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JUDAISMO Y JUDÍOS EN EL RENACIMIENTO
ITALIANO Y PROVENZAL
Si aceptamos la opinión de los investigadores modernos que este movimiento cultural tuvo como objetivo principal de ser cada vez más humanista y más racional, no nos sorprende la amplia participación del judaísmo y de los judíos en este movimiento (1453-1530). El humanismo tiene sus raíces en la Biblia, especialmente en las enseñanzas de los profetas, y el aspecto racionalista, representado por la filosofía greco-romana que llegó a Europa Occidental por intermedio de los traductores y filósofos judíos de la Época de Oro de los judíos en España, quienes intentaron suavizar la aspereza fanática del judaísmo y del cristianismo, producto del dogma y del misticismo.
Se propagó un nuevo espíritu, cuyos principales rasgos fueron:
a-. El renacimiento de la fe en el poder y capacidad humanos;
b-. El renacimiento de la fe en el valor del hombre, siendo digno como una persona total, y no sólo por su alma;
c-. El hombre no es simplemente un objeto del dogmatismo, sino que se convierte en un sujeto con nuevos valores humanos;
d-. El renacimiento de la fe en el juicio objetivo de la humanidad, como una unidad colectiva. Se enciende una llama de la fe en la razón y en la ciencia, comunes a todos los hombres, que contrastaba con las barreras artificiales del dogmatismo;
e-. Durante este período se establece una renovada pasión por la belleza y por el arte.
Fue una pena que el fanatismo de la Reforma y la Contrarreforma dificultaron el desarrollo y la divulgación más amplia de estas ideas.
El espíritu del Renacimiento italiano excitó con nuevas fuerzas también las calles casi aisladas del ghetto. La situación social relativamente buena de los judíos italianos les posibilitó una labor intelectual multifacética. A semejanza de sus correligionarios españoles, los italianos produjeron pensadores que adoptaron las ideas de Maimónides, por ejemplo Jacobo Anatoli, el doctor Hilel Verona, y también poetas de mucho talento, como el particularmente célebre Immanuel Romano, compañero de Dante. A diferencia de los otros poetas él no escribió himnos religiosos, sino poemas profanos en los cuales cantó al amor, la dicha, y se burló de las tonterías y de la ignorancia. Las poesías hebreas de Immanuel Romano se distinguen por su notable belleza y sonoridad. Compuso también un poema: «El Infierno y el Paraíso», que es una sátira mordaz contra los hombres de su tiempo. Entre los moradores del Infierno ubica el poeta a aquellos que desprecian las ciencias profanas, a los médicos embaucadores y a los ignorantes. El Paraíso es un lugar también para los cristianos justos, quienes creen en la Unidad de Dios.
Hubo también muchos médicos judíos de gran prestigio científico y humanista; un científico tradujo de griego al hebreo las obras históricas de Flavio Josefo, conocido con el nombre de «Josifun».
Ya no se consideraba que el aislacionismo religioso fuese la virtud suprema. Quedan testimonios de numerosas amistades famosas y fructíferas entre judíos y cristianos. Pico de la Mirándola, uno de los espíritus humanos más famosos del Renacimiento, era amigo y discípulo del gramático y místico judío Elías del Medigo (1460-1492). Elías Levita (1469-1549) contaba entre sus amigos y alumnos a distinguidos hombres de la Iglesia, entre ellos al Cardenal Egidio di Viterbo. Elías Levita escribió los primeros romances en lengua yidish.
La verdad es que el Renacimiento despertó en los doctos cristianos un vivo interés por el idioma hebreo y por los libros del pueblo judío, interés que no sólo determina amistades entre hombres cultos de ambas religiones, sino también contribuyó en alto grado a esa inquietud más profunda que más adelante dio nacimiento a la Reforma protestante y al desarrollo de las ciencias bíblicas.
Muchos cristianos se apiñaban para oír sermones del afamado rabino liberal Leo dé Modena, mientras algunos judíos comenzaron a visitar voluntariamente las iglesias cristianas para oír a sus famosos predicadores. Rabinos y sacerdotes comenzaron a dialogar en sus respectivas religiones en forma amistosa. El Rabino Leo de Modena tradujo y elaboró para sus correligionarios una obra clásica popular cristiana y preparó un diccionario hebreo-italiano para facilitar la lectura de obras hebreas e italianas. Ha nacido el espíritu crítico. Salomón de Virgo escribió el libro «Shevet Yehuda», en que discutió objetivamente el problema del antisemitismo, mencionando como causa el aislamiento de los judíos, su participación en negocios financieros en los que se practica a veces la usura. Pidió, además, la revisión de ciertas partes de la literatura talmúdica, donde hay pasajes objetables de parte de no judíos, y advertió a los judíos contra su ocasional ostentación de lujo en la vida privada.
Azaria Rossi (1513-1598) examinó la cronología de la historia judía y corrigió algunas fechas tradicionalmente divulgadas y aceptadas de ciertos acontecimientos, utilizando en su trabajo no sólo fuentes judías sino también clásicas y cristianas. Reclamó prestar atención a algunas excelentes obras olvidadas, a veces intencionalmente, de la literatura judía helenista.
Quizás el libro más interesante y más conocido de este período es la obra de León Hebreo (Yehuda Abravanel), titulado «Dialoghi de amore».
El racionalismo renacentista del judaísmo italiano encontró su seguidor en la persona de Baruj (Benedictus) Spinoza (1632-1677).
Fuera de las coincidencias espirituales ya mencionadas, diferentes factores socio-económicos y políticos habían posibilitado la incorporación de los judíos de Italia en las actividades del Renacimiento. Entre estos factores mencionamos sólo algunos. Italia estaba muy fraccionada en aquella época, lo que pudo ser desfavorable desde un punto de vista político, pero no para la cultura. Es un hecho conocido que el fraccionamiento favorece una rivalidad o competencia cultural. Los pequeños estados no pueden renunciar de la colaboración de los elementos minoritarios de sus habitantes.
El sistema económico y político era favorable para los judíos y no había gran diferencia entre los judíos y el resto de la población. Los judíos, económicamente pudientes, vivían como los aristócratas y otras personas pudientes del mismo estado, incluso a veces pertenecían a la misma capa aristocrática, especialmente en aquellos estados donde la influencia de la Iglesia no era tan fuerte.
Su papel en la vida económica fue importante. No se podía restringir su actividad, y no los consideraban como competencia. La población no los veía como extranjeros. El judío italiano, aunque fuera judío, era profundamente italiano, ligado a sus compatriotas por lazos de cultura y del idioma. La infraestructura de la comunidad era similar a la de la sociedad renacentista. Su vida familiar y su habitat se diferenciaron sólo desde el punto de vista religioso.
Esta incorporación de los judíos a la vida económica trajo consigo que los intereses culturales de los judíos no se restringieran sólo a su propia cultura judía; se tornó inevitable que abarcasen áreas más amplias.
Muchos de ellos fueron grandes mecenas, y su mecenazgo se extendió no sólo a escritores o artistas judíos sino también a no-judíos. Sus casas estaban adornadas con pinturas de escenas bíblicas o retratos familiares, y también con diferentes obras de pintores renacentistas, el hecho que existieron artistas judíos en esta época, está documentado; ellos trabajaron igualmente por el encargo de judíos y no judíos.
Con el patrocinio de judíos pudientes se desarrolló el arte de iluminar manuscritos, no sólo hebreos sino también latinos. Surgió una escuela italiana de escribas e iluministas para escribir y copiar libros y documentos hebreos y latinos, familiares o privados, donde desarrollaron una escritura hebraica prácticamente con los mismos caracteres humanistas que eran entonces en boga entre los no judíos, pero con símbolos judíos. Iluministas no judíos crearon libros hebreos y artistas judíos adornaron Misales y Biblias, representando en ellos la Santísima Trinidad y otros conceptos cristianos. Estos son generosas pruebas de la simbiosis judeo-cristiano muy fructífera en ese período. Los judíos estaban interesados en enriquecer sus bibliotecas con obras clásicas hebreas y no hebreas y los humanistas no judíos en tener obras judías.
Mientras que en la sociedad había una separación entre las funciones espirituales e intelectuales, en las comunidades judías, especialmente en las pequeñas, el rabino era quien ofició el culto, además, era talmudista erudito, hebraísta, con conocimiento perfecto de latín y eventualmente con nociones de griego. Fue conocedor de la filosofía greco-latina, muchas veces era capaz de componer versos en hebreo y en ciertos casos en latín, incluso de dar clases de danza y de conducta en las cortes.
Se publicaron muchas obras de exégesis imbuidas del espíritu del Renacimiento. Había muchos médicos judíos italianos con conocimientos muy profundos de la medicina contemporánea, y con una amplia y multifacética cultura humanista. Muchas veces servían también como rabinos en su comunidad, y al mismo tiempo tenían muchos pacientes aristócratas y del alto clero.
Había muchos músicos judíos de prestigio internacional, no sólo instrumentistas sino también compositores. El más conocido de ellos era Salamone de Rossi. Había maestros judíos muy conocidos de danza en toda la Península, como Guglielmo Ebreo de Pesaro, altamente estimado en las diferentes Cortes. En la Corte de Mantua actuaba una compañía de teatro formada por judíos, que al principio presentaba pequeñas obras judías de contenido histórico, actualizadas para la comunidad judía, especialmente para Purim, fiesta judía de mucha alegría, y luego también para el entretenimiento de los vecinos no judíos. Se le invitaba para presentar obras teatrales en la Corte en ocasiones importantes; más tarde, Leone dei Sommi escribió obras teatrales para presentarlas. Escribe el libro «Dialoghi del Arte Representativo», que trata el arte de la dirección teatral. El autor era al mismo tiempo poeta hebraico, fundador de una sinagoga, escriba (copiador) de la Tora y dramaturgo en latín y en hebreo.
Hay informaciones de un impresor judío en Avignon. El primer libro hebreo impreso lleva en su colofón la fecha de 1475. Como curiosidad mencionamos que la primera edición de la Divina Comedia fue producida por un impresor judío en 1477 en Nápoles, en una edición muy cuidada.
La primera empresa editorial de libros hebreos fue fundada por la Familia Soncino en Ancona. Publicaron también trabajos en italiano y latín, bajo el patrocinio y con la colaboración de concejales de la ciudad. La familia Usque de Ferrara publicó libros hebreos y españoles para el uso de sus correligionarios.
El impresor más fecundo de obras judías fue Daniel Bomberg, un cristiano de Anvers, establecido en Venecia. Dr. Jaco Marcaría de Riva de Trento publicó libros hebreos bajo el patrocinio del Cardenal Madrucci, siendo el publicador oficial de cierta literatura asociada a la Iglesia del Concilio de Trento. En la Italia de los siglos XV y XVI las personas, según su capacidad, fueron empleadas donde se las necesitaba, sea en la Catedral o en la Sinagoga.
La simbiosis cultural se realizó en circunstancias diferentes, pero en un proceso altamente fecundo y significativo.
Hasta la Bula del Papa Pablo IV (Cum nimis absurdum 1555), la historia judía en Italia fue una rica interacción de la vida renacentista.
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