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EL CONCEPTO DEL PODER EN EL JUDAISMO
¿A qué se puede recurrir en la búsqueda de la definición de un concepto tan multifacético como es el poder?
La tradición bíblica-rabínica puede contribuir a dilucidar este concepto con diferentes elementos de importancia. Es obvio que es imposible presentar dentro de los límites de un capítulo un informe completo del pensamiento bíblico-rabínico sobre este tema. Se dificulta la tarea si consideramos que la Biblia y la literatura rabínica no son una obra homogénea, sino una colección de libros, producto de diversos autores que vivían en lugares distintos y en épocas, diferentes. En estos libros hay ciertos conceptos básicos, casi obligatorios para todos los autores. Existe concordancia y desacuerdo, hay consenso pero también contradicciones; sin embargo, se puede encontrar un número de criterios > suficientemente amplios para demostrar la profundidad y el carácter instructivo de las ideas vertidas.
No desearía dejar la impresión de que no haya pasajes en la tradición bíblica-rabínica que no concuerden entre sí, o que no reflejen la nobleza del sentimiento y la elevada finalidad de las fuentes. Ninguna tradición religiosa y cultural se ha mantenido uniformemente leal a sus propias realidades. Pero las potencialidades inherentes a cada tradición se proyectan por sus alcances espirituales más nobles. Son éstos los que actúan como la conciencia de la tradición. La tradición, como un todo, se encuentra constantemente en desarrollo y está regida por las necesidades de la época.
Es una característica de las literaturas tradicionales, que la vida del individuo está presentada como un reflejo de la vida de la sociedad de su época. Los actos del individuo determinan el destino de su sociedad y viceversa, hasta el punto en que las relaciones del individuo con su prójimo se convierten en la base para juzgar la sociedad.
Los conceptos centrados en el hombre en la sociedad; bíblica-talmúdica pueden servir como fuente de orientación para; nuestra generación. El sometimiento de la voluntad y de los intereses del individuo a los fines esenciales de su sociedad, que caracteriza el pensamiento tradicional, puede convertirse en un factor formativo para la sociedad actual. Los principios determinados para la coexistencia entre el hombre y su prójimo, o los del individuo dentro de su sociedad o su Estado, los de una nación con la otra sin menoscabar la singularidad del individuo o de la nación, pueden ser imitados en forma fructífera en nuestra época. Nuestra generación, que carece tanto de religión como de fe, puede encontrar en la literatura tradicional conceptos e ideas que servirán de base a un nuevo humanismo comunitario y social.
El concepto del poder implica la capacidad de alcanzar fines u objetivos por medio de la influencia ejercida sobre el individuo, el grupo o la misma sociedad. El hombre con poder es capaz de manipular objetos o personas, para que sirvan sus intereses o a las metas que a él le favorecen, o simplemente por el placer de experimentar ese poder. Por esta razón muchos moralistas consideran el poder como intrínsecamente malo, actitud que no corresponde a la tradición judía. La gran mayoría de las fuentes judías considera el poder como moralmente neutro, necesario o aceptable, siempre y cuando se ejerza con control, en pro de los intereses de todos, de toda la sociedad, cuando no haya la tendencia que un hombre posee poderes infinitos y que se considere como dueño del universo y pueda alcanzar todo lo que se le antoje.
El abuso del poder es el más grave peligro en las relaciones humanas, por lo tanto, es necesario definir dos conceptos básicos de la ética judía tradicional al respecto.
La igualdad de los hombres es el concepto básico de la ética religiosa judía. Esta idea no tolera ninguna modificación que establezca límites. No existen calificaciones como hombre negro, hombre blanco, hombre judío o pagano. Hay hombres que son negros o blancos, judíos o gentiles, pero todos son hombres, seres humanos, creados a imagen y semejanza de Dios (Gen.5.1.). La profundidad de esta idea se torna más patente, cuando recordamos las palabras del profeta Malaquías: «¿No tenemos todos un padre? ¿No nos ha creado un solo Dios?» (Mal.2.10.).
Todos los valores éticos del judaísmo encuentran su razón de ser en la doctrina del único Creador y Gobernador del Universo, omnipotente, justo y misericordioso quien ha creado al Hombre. Esta doctrina obliga a sus seguidores a expandir su horizonte intelectual y su sensibilidad ética. Establece una relación fundamental entre los individuos y los fenómenos que se observan a su alrededor. La ética comienza con el descubrimiento de una identidad común entre uno mismo y el otro. Cuanto mayor sea la esfera de identidad reconocida, tanto más amplio será el alcance de la implicancia ética.
La paternidad creadora de Dios establece la hermandad real entre los hombres de todas las razas, y establece también la igualdad potencial desde el punto de vista biológico e intelectual, y subraya que las diferencias que existen no son innatas, sino periféricas y accidentales.
El principio bíblico-rabínico de la indivisibilidad esencial de la raza humana implica no sólo el hecho que los hombres no pueden ser separados por diferencias biológicas sino que, exceptuando los fines administrativos indispensables, tampoco pueden ser divididos en mayorías y minorías, y esta última sujetada a la voluntad de la mayoría. La dignidad y el valor de los seres humanos no depende de ninguna relación matemática. La voluntad de un grupo mayoritario no puede arrogarse el derecho de violar la dignidad y los derechos de cualquier otro grupo menos numeroso. Según la tradición judía, la destrucción de un alma es un pecado y una tragedia igual como si se tratara de la destrucción de todo el mundo.
Lamentablemente los tiranos de nuestra época no comparten esta opinión y con el argumento de dar mayor bienestar a la mayoría, justifican la destrucción de individuos o grupos, cuyo único pecado consiste en ser diferentes, sea desde el punto étnico, religioso, político, social o intelectual. La doctrina bíblica-talmúdica no acepta la noción que el mundo es de posesión ex-elusiva de las mayorías, pues el mundo pertenece a cada individuo, de la misma manera como le pertenece a toda la humanidad.
Este principio se aplica no sólo a cuestiones que afectan la vida física del individuo, sino también a la violencia perpetrada contra la mente humana por sus convicciones honestas, pero diferentes. La diversidad de opiniones entre los hombres es, según la tradición judía, completamente lógica y no se debe a la formación accidental, y tampoco puede ser interpretada como indicación de un orden jerárquico. Son las diferentes manifestaciones del poder y de la voluntad de Dios. Dice el Talmud que el Sus enseñanzas en los actos de cada persona. La elección es nuestra, de cada uno de nosotros, seres humanos, pero tenemos que asumir la responsabilidad por nuestra elección. Somos responsables de nuestro destino individual, pero también del destino del Mundo.
Según los rabinos cualquier acto, por insignificante que parezca, puede determinar e influir en el destino de la humanidad. «Una buena acción pesará en la balanza inclinándola hacia el mérito y salvará al mundo, y si es una mala acción, puede condenar al mundo a la destrucción».
Para nuestros sabios es inaceptable la tendencia universal de rechazar la responsabilidad personal y atribuir todo el mal a Dios o al medio ambiente, como creen algunos de los sociólogos. Otros consideran al hombre como un juguete de poderes oscuros, que habitan en el subconsciente. Tampoco aceptan el poder que actúa para disminuir los derechos del otro. El Estado, «y la ideología que representa, no puede ser arbitro oficial del bien y del mal. Los sistemas éticos antiguos establecen una diferencia entre lo que es apropiado para las acciones realizadas por el individuo como tal, y por la misma persona cuando actúa como autoridad, investido de algún poder.
Según fuentes judías, el poder ejercido en pro del enriquecimiento de la vida humana y de pueblos enteros, que no cause daño a nadie, es un derecho y también una obligación que entrega Dios al hombre.
La historia de otras religiones demuestra que según algunos teólogos, el poder está relegado a la esfera del demonio. El judaísmo considera que este juicio es muy peligroso, porque la aceptación de esta idea puede excluir la ética y la práctica de la moral en el ejercicio del poder.
Nuestros sabios consideran que una vez reconocida la legitimidad del poder, la ética puede y debe entrar en el ámbito v que le corresponde, para regir la aplicación del poder.
Se puede definir criterios claves y decir que es antiético cuando se ejerce por ambiciones o intereses personales, cuando atenta contra la vida, la dignidad o la propiedad de otros, ' o contra toda la humanidad o al universo.
Es legítimo frustrar la agresión, pero no agredir ni atacar; asegurar la libertad, pero no oprimir; liberar, y no esclavizar; construir, y no destruir; estar al servicio del otro, pero no imponerle la voluntad propia.
La época en que vivimos es bastante confusa respecto al poder. La moral cambia. Un Estado suficientemente fuerte, que se siente o considere independiente de los otros países, puede cambiar la moral, no sólo para uso interno sino también para insistir que otros países acepten este cambio. Los sabios de nuestra tradición previeron esta posibilidad y expresaron su convicción, que sólo la moral que reconoce a Dios como su fuente es inmutable y permanente. Sólo así es independiente de las fuerzas mundanas que influyen en el juicio de la legitimidad del uso del poder.
En la narración de la Creación, el hombre virtualmente recibe el poder para dominar y gobernar el Universo (Gen.1.26-28.). Sin embargo, este dominio no le fue entregado incondicionalmente. El hombre está obligado a reconocer su deuda con Dios y saber que su labor es la de un administrador, de un comisionado, y no la de un dueño. El hombre puede disfrutar su privilegio como un permiso, pero no como un derecho inalienable. Tiene que reconocer que sin Dios, él es nada (Deut.8.6-18.). Debe saber que su capacidad le sirve para ser el colaborador de Dios en la permanente creación (Talmud Shabat 119b.). La idea de ser colaborador de Dios ha sido extendida por los representantes del misticismo judío de tal manera, que la gracia divina se dispersa sobre toda la creación, merced a los esfuerzos del hombre. Eso significa, con otras palabras, que todo acto del hombre tiene un significado cósmico. Dios ha otorgado poder al hombre de tal manera que al hacerlo, es el poder de Dios el que trabaja por intermedio del hombre (Zac. 4.6.), los seres humanos son Sus instrumentos, pero sólo para hacer el bien.
El uso del poder para manipular la naturaleza para que sirva las necesidades de toda la humanidad, es perfectamente legítimo y está considerado como don de Dios. «El cielo pertenece al Señor y al hombre le dio la tierra» (Salmo 115.16.). Este versículo - según la tradición - es la justificación religiosa del desarrollo de la ciencia, de la tecnología y de la cultura humana.
Se discute entre los sabios por el uso del poder en caso de la autodefensa: matar o no matar al asesino potencial. Algunos de los sabios lo permiten, otros se oponen diciendo, que no está permitido comprar la vida por medio de quitarla del otro.
Todos los profetas están en contra del abuso del poder; el más decidido es el profeta Amos. Expresa que el enojo de Dios está en contra del abuso del poder, aunque ni el victimario ni la víctima pertenezcan al pueblo judío, y la agresión no tenga relación alguna con Su pueblo (Amos 2.1.). El profeta está lejos de adoptar una actitud neutral. Para él, la justicia es indivisible y la agresión y la injusticia están condenadas en nombre de Dios, dondequiera que ocurran.
Es muy severo cuando enjuicia a los opresores internos de Su propio pueblo: «Así dice el Señor: 'Los de Israel han cometido tantas maldades, que no dejaré de castigarlos; pues venden al inocente por dinero y al pobre por un par de sandalias. Oprimen y humillan a los pobres, y se niegan a hacer justicia a los humildes. Tendidos sobre ropas que recibieron en prenda, participan en comidas en honor de los ídolos; con dinero de multas injustas compran vino que beben en el templo de su dios'» (Amos 2.6-18.).
No es muy diferente Miqueas: « Escuchen ahora, gobernantes y jefes de Israel: ¿Acaso no les concierne a ustedes saber lo que es la justicia? En cambio, odian lo bueno y aman lo malo; despellejan a Mi pueblo y le dejan los huesos sin carne. Se comen vivo a Mi pueblo, le arrancan la piel y le rompen los huesos, lo tratan como si fuera carne para la olla. (Miqueas 3.1-3).
Los profetas se manifiestan también contra los abusos de la monarquía.
Cuando Samuel acepta el pedido del pueblo para tener un rey, les advierte del peligro del despotismo, inseparable del poder real (I Sam.8.11-18.). Su temor se basaba ya en las advertencias de la Tora al respecto (Deut.17.14-19.). Los profetas critican sin miedo a los reyes por su tiranía. Natán censura a David en el caso de Urías (Sam. II 1-15.); Eliyahu a Ajab por el asunto del viñedo de Nabot (Reyes 1.21.1-26.); Amos a Jeroboam por la injusticia que reinaba en el país.
La literatura talmúdica condena todo tipo de injusticia cometida contra cualquier persona, sea judío o gentil. La considera como agresión contra Dios y abuso del poder contra el hombre.
Mientras toda la literatura tradicional está en contra del abuso del poder y exige justicia para todos, no protesta contra la esclavitud. Intenta suavizar la situación del esclavo, restringe el poder del dueño sobre él, pero no prohíbe la institución de la esclavitud. Algunos intentan explicar este aspecto negativo y opuesto a los ideales de los profetas y rabinos con el argumento que la esclavitud fue tolerada, pero no ordenada. Otros citan la opinión de los historiadores sociales, quienes dicen que en las sociedades antiguas no era posible abolir la esclavitud. La Tora prescribe la liberación de los esclavos judíos en el séptimo año (shemita = año de perdón de deudas), y la liberación de todos los esclavos en el año cincuenta que es «un año de liberación y en él anunciarán libertad para todos los habitantes del país».(Lev.25.10.).
Un precioso comentario de Rabi Joshua Falk (1680-1756) con respecto al versículo citado expresa la opinión de los maestros posteriores, cuando dice que el versículo no habla de la proclamación de la libertad de todos los esclavos, sino de todos los habitantes. Si en una sociedad hay esclavos, es una sociedad que insulta y ultraja a todos sus componentes. Dueños y esclavos se beneficiarán con la liberación de los esclavos.
Que el uso del poder por una persona o por un grupo para explotar, debilitar o exterminar a otros individuos o grupos es un crimen intolerable, figura ya en la Biblia. Los malvados en la Biblia, como el Faraón, Nabucodonosor o Hamán, están condenados por el abuso tiránico de su poder por esclavizar, destruir o matar. Es verdad que en estos casos las víctimas de la agresión eran judíos, pero sería una distorsión completa de las Escrituras Sagradas, pensar que los autores bíblicos desaprobaran la agresión sólo contra los judíos. Los profetas condenan con vehemencia igual a los poderosos de su propio pueblo, como los de otros, que se aprovechan de los marginados, débiles, de los pobres o de los extranjeros que practican la injusticia y no la justicia; los que ignoran el derecho de los demás y toleran o favorecen una sociedad injusta.
Todos están interesados en la ética de todos los pueblos, y condenan todo tipo de inmoralidad, crimen y atrocidad y lo hacen en el nombre del único Legislador, del único Dios. A sus ojos, la universalidad de la ética es el ideal y toda desviación es agresión, es el mal uso del poder. Muchos consideran la inmoralidad como causante de guerras entre los pueblos: «El Señor juzgará entre las naciones y decidirá los pleitos entre los pueblos. Ellos convertirán sus espadas en arados y sus lanzas en hoces. Ningún pueblo volverá a tomar las armas contra otro, ni recibir instrucción para la guerra». (Jes.2.4.).
Así continúa Miqueas: «Todos vivirán entonces sin temor y cada cual podrá descansar a la sombra de su vid y de su higuera» (Miqueas 4.4.).
¿No se podría interpretar estas visiones proféticas como una exposición sobre el derecho de cada pueblo en pro de su autodeterminación y para que puedan quedar libres de aquellos que quieren esclavizarlos?
Pues todas las naciones, incluso los enemigos tradicionales del pueblo judío como el antiguo Egipto y Asiría - tienen el derecho de existir, tienen un papel especial que cumplir en el mundo de Dios. Así dice el profeta Isaías:» En ese día habrá un ^ amplio camino desde Egipto hasta Asiria. Los asirios podrán llegar <*•- hasta Egipto y los egipcios hasta Asiria. Y los egipcios y los asirios adorarán juntos al Señor. En ese día Israel se colocará a la par con Egipto y Asiria, y será una bendición en la tierra. El Señor Todopoderoso lo bendecirá, diciendo: 'Yo bendigo a Egipto, Mi pueblo, a Asiria, obra de mis manos y a Israel, mi propiedad,» (Is.19.23-24.).
Muchas posibilidades del uso del poder, positivas y negativas, fueron consideradas por los sabios del pasado, y previeron las anomalías que más adelante iban a ocurrir. Sin embargo, ellos no podían prever el desarrollo tecnológico de nuestra época; no podían imaginar que la tecnología moderna pondría en las manos del hombre un poder enorme, que le permitiría tomarse toda clase de libertades. Un poder que podría ser ejercido en un mundo carente de normas éticas, que se convertiría en el problema principal de la ética contemporánea, o el mayor desafío ético de nuestros días. El judaísmo no puede, ni debe guardar silencio ante este problema: tiene que encararlo en la misma forma, y con los mismos ideales, que lo hicieron nuestros antecesores ante los problemas de su propia época.
La tecnología moderna difiere mucho de las anteriores, porque ha nacido en un mundo donde la naturaleza está concebida como un conglomerado de átomos y moléculas, despojada de toda dignidad, toda reverencia, toda santidad cósmica. Esta naturaleza no ha sido creada, y tampoco es creadora, sino es un objeto para la investigación y el uso del hombre, y se convierte en objeto de su voluntad. El conocimiento adquirido está al servicio de su voluntad y de su antojo. Voluntad de poder sobre la naturaleza, voluntad de poder que sobrepasa las necesidades reales y de todo límite.
Según el hombre contemporáneo la naturaleza, metafísicamente neutral, puede ser utilizada por la ciencia. Por lo tanto no tiene integridad inherente, no es inviolable, puede ser explotada sin límites en pro de los intereses de unos pocos. Puede ser manipulada indiscriminadamente, y también puede ser destruida parcial- o totalmente, sin temor ni responsabilidad moral.
La ética religiosa ha infundido al hombre una postura reverente ante la naturaleza. Una sensación de dependencia, un respetuoso temor y devoción, con una fuerte implicación moral. Todo esto fue destruido por el poder que el desarrollo tecnológico ha puesto a su alcance.
Según algunos expertos se puede suponer que la pérdida del respeto a la naturaleza cause un aumento proporcional del respeto del hombre hacia si mismo. De acuerdo a esta hipótesis, el hombre debería ganar en jerarquía metafísica ante la pérdida de Dios, y tiene el derecho de ocupar el lugar de Dios como Creador. El es ahora el hacedor de nuevos mundos, es el soberano remodelador. Hemos llegado a la deificación del hombre y de la capacidad humana. El hombre ya no acepta ser la «imagen de Dios», sino quiere convertirse en Dios y al mismo tiempo, objeto de su propio poder tecnológico. Puede rehacerse a sí mismo de la misma manera, que puede rehacer la naturaleza. Algunos creen que hoy, o muy pronto, el hombre podrá producir a seres humanos de acuerdo a especificaciones prefijadas. Actualmente lo hace por medio de técnicas socio-políticas y sociológicas. Pero mañana lo hará mediante la bioingeniería y malabarismos genéticos.
Esta última posibilidad es la más aterradora.
El hombre está desprotegido frente a su propio poder. Careciendo de apoyo moral, la naturaleza está sometida a sus deseos. Tales deseos podrán ser programados, pero de acuerdo a qué? ¿De acuerdo a sus intereses y conveniencias, o a los de sus amos? El hombre, con su poder tecnológico, tiene la capacidad de alterar la naturaleza y con eso provocar consecuencias incalculables e irreversibles.
Nunca hubo tanto poder en manos de cierta gente con tan poca capacidad conductora y moral para su utilización. Se dice y se piensa que el poder existe, y hay que utilizarlo de cualquier manera. Vivimos en la era en que los actos traen tremendas consecuencias. Los inventos humanos (bomba atómica, i bioingeniería), con consecuencias irreversibles, que conciernen a la condición total de la naturaleza y sus criaturas. El rostro o la imagen de la Creación, incluso la imagen del hombre, está involucrada en la explosión del poder tecnológico.
Nuestros sabios y maestros reconocieron la necesidad del progreso científico, y así lo hace también el judaísmo actual. Pero estamos preocupados por la falta de progreso moral. Creemos que la aplicación de los principios éticos es necesaria para resolver los dilemas que surgen de la investigación científica. La aplicación de pautas morales que regulen la investigación científica, es imprescindible, pues los intereses personales muchas veces oscurecen el juicio de los investigadores.
Nadie está en contra de las investigaciones científicas, aunque éstas introduzcan cambios en la naturaleza. La naturaleza no es Dios, ni es divina. Ha sido creada por Dios, para el hombre. Podemos estar o no, conformes con ella. Podemos y debemos mejorarla, si está a nuestro alcance. Con nuestra capacidad, podemos sondear la naturaleza, arrancar sus secretos, explorarla a fin de prolongar y mejorar la vida de los seres humanos y hacerla más feliz. Pero no sólo para el beneficio de algunas personas o algunos grupos, sino para el bien de toda la humanidad.
Debemos ser prudentes y cautelosos. No podemos destruir la naturaleza.
Cuenta el Talmud: «Un anciano trabaja en su huerto, plantando frutales. Los transeúntes lo miraron con sorpresa y le dijeron: 'Abuelito, ¿Para qué estás trabajando con estas plantas frutales? Tú ya no comerás de sus frutos. El les contestó: Trabajo para mis nietos. Yo estoy comiendo de las frutas de los árboles plantados por mis padres y abuelos. Ahora trabajo para que también mis nietos y bisnietos tengan frutas'».
No se puede descuidar y derrochar los recursos naturales ni perturbar su equilibrio, ni dañar a los habitantes de la tierra. La naturaleza no es sagrada, pero el hombre sí lo es. Todo tipo de investigación científica, el uso del poder tecnológico que sirve a los intereses de toda la humanidad todo aquello que realce la grandeza de la vida y la dignidad humanas, será bienvenido. Pero hay que reconocer la finitud del hombre ante Dios y pedirle diariamente con las palabras del Salmista: «Enséñanos a vivir de tai modo y contar nuestros días, para que nuestra mente alcance sabiduría y humildad». (Salmo 90.12.).
Nuestros sabios buscaron en los libros sagrados las verdades de la vida, para que sirvieran de ejemplo. Aunque conocieron las famosas palabras de Raban Simón ben Gamaliel (siglo II.d.C.): «No es el estudio lo esencial, sino la aplicación práctica, no dejaron de meditar, de estudiar, ni de dialogar, pues «por intermedio del estudio y diálogo los ojos de los ciegos se abren», dice una antigua sentencia. En otras palabras, son los teóricos quienes, para el bien o para el mal, mueven a la gente a la acción. Si por intermedio del esclarecimiento el hombre moderno se acerca a la literatura tradicional, puede descubrir las bases de una fe humanista, como nos transmite nuestra herencia espiritual, expresada tan elocuentemente por el profeta Jeremías: «Que no se enorgullezca el sabio de ser sabio, ni el poderoso de su poder, ni el rico de su riqueza. Si alguien se quiere enorgullecer, que se enorgullezca de conocerme, de saber que soy Yo el Eterno Dios, que actúa en la tierra con amor, justicia y rectitud, pues eso es lo que a Mi me agrada.» (Jer.9.22-23.).
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