tumba permaneció intocable hasta el día de hoy, convertida en un lugar de peregrinación para judíos piadosos y para médicos judíos.

 

Para evocar y perpetuar su memoria, citamos su ora­ción personal, que pronunciaba diariamente:

 

« ¡Oh Dios! Llena mi espíritu por amor hacia el trabajo y hacia todas las criaturas. Aparta de mí la tentación y no dejes, que la ganancia y la avidez de la gloria me inspiren al ejercer mi profesión».

 

«Mantén en mi corazón la fuerza, que esté siempre dispuesto a servir al pobre como al rico, al amigo como también al enemigo, al justo como al injusto. Posibilítame que en aquél que sufre, sólo vea al ser humano. Dame la posibilidad de que mi espíritu se mantenga claro y lúcido en todas las circunstancias de la vida, pues la ciencia es grande y noble, y su objetivo es, mantener la salud y la vida en todas la criaturas.

 

«Concédeme que mis enfermos tengan confianza en mí, en mi capacidad y que sigan mis consejos y mis prescripcio­nes. Aparta de ellos a charlatanes y al enjambre de parientes, que dan miles de consejos, y también a los enfermeros que siem­pre lo saben todo mejor; es una pandilla peligrosa, que puede destruir a las mejores intenciones, por ufanarse o por vanidad.

 

«Préstame, Dios mío, indulgencia y paciencia con los enfermos obstinados y groseros. Dame la capacidad de poder mantener en todo la medida correcta, pero que permanezca in­saciable mi sed por la ciencia. Aparta de mí la idea errónea de que tengo facultad para todo. Concédeme la fuerza, la intención y la oportunidad de profundizar cada vez más mis conocimien­tos, a fin de que pueda utilizarlos para el bien de todos los que sufren.

Amén».

 

 La Escuela de Traductores de Toledo.

 

Antes de escribir acerca de una de las más impor­tantes contribuciones de los judíos de España a la cultura de su patria y de toda Europa, que es su actividad traductora y trans­misora, hay que mencionar el intenso y generoso mecenazgo ejer­cido por judíos que llegaron a tener fortuna, o a lograr cargos importantes en las cortes de sultanes, de príncipes, o de reyes cristianos. Esta protección y seguridad económica y espiritual, brindada a talentos de gran jerarquía, poetas y científicos judíos y no judíos, fue un gran aliciente para que estos creadores se manifestaran con todo el vigor de su inspiración y potencial creador.

 

La segunda mitad del siglo XII es el momento clave en la prosperidad de los judíos en los reinos cristianos peninsu­lares, y entre ellos de los toledanos. Los documentos de aquella época demuestran una buena situación económica, social y cul­tural de los judíos, tomando parte activa en el desarrollo de Es­paña.

 

En Toledo es la época de Alfonso VIII, rey que prodi­gó a los judíos un apoyo y protección singulares.

 

Es natural que esta situación de prosperidad econó­mica y estabilidad política fuese germen de una época propicia para el desarrollo intelectual. Existían docenas de personas inte­resadas en diferentes temas culturales, originándose un ambien­te adecuado para las más altas creaciones del espíritu.

 

Es la época en que el arzobispo Don Raimundo pone en marcha lo que podemos calificar como la primera época de la afamada Escuela de Traductores de Toledo, que abarca desde el año 1130 hasta 1187, y que pone los firmes pilares para la esplendorosa etapa de la siguiente centuria bajo Alfonso X el Sabio.

 

Durante esta época floreció la filosofía, entonces neoplatónica, y con la filosofía se cultivaban todas las ciencias, particularmente la matemática, la astronomía, la medicina. Toda esta cultura filosófica y científica encontró amplio eco en los au­tores judíos, especialmente entre aquellos que vivían en las zo­nas dominadas por los árabes, y más tarde, también en el área cristiana. Estos judíos fueron los grandes iniciadores de los cris­tianos en temas filosóficos o científicos: fueron ellos los grandes traductores de la cultura científica árabe a las lenguas romanas, al hebreo o bien al latín.

 

El procedimiento era el siguiente: un judío castellano y experto en árabe tradujo de viva voz el texto original al roman­ce, luego un clérigo ponía este texto en el latino culto.

 

Con Don Raimundo trabajaron muchos judíos, entre ellos Johannes Avendehut Hispanus que tradujeron varios libros de astrología. Además tradujeron en esta época una visión de la aritmética de Al Ywarizmi, una obra de medicina «Epístola Aristotelis ad Alexandrum de conservatione corporis humani», va­rias obras de astronomía, de astrología y otras tantas de filoso­fía. La escuela publicó una obra: «Práctica astrolabii» sobre la construcción de este aparato.

 

La época desde 1187 hasta 1257 es una etapa me­nos brillante de la Escuela, sin embargo es de mucha importancia: se comienza utilizar el castellano como lengua final de las tra­ducciones.

 

En el siglo XIII, en la época de Alfonso el Sabio, el do por la Corte Toledana, y si conocía algo de la cultura islámica, oriental o clásica y alguna de estas lenguas, fue recibido con los brazos abiertos por Alfonso; quién se interesaba también por obras religiosas judías y por la traducción de la Biblia judía.

 

Los traductores judíos, aparte de su tarea específica, estaban al servicio de la Iglesia y del Estado, y muchos de los intelectuales judíos intervinieron en los trabajos científicos que mandó realizar el Rey.

 

Yehuda ibn Moshe Hacohen poseía extensos conoci­mientos de astrología, astronomía, medicina, matemáticas y len­guas, incluso el latín. Tradujo varios libros de astrología, y el «Libro de las Tablas Alfonsinas».

 

El médico Samuel Halevi Abulafia tradujo, fuera de varios libros de astronomía del árabe, el «Libro de la fábrica del instrumento de elevar».

 

También era médico Abraham Alfaki, amigo personal del rey; tradujo varias obras de astronomía, pero sobre todo son famosas sus traducciones de «La Escala de Mahoma» y el» Libro de la Acéfala».

 

Itzhac ibn Cid tradujo y también escribió libros de as­trología. Jacob Corsino o Al-Corsi redactó las tablas astronómicas del rey Alfonso al hebreo, del cual preparó una traducción latina con gran liberalidad, y luego lo tradujo al catalán.

 

Moshe Arragel de Guadalajara tradujo la Biblia del hebreo al castellano por encargo de Don Luís Guzmán, maestre de la Orden de Calatrava. Los franciscanos de Toledo le ayuda­ron en la traducción y se encargaron de la magnífica ilustración del códice. Es conocido hoy como la Biblia de Alba (1422-1433).

 

La traducción de obras filosóficas comenzó con el famoso «Guía de los Perplejos» de Maimónides, que suscitó el interés por obras filosóficas, como por ejemplo las obras filosófi­cas y morales de Salomón ibn Gabirol, Yehuda Halevi, Bahía ibn Pakuda, el Gaón Saadia.

 

Fuera de obras filosóficas, los Tibbonidas tradujeron también textos de astronomía, matemáticas, medicina, y escribie­ron obras de filosofía y exégesis bíblica, además se les atribuye la invención de algunos instrumentos astronómicos.

 

Yaakob ben Aba Mari Anatoli tradujo al hebreo va­rios textos de Aristóteles y de Averroes, que eran preferidos en el campo de la filosofía. Tradujo también al latín varias otras obras filosóficas y de ciencias.

 

Aparte de la familia de los Tibbonidas, que trabajó durante varias generaciones como rectora en el campo de las traducciones, había otros traductores como Yehuda al Harizi, Abraham ibn Hasday, Kalonimos ben Kalonimos, etc.

 

No era la familia de los Tibbonidas la única que, a consecuencia de la intolerancia de los almohades, tuvo que emi­grar de España y establecerse en el sur de Francia; también la familia Kimji, que se estableció en la ciudad de Narbona, donde ya había una importante comunidad judía. El padre de la familia era Josef Kimji, sus hijos Moshe y David y también algunos de sus descendientes contribuyeron al desarrollo de la cultura sefaradí como padre de la cultura española no sólo con traducciones sino también con el cultivo del idioma hebreo y de su gramática, con la creación de lexicografía y con la exégesis textual de los libros bíblicos. Su renombre en el campo de la exégesis bíblica era tan grande, que se ha dicho sobre esta ilustre familia: «sin los Kimjis no hay Tora».

 

Hay que subrayar, que sus comentarios se extendie­ron a todos los libros profetices y poéticos. Los textos exegéticos muchas veces sirven también como apologética, presentando las traducciones cristianas como tendenciosas. Mientras las obras gra­maticales y lexicográficas de los Kimjis sirvieron a los estudian­tes de hebreo durante el Renacimiento, la profundización del sentido literal bíblico, en el que tanto se esforzaron los gramáticos y exegetas, encontró un magnífico aporte en la obra de la Familia Kimji.

 

Una verdadera pléyade de científicos, escritores y poetas surgió en la comunidad de Toledo. No todos los nombres llegaron hasta nosotros, pero constituyen una verdadera punta de lanza en la ciencia de su época, verdaderos enciclopedistas que alcanzaron altas cimas, y no pocos las más altas del saber.

 

Con referencia a los traductores escribe el célebre científico J.M. Millas Vallicrosa: «Los judíos cumplieron una fun­ción muy importante: la de servir de puente y enganche de la cultura árabe y hebrea con las lenguas romanas y aún con el mismo latín escolástico. Esta función de injertar la cultura oriental en la nueva, en la joven cultura europea duró largos siglos y fue obra de generaciones. Sólo por cada función de enlace y de enriquecimiento cultural hay que estimar pertinentemente benemérito este aporte de la literatura hebraico-española».

 

Millas Vallicrosa subraya además la influencia de Jasday Grescas en las obras de los autores cristianos en la épo­ca del Renacimiento, como en las de Giordano Bruno, Pico de la Mirándola, etc. y menciona un gran número de escritores y cien­tíficos conversos al cristianismo, que escribieron su nombre ilus­tre en la cultura española. Por falta de espacio se mencionan sólo algunos:

 

Santa María y Cartagena, Los Caballería, Los Santa Fe, Fernando de la Torre, Juan de Baena, Alfonso de Zamora, Francisco López de Villalobos, Fernando Rojas (autor de La Ce­lestina).

 

El poeta Jaim Najman Bialik dijo: Una de las caracte­rísticas del judaísmo es la de acuñar nuevas lenguas. El ladino o judeo-español es el español hablado por los sefaradíes, mientrasvivían y desarrollaban su cultura en España, lo llevaron a la dis­persión forzada y lo entregaron a sus hijos. Pasados 500 años todavía sigue siendo un idioma hablado por los sefaradíes, aun­que con ciertos cambios bien entendibles. Los filólogos hispanistas reconocieron la importancia y el valor de los dialectos judeo-españoles para el estudio del español antiguo y lo consideran, ade­más, como una fuente muy rica de información para los investi­gadores de los romances españoles.

 

Uno de los libros más leídos en Europa en esa épo­ca era «Diálogos de Amor» de León Hebreo (Yehuda Abravanel), quien tuvo que refugiarse a Genova. El libro habla del amor, pero también de la mitología, .de la astrología y de la Cabala. Para terminar, citamos unas frases que escribió sobre el amor: «Los hombres se aman tanto como los animales de una misma espe­cie, sobre todo los oriundos de un mismo país o región; pero los hombres no sienten un amor tan seguro y firme como los anima­les, ya que los más feroces y crueles no lo son con los de su misma especie; el león no roba a otro león, ni la serpiente ataca a otra serpiente con su veneno. En cambio, los hombres reciben mayores males y muertes de sus congéneres que de todos los animales y de cosas inútiles del universo. La enemistad, la per­secución y el hierro en mano humana mata más hombres que todas las demás cosas, artificiales y naturales juntas. La avaricia y la preocupación por las cosas superfluas son causas de co­rrupción del amor natural de los hombres. De ellas derivan ene­mistades no sólo entre personas de muy distantes y diferentes países, sino también entre hermanos, entre padres e hijos, entre marido y mujer.»

 

Nota del autor: Me pregunto, ¿Si acaso ésta descrip­ción no es contribución suficiente a la cultura española y univer­sal, y además, una amonestación para el hombre de todos los tiempos?

 

(Nota: Extracto de la conferencia presentada en la Pontificia Universidad Católica de Chile y en la Sociedad Científi­ca de Chile con motivo de las actividades SEFARAD'92).

 

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