A SESENTA AÑOS DE LA QUEMA DE LIBROS

DE AUTORES JUDÍOS EN ALEMANIA

 

I

 

Parte  Histórica

 

El propósito declarado de Hitler era desde el comien­zo de su actividad política, la realización de un programa en el cual ocupaba un lugar prominente la cruzada contra el judaísmo y contra los judíos, programa al que dio cumplimiento en forma premeditada y minuciosa.

 

Con la ascensión de Hitler al poder, se impulsa el reino del terror contra los judíos; se los excluyó de la vida pública e intelectual, y más tarde también de la economía. Una de las primeras señales de esta exclusión fue la quema de los libros de autores judíos y también de las partituras de compositores judíos.

 

La quema de los libros tuvo lugar el 10 de mayo de 1933. No es nuestra tarea actual escribir de los sufrimientos de los judíos y de la «solución final», que trajo consigo la elimina­ción de 6 millones de judíos - y también de otros 45 millones de soldados y civiles en toda Europa en llamas - y tampoco de la emigración de decenas de miles, que pudieron encontrar una nueva patria y desarrollar sus capacidades científicas, literarias, artísticas y profesionales, en general, en los países receptores, y enriquecer la cultura y la civilización universal. Pensamos en aquellos que hubieran podido desarrollarse y crear mucho más, pero fueron aniquilados, por la única razón de ser judíos.

 

La quema de los libros en Alemania y en otros países hace 60 años atrás, plantea una pregunta: ¿Hubo alguna razón especial para eliminar estos libros?

 

El 1 de abril de 1933. Josef Góbbels fue designado como ministro de Propaganda del Estado, lo que significaba propagandista del nazismo.

 

El 13 de abril, las «Burschenschaften» - «Federacio­nes Estudiantiles» publicaron sus doce Tesis; entre ellas, una dice así: «Nuestro más poderoso enemigo es el judío, no tanto como persona sino como representante de un espíritu inaceptable para un alemán contemporáneo, judío, quien no puede pensar sino sólo en forma judía, aunque escriba en alemán; entretanto mien­te. Por lo tanto, exigimos la introducción de la censura y también que obras de escritores judíos se publiquen sólo en idioma he­breo en el futuro.»

 

Es una novedad en la historia alemana; cien años antes fueron los mismos universitarios quienes lucharon contra la censura y pidieron su eliminación. Ahora, el día 10 de mayo de 1933, gran parte de los universitarios participó en la preparación de las hogueras para los libros de autores judíos, y con gran entusiasmo y alegría botaron las obras de famosos escritores alemanes de origen judío en las llamas, convencidos que con eso hacían algo muy importante para la cultura alemana. Entre los libros quemados estuvo también la Biblia. Vale la pena subra­yar aquí, que ya en el año 1878 escribió Paul de Lagarde, que el cristianismo quedó judaizado; por eso no es digno de las ideas ancestrales, de las ideas teutonas.

 

El orientalista Paul de Lagarde surgió como profeta de la nueva religión de los alemanes. En su publicación «Die Religión der Zukunft» - «La religión del futuro», editado en 1878, desarrolló sus ideas referentes a los aspectos de la vida espiritual y moral. Expresó allí su opinión de que los judíos son los culpa­bles de toda la debilidad causada por la religión cristiana en la vida nacional de Alemania.

 

El compositor Richard Wagner publicó un folleto «Das Judentum in der Musik» - «El judaísmo en la música», donde atacó la influencia de los judíos en la música germana (Meyerbeer, Mendelssohn y Offenbach), y extendió su opinión a toda la cultu­ra. Presentó a los judíos como extranjeros permanentes que siembran la discordia. Además, con su moral destruyen la verda­dera libertad y, por intermedio de las enseñanzas acerca del Dios judío transmitidas al cristianismo, esclavizan a toda Europa. Insistió en la liberación de los instintos naturales restringidos por la ética judeo-cristiana, y en la entronización de los dioses teutones, grie­gos y de otras religiones paganas. El rol indirecto de Wagner era la exclusión de los judíos de la cultura alemana, y promover la transformación de la cultura alemana en una cultura más germana, más teutona.

 

Así creció la juventud de Alemania en los siglos XIX y XX y fue ésta la juventud de la nueva Alemania de los años treinta. Mientras los libros se transformaron en cenizas, los jóve­nes, acompañados por sus profesores y por miembros del Parti­do y protegidos por tropas de asalto, bailaban y aullaban alrededor de las hogueras. Se quemaron libros en varios países de Europa, y lo que es bastante sorprendente, también en Chile y en otros países de América Latina.

 

No era ésta la primera quema de libros judíos en Alemania. A principios del siglo XVI Pfefferkon, apoyado por los dominicos de Colonia y siguiendo el ejemplo de algunos papas anteriores, promovió una campaña en pro de la quema de libros de autores judíos. Las universidades de Mainz, Kóln, Erfurt, y Heidelberg apoyaron la campaña. El gran humanista de la épo­ca, Reuchlin asumió la defensa de los libros judíos. El Concilio de Letrán (1516) condenó a Reuchlin por herejía. También Lulero sugirió la confiscación e incineración de libros judíos.

 

Con respecto a estas quemas escribió Heine: «Don­de se queman libros, pronto quemarán también a sus autores.» Fue eso lo que pasó en Alemania. Se salvaron sólo aquellas personas que pudieron refugiarse no sólo de Alemania, sino tam­bién de otros países de Europa, ocupados por Hitler.

 

Durante la historia, incluso la moderna, la quema de libros fue utilizada para eliminar a los opositores espirituales de la ideología del gobierno de turno.

 

Ahora, nuestra tarea es analizar la obra literaria de los escritores de origen judío quienes escribieron en alemán, y buscar una respuesta: ¿Fueron los escritores judíos destructores o perturbadores del orden público?

 

II.

 

¿Fueron los Escritores Judeo - Alemanes Perturbadores?

 

Muchos enemigos de los judíos destacaron el rol de estos escritores en la historia de la literatura alemana por su ca­rácter especial; es verdad que no siempre con intención, pero como lo señala Sartre: «El judío está en la situación de los judíos, mientras vive en una sociedad que lo mira y considera como tal.»

 

En Alemania y en Austria era frecuente esta situa­ción, no tanto legal sino más bien social. Por lo tanto, ha habido una diferencia entre los escritores judíos y los que no los eran. Naturalmente, ésto no los avala positiva o negativamente, sino se señalaba un hecho que los caracterizaba. Notar el grado y la calidad de esta peculiaridad, dependía de la relación del investi­gador con el judaísmo y con los judíos. Si era hostil, era fácil considerarlos como perturbadores del orden público, o como provocadores o por lo menos como conflictivos.

 

El 1 de septiembre de 1772 la revista «Frankfurter gelehrte Anzeigen» informó sobre un libro titulado «Versos de un judío polaco». Desde el título influyó en el crítico, como lo ase­guró y subrayó este practicante de 23 años en el juzgado de la Cancillería del Reich, Johann Wolfgang von Goethe, y agrega que su lectura le provocó «una impresión muy positiva».

 

En el libro encontró -dice el crítico -«un espíritu ar­diente, el corazón sensible de un hombre, que creció hasta la edad de su independencia bajo un áspero cielo extranjero, aun­que vivía en nuestro país, ¿Qué percepciones lo incitaron, qué observaciones hará él, para quien todo es nuevo; cuántas cosas les llamarán la atención que, por estar acostumbrados a ello, perdieron su efecto para ustedes, los lectores? ¿Les sacará de su indiferencia acomodada, les hará conocedores y apreciadores de sus propias riquezas y fallas, señalándoles su buen uso?»

 

«Miles de cosas que ustedes, acostumbrados a ellas, consideran como buenas, le parecerán insoportables desde el punto de vista social o político... Aunque él no diga nada nuevo, tal vez todo va a tener un aspecto nuevo para Ustedes.»

 

Sin embargo, los poemas de este judío polaco, escri­tos en alemán, decepcionan al joven Goethe, que reprocha a Isachar Bar Falkensohn (1746 a 1817) por «la mediocridad abo­rrecida de los dioses y los hombres», experimentada en la liber­tad que viven los demás, y le disgusta que en un poema llame la atención a su «carácter de ser un judío», aunque esto «no produce más efecto en Goethe que en otro estudiante cristiano».

 

¿Podía Goethe tener un juicio desfavorable acerca de a los judíos si no los conocía de cerca? Sin embargo, es notable y digno de nuestra atención el hecho extraordinario que haya considerado la persona misma como poeta judío. Goethe lo hizo, ante todo y una vez más con razón, como un representante de un grupo minoritario. Reconoce como premisa la situación espe­cial en que se halla el autor, le otorga una perspectiva especial, aparentemente positiva.

 

En este judío polaco, cuyos versos criticó sin perdón y con ironía, vio Goethe de manera comprensible a un recién llegado, a un extranjero diferente. Los escritores de descenden­cia judía no siempre fueron considerados en Alemania y en Austria hasta los primeros decenios de nuestro siglo, por los no judíos, como extranjeros Sin embargo, existió en verdad una cierta distancia, de la cual los mismos judíos muchas veces no quisieron darse cuenta.

 

¿Por qué perduró este distanciamiento, aunque más tenue, a pesar del esfuerzo de algunos judíos por eliminarla? Eso tiene que ver con la situación y la mentalidad de los judíos.

 

El pertenecer a un grupo de minoría, acosado y per­seguido, aumenta la magnitud de varios rasgos característicos de la persona involucrada y ésto impacta en su formación síquica, lo que es válido no sólo para los judíos. Sin embargo, en este caso, debido a su tradición intelectual y ética, sus vivencias du­rante siglos en un ambiente aislado en varias partes del conti­nente europeo, los caracterizaron especialmente.

 

De Heine es el refrán: «Los judíos, si buenos, son mejores que los cristianos; si malos, son peores.» Puede ser una generalización muy discutible, quizá Heine pensaba en la intensi­dad de vivir y actuar de los judíos; en su radicalidad desconcer­tante, en su inclinación, a veces admirada y muchas veces re­probada, hacia el extremismo. Para ellos no existía el color gris, sino sólo el blanco o el negro. Estos rasgos característicos estu­vieron presentes en primer plano en lo intelectual, estético y práctico. Probablemente a eso se refirió Heine, y sólo en el plano intelectual y no práctico.

 

Todos estos aspectos los hacen muy atractivos y en­vidiables y, por otro lado, sospechosos. Les ayudaron salir ade­lante y los apoyaron, pero también les causaron un sinnúmero de sufrimientos y rechazos. Se reconoce esta intensidad extraor­dinaria, que esconde siempre su anhelo hacia los límites, por la cual la humanidad les debe mucho. Pero aquellos que trataron de luchar contra su peculiaridad, en la mayoría de los casos, fueron castigados.

 

Algunos judíos trataron de realizar lo que mencionó Goethe en 1772. A ellos, «a los outsiders», el estar fuera y tam­bién dentro de un mundo, lo analizaban con familiaridad y con la intimidad de una distancia escéptica, y desde la periferia podían reconocer e interpretar lo central, con una nitidez especial.

 

Una parte considerable de la literatura mundial vive de la tensión entre lo cercano y lo lejano. Pero sólo los escrito­res judíos han tenido la oportunidad de experimentar la rica veta artística de ella: encontraron patria, pero fueron rechazados o, por lo menos, considerados como distintos, Por esto, aprendieron ver desde distintas perspectivas con criterios ambivalentes.

La esperanza de Goethe era que el judío polaco lograra sacar a los lectores de su «indiferencia e insensibilidad acomodadas», mostrándoles con sus poemas «centenares de co­sas, que les parecen ahora buenas y más tarde les serán inso­portables, pues no alcanzarán el nuevo ritmo de la vida». Consi­deraba bienvenido a un perturbador del orden público, o aún a un provocador. Era el papel y tarea que presentía para los ju­díos en la literatura y en la vida literaria del mundo de habla alemana. Es verdad que ejercieron una influencia relativista e irritante, provocadora por excelencia, que les trajo muchos admiradores y también muchos enemigos.

 

El judío, escribió Tomas Mann en 1937, forma con «sus experiencias dolorosas, con su sensibilidad y con su inte­lecto irónico una corrección misteriosa a nuestras pasiones». En efecto, por este carácter se consideró a los judíos como un fermento, un elemento irritante y provocador con la intención de una «corrección secreta» que, aunque muy necesaria, por nadie querida y tampoco deseada.

 

Algunos judíos asumieron este papel en la época de Goethe; pienso en Ludwig Borne y Heinrich Heine. Ambos oriun­dos del ghetto, y con la esperanza que mediante el certificado de la conversión al cristianismo, podrán conseguir «la entrada a la cultura europea».

 

Para ambos es válida la confesión de Heine: «Yo no hago disimulo alguno del judaísmo, al cual no regresé, porque nunca lo abandoné.» Los dos alcanzaron una fama extraordina­ria en la vida espiritual alemana, sin embargo los dos eran odiados, impugnados y relegados y, por fin, los dos murieron en el exilio.

 

Ambos ofrecieron a la literatura alemana de su épo­ca encanto y ligereza, donaire y espiritualidad, lo que la incorporó al mundo de las grandes ciudades burguesas de Europa.

 

La poesía de Heine revela el compromiso crítico de su época, como también el periodismo literario de ambos. Una prosa alemana amplia, sin un signo de provincialismo, ni ajena al mundo es lo que se les debe. Contribuyen, además, al dar a conocer las posibilidades de la prensa moderna y usándolas con maestría; fueron, hasta su muerte, periodistas apasionados.

 

Probablemente Borne y Heine querían ser considera­dos como patriotas alemanes: pero Alemania estaba más dispues­ta a admirarlos que a integrarlos. A pesar de los homenajes, fueron rechazados, hasta sentirse apatridas, y sufrieron por su amor a la patria, no correspondido.

 

Afortunadamente el dolor de la desilusión, el luto por el anhelo no realizado, no enturbió su mirada de la realidad ale­mana, que intentaron corregir. En 1831, Heine declaró en sus «Poesías Nuevas» con palabras candentes: «Una vez tuve una patria linda; el roble creció muy alto, las violetas lo saludaban con suavidad; pero sólo fue un sueño».

 

Por su origen y como consecuencia de su situación específica, Borne y Heine notaron, ante todo, el paradigma típico de su época: la falta de la libertad cívica y el atraso general. «Me siento enfermo por mi patria; ella tendría que ser libre, y yo sano» escribió Borne, que era lógicamente un diagnóstico bas­tante ligero en la revista «Menzel el devorador de los franceses», que se publicó en 1837, año en que murió.

Ambos son considerados por sus seguidores como ejemplos en la literatura alemana; ambos solitarios y apatridas, buscaron en los movimientos políticos radicales de su época un nuevo tipo de patria:

 

«Abordé un nuevo barco con nuevos compañeros»

 

proclamó Heine en 1843. Pero, después de este anuncio bastante eufórico siguen algunos versos («Viaje de la vida» «Lebensfahrt») con palabras sobrias muy acentuadas. De todos modos esta alegría, si es que la era, duró muy poco. También aquel barco con los nuevos compañeros resultó ser, como «la linda patria», un sueño. Ni Borne ni Heine pudieron, ni quisieron vivir en ilusiones cómodas, tuvieron que sufrir siempre más y más por ser solitarios y aislados, careciendo de patria o, mejor dicho, por no pertenecer a ninguna. Heine escribió: «En el día de mi muerte no cantarán misa, y tampoco dirán el 'kadish' (oración fúnebre entre los judíos); no dirán y ni cantarán nada».

 

En su «Romancero» escrito a finales de su vida, re­conoce que sus convicciones y creencias religiosas están libres de «todo clericalismo y ritualismo» (ninguna campana me despi­dió, ninguna vela ardió en el altar); por supuesto, con estos famosos versos ha expresado mucho más que la falta de su adhesión confesional.

 

Así, Borne y Heine fueron figuras excepcionales y, además, ejemplares. Estaban ubicados en la periferia y, al mis­mo tiempo, en el centro. Debían quedarse al margen de la literatura alemana de su época, pero, al mismo tiempo, se transformaron en sus representantes típicos. ¿Es válido tan sólo para Heine y Borne? Ambos nacieron en el siglo XVIII y vivieron en una época cuando apenas comenzaba la emancipación de los judíos. ¿Acaso no había otros judíos importantes en la literatura alemana como outsiders, y también figuras centrales y representativas de ésta?

 

Se pueden notar dos tendencias: por un lado, el ju­dío que quería ejercer sus actividades en la literatura de Alemania tenía la necesidad de convertirse, antes o después, al cristianis­mo. No sólo Heine y Borne decidieron seguir este camino, sino algunos otros más en el siglo XIX y XX. Por otro lado, el ambiente no judío consideró a estos escritores, asimilados en un grado más o menos importante, bautizados o no, como representantes de la minoría judía, cuyos rasgos característicos y calidades específi­cas, buenos o malos, eran buscados y acentuados por sus críticos casi automática y enfáticamente, en sus obras.

 

Esto causó en muchos de los afectados una reac­ción muy irritada, probablemente exagerada y también obstinada.

 

Es bien comprensible. Algunos de ellos trataron de ignorar esta relación con el medio ambiente, la que no tenía que surgir forzo­samente por mala voluntad y nadie lo logró alcanzar totalmente, pues todos, al pertenecer a una minoría discriminada durante mu­chos siglos, estaban cargados de traumas y complejos.

 

«En los años de juventud de cada judío alemán exis­tió un momento muy penoso, que recuerda toda la vida: cuando se dio cuenta por primera vez, que ha nacido como ciudadano de segunda categoría, y que ninguna habilidad o mérito podían liberarlo de esta situación. Y aquel judío alemán que escribió es­tas palabras, de ninguna manera fue un ciudadano de segunda categoría, se trata de Walter Rathenau. Su juicio nos parece muy instructivo: acentúa sin rodeo la predisposición síquica, que se encontraba en gran parte de la literatura alemana escrita por ju­díos, como reflejo directo o indirecto.

 

De eso habla también Arthur Schnitzler en su biogra­fía «Juventud en Viena». Explica, por qué se refiere tanto en su libro a la problemática judía. «No era posible, especialmente para un judío que desempeñó un papel en la vida pública, no darse cuenta de que él es judío; uno tenía la opción de ser considera­do como insensible, impertinente, insolente, o sensible, tímido, desesperado por sentirse perseguido. Y aunque uno escondiera su condición interior y exterior de tal manera de no mostrar ni lo uno ni lo otro, era imposible, como si un hombre pudiera perma­necer indiferente cuando, aunque anestesiara su piel, mira con ojos despiertos y abiertos cómo lo cortan con un cuchillo hasta hacerlo sangrar.»

 

Esta anotación, que pertenece a su autobiografía, es muy característica y fue destinada a una edición póstuma; se re­fiere a las condiciones que regían antes de la Primera Guerra Mundial.

 

El origen judío a principios del siglo era un lastre, del cual algunos se querían librarse; otros, lo llevaron con resig­nación, aunque a veces trataron de presentarlo como un estan­darte. Casi todos sufrieron por ello y manifestaron como en el caso de Schnitzler - frecuentemente y claramente en sus diarios, recuerdos o anotaciones autobiográficos, más que en sus nove­las, dramas, historias o artículos.

 

«Mientras algunos exteriorizaban la armonía judeo-alemana, otros estaban dolidos internamente por esta herencia que los había formado. Hubo quienes quisieron separarse de sui raíces, pero no dejaron que foráneos los tocasen por eso. Cuan do alguien no se sentía herido por su doble descendencia, intente guardar tanto su carácter judío como su carácter alemán come un malestar sacrosanto, aunque a veces difamado, calumniado a veces acariciado y respetado.» Esto dijo Heinz Politzer sobre Heine, pero se refiere igualmente, a Maximilian Herden, Erns Toller, Kurt Tucholsky, Alfred Doblin, Karl Kraus, Hermann Broch y a muchos otros más. No pocos de estos escritores se distan ciaron del judaísmo y por ende llegaron a la conclusión que, a fin, eso no los ayudaba a realizarse mejor, porque el resultado no dependía de su decisión.

 

En una carta de Kurt Tucholsky se lee lo siguiente «A mi nunca me preocupó mucho la cuestión del judaísmo. Ustedes pueden ver en mis escritos, que muy pocas veces me toce este complejo. Si la gente quiere apuntarme como judío, generalmente no me alcanzan. Mi ritmo cardíaco no se acelera. S me gritan “judío de mierda, eso está lejos de mí. No digo que ye tengo razón, yo no escondo este sentimiento, ni una sola vez, Digo, eso sí, públicamente, que a mi no me importa este proble­ma.» Sin embargo, en la carta que escribió a Arnold Zweig en 1935 desde su exilio en Suecia, confesó Tucholsky pocos días antes de suicidarse: «Yo salí del judaísmo ya en el año 1911 y me di cuenta, que ésto no fue posible.»

 

Independientemente si estos escritores querían o no abandonar el judaísmo, su origen, su situación y su papel dentro de la sociedad no judía dejaron una estampa en su carácter, y naturalmente también en sus obras. El judaísmo, o más exacta­mente, su situación como condición de estar fuera y su actitud defensiva impulsaron a Franz Kafka hacia la soledad y a la autocompasión; a Josef Roth y a Ernst Toller a la melancolía y al entusiasmo político; a Cari Sternheim, Alfred Kerr y Kurt Tucholsky a la agresividad y provocación; a Else Lasker-Schüler y a pesar de toda apariencia y orgullo - también a Anna Seghers, al misticismo y al éxtasis.

 

El radicalismo de Karl Kraus, su carácter tremenda­mente inflexible para criticar su época, tan apasionado y muchas veces lleno de odio, y su fanatismo por la justicia pueden explicarse, como producto de la tradición y del resentimiento judíos. Su fidelidad a la palabra dicha tiene sus raíces, sea consciente o no en el mundo del Antiguo Testamento y, ante todo, en el Talmud. Karl Kraus luchó contra esta influencia para tranquilizar­se; sin embargo, sólo como tal y sin negar sus raíces, pudo crecer y llegar a ser un escritor sumamente productivo.

 

La participación de los judíos en la vida literaria de Austria fue enorme: «El noventa por ciento de aquello que el mun­do celebró como la Cultura de Viena de siglo XIX, fue una cultura promovida, alimentada o realizada por el judaísmo vienes escribió Stefan Zweig en su autobiografía. Hilde Spiel, en sus comenta­rios sobre el grupo de poetas «Jung Wien -Viena Joven», al que le debió la literatura austriaca de fines del siglo pasado su alto rango europeo desistió, por razones obvias, a referirse al origen judío de sus componentes. Dijo: este grupo famoso tenía sólo un componente, que no era de origen judío: Hermann Bahr. Al mis­mo tiempo se acuerda de que los grandes escritores y compositores austriacos de la generación anterior como Grillparzer y Johann Strauss también tenían antecesores judíos.

 

Si se trata en este contexto de una combinación fe­liz, irrepetible, no se puede olvidar lo que dijo Stefan Zweig: « El judaísmo vienes no fue productivo «de una manera específicamente judía, sino casi por un milagro, ofreció un exce­lente resultado de la simbiosis afortunada de una compenetración de lo austriaco, de lo vienes y de lo judío». Y no es casual, que el berlinés haya encontrado su reflejo fuerte y evidente en la prosa de los judíos; en las novelas de Georg Hermann, en los folletines de Kurt Tucholsky y, sobre todo, en la obra maestra de Alfred Doblin, «Berlín Alexanderplatz».

 

Lo que escribieron es sorprendente. Quien ha sido condenado a muerte, queda siempre marcado. Quien fue casual­mente perdonado mientras mataban a los suyos, no consigue la paz consigo mismo. Quien ha sido expulsado, no sólo será exilado sino más bien un refugiado.

 

Es muy natural: quién tuvo que sufrir atrocidades, trata siempre de explorarlo. Y quien perdió su patria, se siente arrin­conado en la zona fronteriza, de una manera u otra. Se esfuerza por indagar en todos lados, usa todas las fuentes. Precisa hacer­lo, pues está obstinado por conocer mejor las periferias de la vida. Mientras más tiempo demora esta búsqueda, tanto más po­sibilidad existe para que ésta se convierta en una pasión, en una manía. Quien llega a este estado, corre poseído de sus locuras. El incesante esfuerzo por traer noticias del exterior, en algunos casos se parece a una competencia literaria poseída de locura.

 

Hubo incluso entre los pocos sobrevivientes y refu­giados, una generación de escritores judeo-alemanes quienes, como lo valoró Goethe en su época, quisieron «sacar a sus lec­tores de su indiferencia acomodada». Estos «perturbadores del orden público» en la busca de una Patria Prometida, estos outsiders a los cuales pertenecen algunos autores de origen ju­dío, como por ejemplo Use Aichner o Wolf Biermann o Günter Kunert - sobrevivieron esos años en el «Tercer Reich». Y realmente, dos o tres de estos poetas inquietantes llegaron a ser figuras centrales y representativas de la literatura alemana contemporánea.

 

Lion Feuchtwanger, en cuyas obras hay muchos te­mas y motivos judíos, en 1922, en la cumbre de su fama, declaró públicamente: «Mi cerebro piensa en forma cosmopolita, pero mi corazón late a lo judío». Escribe: «Profundicé muchas veces, con mucho esmero, en obras de autores alemanes de origen judío, para encontrar alguna señal idiomática que se refiriera a su ori­gen. A pesar de mis estudios asiduos, no pude descubrir una señal de esta índole en las obras de grandes escritores de este origen, desde Mendeissohn hasta Schnitzier y Wassermann, desde Heme hasta Arnold y Stefan Zweig.»

 

Se sabe que algunas de estas obras fueron escritas en condiciones sociales e históricas completamente distintas que imperaban en los países de Europa Occidental y en América del Norte. ¿La razón de las diferencias se explica por la forma cómo obtuvieron los judíos la emancipación? Donde la recibieron como resultado de los esfuerzos de la burguesía revolucionaria (en al­gunos países de Europa Occidental y en los Estados Unidos) su incorporación era más fácil y más firme. Pero no era así en Ale­mania, Austria y Hungría. La emancipación de los judíos tuvo un carácter prácticamente de dispensa de las autoridades, siendo un acto administrativo en que la población no participó, y jamás lo aceptó completamente en la práctica. Reconocidos sólo for­malmente, y en realidad discriminados, muchos judíos se esfor­zaron por obtener el reconocimiento y alcanzar, a la fuerza, la verdadera emancipación.

 

Un político contemporáneo no antisemita dijo que Hitler ordenó colocar a los judíos en ghettos y ellos, aunque li­bres, por su propia voluntad crearon un círculo literario cerrado. ¿Tiene razón este político? Tal vez sí, aunque no explica la causa.

 

Los escritores judíos tuvieron un ejemplo en la pri­mera figura judía de la literatura alemana: Rahel Warnhagen que, en su juventud, apenas dominó el idioma y sin embargo, triunfó en Berlín. Su salón literario era el centro de la vida espiritual y literaria berlinesa entre los años 1790-1806. Las más altas per­sonalidades de la cultura alemana estaban complacidas, si hayan recibido invitación para participar en las tertulias. Rahel fue alabada, homenajeada, admirada por las autoridades y por los miembros de la aristocracia, pero nunca aceptada. Vivió en Berlín como una persona tolerada, pero jamás ciudadana; siempre como una judía.

 

La perseverancia de la lucha de Rahel Warnhagen, Borne y Heine, puede explicarse sólo por motivos de segundo plano. Ellos vieron en su origen judío y en la situación condicio­nada por este hecho, un paradigma típico de esa época, como la falta de libertades civiles y el atraso general de la democracia para toda la población. Ligaron sus esperanzas a los grandes cambios sociales y políticos, que favorecerán a todos y así se resolverá también el problema de los judíos. Borne explicó que «su pugna política y social formará parte de la vocación por el hecho de que él tenía «la suerte no merecida de ser al mismo tiempo un alemán y un judío. Debía luchar por todas las virtudes de los alemanes, sin compartir ninguna de sus fallas. Sí, por ha­ber nacido como un siervo, quiero más la libertad que Ustedes. De veras, porque yo conocí la esclavitud, entiendo mejor la im­portancia de la libertad que Ustedes. Sí, pues no he nacido en ninguna patria, anhelo más una patria que Ustedes, y porque mi lugar de nacimiento no era más grande que la Calle Judía y de­trás de los portones cerrados empezó para mí el Exterior, la ciudad tampoco es suficiente para mí como patria, ni una provincia. A mí me satisface solamente toda la patria, hasta donde se extienda su idioma».

 

Siempre ha existido este viejo círculo vicioso. Persi­guieron a los judíos porque eran distintos. Y ellos son distintos, porque fueron perseguidos. Era casi imposible desatar este nudo y hacer diferencias entre causas y efectos. De todos modos, por los cambios exteriores, el anhelo de Rahel Wernhagen se tornó más sutil y más difícil. Es por eso que la decepción y la desilu­sión de los afectados fue todavía más dolorosa.

 

¿Cómo se puede explicar que fue justamente la rela­ción judeo-alemana la que alcanzó logros tan extraordinarios? Desde hace casi un siglo y medio, judíos y alemanes piensan sobre esta pregunta, sin poder contestarla. Muchas veces se re­fiere a elementos comunes en el carácter de los alemanes y de los judíos, como su inclinación marcada, por persuadir a los de­más para que piensen. «Realmente llama la atención, opinó Heine, qué afinidad interna existe entre los dos pueblos en la moralidad. Los dos pueblos parecen originalmente tan similares, que se puede considerar a la Palestina de aquel entonces como una Alemania oriental. Se podría considerar la Alemania de hoy como la patria de la Palabra Santa, la Tierra de los profetas, un castillo de la pura espiritualidad».

 

Ya en el siglo pasado se llamó la atención a las consecuencias de esta mezcla peculiar de diferencias y similitu­des: lo alemán era muy atractivo para los judíos, y viceversa, como complemento y corrección, muy útiles. Tal vez el joven Walter Benjamín reconoció las razones cruciales de este fenómeno desconcertante cuando escribió ya en 1917: «Alemanes y judíos están frente a frente en forma igual a los extremos conocidos.» Y tal vez no sea tan equivocado lo que apuntó Franz Kafka con una opinión casual: «Judíos y alemanes tienen mucho en común. Son ambiciosos, hábiles, laboriosos, y profundamente odiados por los demás. Judíos y alemanes son parias.»

 

¿Podría explicarse esta relación de alemanes y de judíos por un profundo descontento consigo mismo, por una pena por su propio ser, por el descontento que los alemanes, tienen por sí mismos. Juda Lów Baruch, quien se llamó más tarde Ludwig Borne, era un patriota pero sin patria; un tribuno del pue­blo, sin pueblo; un político sin cargo. También fue escritor sin obras. En el anuncio de la edición de los catorce tomos de su antología dijo con todo derecho, aunque no sin coquetería: «Yo no escribí ninguna obra, sino tan sólo hice las hojas, las pusie­ron la una encima de la otra, y el encuadernador tuvo que trans­formarlas en libros. Y eso es todo.»

 

En realidad Borne escribió folletines y estudios, en­sayos y críticas, sátiras y reportajes, glosas y aforismos que son partes de una sola obra única, admirablemente homogénea: son fragmentos de una gran rebelión, necesaria y anhelada por muchos.

 

Hubo otros escritores de origen judío que también fue­ron juzgados o tildados de provocadores, pero diferentes. Su origen y su situación en la sociedad alemana trajo consigo, que fueran más sensibles ante la falta de libertad y democracia en su época. Qué pena que este hecho y su sano patriotismo hayan sido malentendidos; es nuestra tarea, ratificar sus buenas intenciones.

 

«Existió un tema» dice Heine «que apenas uno toca­ra, traería a escena los pensamientos más feroces y más doloro­sos que se guardaban en el alma de Borne: Alemania y la situa­ción política del pueblo alemán.» El estaba enamorado de Ale­mania y de su cultura. Ninguno de los emigrantes alemanes su­frió tanto en París en esos años treinta del siglo XIX, como Borne. «El exilio -dice- es una cosa terrible. Si llegara una vez al cielo, seguramente me sentiría infeliz también allí, rodeado de ángeles, aunque cantan tan bonito. Qué pena, ellos no hablan en alemán. Y si se me acercara Dios y me dijera: Quisiera transformarte en un francés, Borne, le contestaría: Muchas gracias, Señor Dios. Yo quisiera seguir siendo alemán con todas sus deficiencias y deformidades.»

 

Este amor por Alemania nunca impidió a Borne de­cirles las verdades más crueles. Escribió así «Los alemanes tan orgullosos, tan arrogantes, tan autoritarios miran a los judíos con tanto menosprecio desde arriba para abajo, y no tienen todavía, ni quieren tener una patria. No tienen ni quieren tener ninguna libertad. Los turcos, los españoles y los judíos están mucho más cerca de la libertad que los alemanes. Pues, ellos son esclavos.

 

Una vez lograrán romper sus cadenas, y entonces serán libres. El alemán es como un sirviente: podría ser libre, pero no quiere. Borne no titubeó expresar, que a los alemanes se les tendría que gritar día y noche: «Ustedes todavía no son aptos para ser considerados como una nación.»

 

Naturalmente, tuvo que escuchar pronto lo que era de esperar: Le recordaron públicamente que era un judío.

 

También Heine era un «provocador» nato y siempre un «perturbador» del orden público. Encontró-las llagas más dolorosas de sus contemporáneos, sin haberlas buscado, pues és­tas también le afectaban. Poco le interesaban las explicaciones que ofrecían los demás para los problemas existentes. Le gustaban las discusiones y los juicios llevados hasta los extremos y así muchas veces, impugnables. Nunca se aseguró a si mismo; medidas de precaución eran difícilmente compatibles con su temperamento. Luchaba de verdad, con toda franqueza. Se podría decir de él que fue al exilio, para no tener que defenderse.

 

Después de la Revolución de 1827, Borne y Heine fueron los dirigentes del Movimiento de Alemania Joven (das Junge Deutschland) y lucharon por la libertad (Freiheitskámpfer).

 

Heine luchó duramente, durante toda su vida, por las reformas sociales. En este contexto, aunque él aprobó los propó­sitos de Marx o Engels, siempre estuvo en contra de sus méto­dos. Era sin duda alguna un adversario de la revolución violenta. Su verdadero elemento era la ambivalencia. Era una ambivalencia militante y agresiva. Un genio, que tenía odio y amor al mismo tiempo a los alemanes y a los judíos.

 

Para Heine significaba un gran placer, decirles a to­dos la verdad: tanto a los judíos como a los antisemitas, a los alemanes y a los enemigos de los alemanes, a los nobles y a los burgueses, a los católicos y a los protestantes, a los perseguidores y a los perseguidos, a los poetas del romanticismo tardío y a los representantes de la Alemania Joven.

 

Heine no estaba al servicio de ningún príncipe, de ningún gobierno o de ningún partido, ni de ninguna Iglesia, de ningún diario; no tenía ni amo ni mandante. Aunque fue un autor político y crítico de su tiempo, era responsable sólo y únicamen­te ante sí mismo.

 

Seguramente hubo escritores libres ya antes, sin em­bargo, Heine fue el primero que entendió la existencia del escri­tor libre, como un servicio y como una institución. Y esta institución le ganó en la vida pública alemana valor y respeto.

 

Quería ser un alemán, pero luego se dio cuenta que no se lo permitirían. El estudiante Heine, de tan sólo 24 años de edad, expresó en el pequeño trabajo «La Romántica», que la palabra alemana es como «nuestro bien sagrado», pues existía «una patria só!o para aquellos, quienes por estupidez y por falsedad, la niegan para nosotros.»

 

Nada de lo alemán era ajeno al judío Heine. Pero Alemania no lo necesitó, aunque se convirtiese en un autor ale­mán, el único que poseyó Alemania entre Goethe y Thomas Mann.

 

Quien escribe hoy sobre Heine, lo hace en pro o en contra. Todavía no lo dejan entrar en el olvido como un gran muerto del pasado. El diálogo no ha terminado. Así Heine tal como Karl Marx o como Richard Wagner tiene una profunda influencia en el siglo XX.

 

Pero el hecho de que su obra tenga todavía un efec­to inquietante, no habla en su contra. Significa que sigue siendo lo que era: provocador e impertinente, pero siempre con objeti­vos positivos.

 

Para concluir, entre los escritores judeo-alemanes hubo varios galardonados por el Premio Nobel y tengo la opi­nión, que estos escritores no fueron de peligro, sino lo fueron el espíritu liberal, demócrata y progresista que divulgaban; eso no les gustó a ciertos grupos de la población alemana.

 

Nota: Este artículo es parte de la Conferencia auspiciada por la Biblioteca Nacional de Chile y del Instituto Goethe, con motivo del 60º aniversario de la quema de libros de autores de origen judío en Alemania y en otros países bajo su influencia.

 

Visita Nº

Estadisticas y contadores web gratis
Oposiciones Masters