EL JUDAISMO EN EL DESARROLLO   DEL

CAPITALISMO Y DEL SOCIALISMO

 

El comercio tiene gran importancia en la vida eco­nómica, porque asegura el equilibrio tranquilo de la economía na­cional. El comercio exterior pone los productos de un país en otro, y procura conseguir los artículos de que carece su país. Sin comercio no existe vida económica, y hoy se acentúa con énfasis la gran importancia del comercio exterior, pues los países con actividades comerciales recíprocas probablemente no lucharían entre si, con armas.

 

El precursor del comerciante era el vendedor am­bulante, que llevó sus mercaderías de un lugar al otro, y entretanto compró también mercaderías nuevas. En la Edad Media les fue prohibido a los judíos trabajar en la agricultura, la artesanía, la manufactura y el servicio público, en consecuencia estaban obli­gados a trabajar en el comercio.

 

Primero, en su ciudad, pero más adelante, como te­nían parientes en otros lugares, hicieron negocio también con sus correligionarios en otras ciudades y países. Los judíos no tenían problemas de idioma, su lengua común era el hebreo, el idish o el ladino. El vendedor itinerante estaba seguro que en otras ciu­dades, en otros países encontraría hermanos, que hablaran, rezaran y pensaran como él, y si hubiesen diferencias comerciales con ellos, el juicio se realizaría también dentro de la comunidad, siguiendo la tradición judía, y podía esperar que sus hermanos judíos le ayudaran en todo sentido, si fuera necesario.

 

Así los judíos se convierten en los mercaderes del mundo conocido. Desarrollaron el comercio y más tarde también la industria no sólo en aquellos lugares donde podían vivir libre­mente, sino con frecuencia tenían contacto comercial con los países de donde fueron expulsados.

 

La legislación judía reglamentaba las formas del co­mercio honesto, y los vendedores, o la mayor parte de los co­merciantes judíos, practicaron el comercio de manera honesta. Tenían un mérito muy importante, porque traían y llevaban, junto a sus mercaderías, la cultura, y andando por el mundo con ojos abiertos, favorecieron la divulgación de la cultura y de la técnica en el mundo en vías de desarrollo.

 

La importancia de los judíos en el desarrollo del co­mercio es indiscutible. Cabe mencionar que si en el comercio in­terior y exterior entre judíos y no judíos hubiese alguna discusión, la parte no judía muchas veces prefirió acudir a la jurisdicción de los tribunales rabínicos, pues tenía más confianza en su objetivi­dad y juicio claro, que en la de los jueces públicos. Muchas veces el juicio de los tribunales rabínicos pasó a ser ejemplo también para la justicia pública.

 

Subrayamos que en esta forma contribuyeron los co­merciantes judíos a la formación de ciudades, al desarrollo de la industria y de la actividad bancaria; para algunos parecería como si ellos hubieran trabajado mucho por el desarrollo del capitalismo. No es tarea de este libro examinar, cuál es la mejor forma de la vida económica, pero debemos mencionar la eficiencia de los ju­díos en el desarrollo del capitalismo. El conocido economista alemán, Werner Sombart, dijo que fueron los judíos los fundado­res del capitalismo y sus intereses determinaron la situación económica y política de un país. No discutimos esta opinión, pero concordamos en que la iniciativa privada, atributo de los judíos, tuvo un gran valor, cuando desaparecieron las barreras del feu­dalismo.

 

El hecho que en los países más importantes las al­tas capas sociales hesitaron en participar en la formación del capitalismo, los judíos que tuvieron gran experiencia en el co­mercio, y poseyeron un capital comercial relativo, lo transformaron en capital industrial para fundar manufacturas, industrias y fábricas.

 

Es indiscutible, que la producción organizada exige una alta forma de vida económica del capitalismo y los judíos podían utilizar sus experiencias de muchos siglos, alcanzadas en el comercio. Sabemos que en las primeras etapas del capitalismo, los vendedores sugirieron a los industriales, qué es lo que tenían que producir y cuánto. Si el industrial no tenía bastante capital, el comerciante le habría ayudado. Así se convierten socios el comerciante y el industrial y se formaron poco a poco las gran­des fábricas. Para financiar la producción comienza la actividad de los bancos, de las cajas bancarias, y después, los negocios de la bolsa. En su fundación participaron judíos en gran número.

 

Los judíos utilizaron también sus lazos familiares para formar mayor capital, así transformaron las grandes empresas en sociedades de accionistas, formaron las compañías y los «trusts» que se extendían a casi el mundo entero. La iniciativa personal y la competencia libre se convierten en un lema real en la que los judíos tenían indiscutiblemente cierta ventaja. Se dice que el ca­pital adquiere, por su naturaleza, derechos y participación en el poder político, pero los judíos nunca buscaron el liderazgo políti­co de los países donde vivían.

 

El judaísmo favoreció la divulgación del capitalismo, pero al mismo tiempo, los judíos participaron también en la formación y el desarrollo del sindicalismo y socialismo, especialmente por intermedio de intelectuales judíos. Esto pareciera ser un an­tagonismo, ya que por un lado, fortalecen el capitalismo, y por otro trabajan en pro del socialismo. Esta duplicidad confirma, que no se puede hablar sobre un judaísmo homogéneo en la economía. El judaísmo se dividió en clases sociales, y la posición del individuo estaba regulada por su situación social. Pero ¿Por qué había muchos judíos que simpatizaron con el socialismo?

 

Antes de contestar a la pregunta, miremos, ¿hay raí­ces comunes entre el judaísmo y el socialismo?

 

El socialismo es una doctrina económica y política. El judaísmo, como una cultura religiosa, está interesado en la vida del mundo y de sus habitantes, con el deseo y esperanza de crear lo más pronto posible un mundo de derecho, justicia y amor. Para crear este mundo, consideran necesario establecer un sistema socio-económico, donde hubiera cada vez más justicia social.

 

Ya la Tora presenta leyes sociales muy importantes referentes a los derechos del obrero, al respeto del trabajo y del trabajador. El sistema económico de la Tora referente a la pro­piedad de la tierra que era la base de la vida económica del pueblo judío en aquella época, es casi socialista ya que define a Dios como dueño de la tierra. El derecho del uso de la tierra es para las tribus y para las familias, durante un lapso de 49 años y reconoce al labrador de la tierra y a su familia como usufructua­rios del resultado de su trabajo agrícola. Era una obligación para ellos y para todos, ayudar a los pobres y contribuir al manteni­miento del culto y la infraestructura estatal. El botín conseguido en guerras correspondió a toda la población (Deut. 7.25-26.). Los enseres necesarios para la vida privada y familiar fueron recono­cidos como propiedad privada y respetados como tales.

 

Los profetas reprocharon a aquellos quienes acumu­laban riqueza para comprar edificios y campos, y explotaron a los pobres.

Durante los siglos II a.C. y hasta II d.C., una pequeña parte del pueblo en Judea vivió en un comunismo primitivo. Fueron los esenios los que no aceptaron el derecho de propiedad privada y vivían en comunidad de bienes. El sistema monacal dentro de la Iglesia Católica tiene sus raíces en la forma de vivir de los esenios.

 

Durante la Edad Media, en los ghettos los edificios construidos para los servicios públicos para mantener la vida reli­giosa, la enseñanza, la salud y la beneficencia fueron considera­dos como propiedad comunal y mantenidos por todos.

 

Ahora bien; el socialismo insiste -con razón- la im­portancia del trabajo y el respeto que se debe al trabajador. Estas ideas se encuentran también en la literatura hebrea antigua, en la Biblia y en el Talmud, donde no se hacen diferencias entre los distintos tipos de trabajo. Todo trabajo realizado en forma hones­ta es digno de alabanza y merece respeto, reconocimiento y re­compensa material.

 

Citaremos algunas ideas al respecto, partiendo de la más básica: «Seis días trabajarás y harás toda tu obra, pero el séptimo día es de reposo, no sólo para el patrón sino también para todos quienes trabajan» (Éxodo 20.9-11.).

 

De este espíritu surge la costumbre que la gente no pasaba al lado de los trabajadores en el campo sin saludarlos (Salmo 129.8; Jueces 6.11-12.), y con un énfasis especial se les saludó así: «La bendición de Dios esté en toda la obra de sus manos» (Deut. 28.12.).

 

La Biblia desprecia el hombre indolente; todos tienen que trabajar, cada uno en el lugar según su capacidad. De acuer­do al concepto talmúdico, aquellos que ya tienen suficiente para vivir, también tienen que trabajar. El trabajo de cada uno sirve al bienestar de la sociedad. Mientras los filósofos griegos y romanos despreciaron el trabajo y también al trabajador, el Talmud dice: «Ama el trabajo y odia la holgazanería; el trabajo da dignidad al hombre», «Todo estudio que no va acompañado de un traba­jo, se torna en improductivo y conduce al error».

 

Hay un tratado en el Talmud (Baba Metzia) que plan­tea en detalle aspectos propios de derecho laboral. Se ordena que el empleador no debe retener los sueldos del trabajador; el trabajador tiene el derecho de ir al campo para recoger trigo o frutas para su propio consumo; no está obligado a iniciar su tra­bajo muy temprano por la mañana, ni terminar demasiado tarde por la noche; si la costumbre del lugar lo exige, debe recibir co­mida y dulces (postre); debe recibir su sueldo según el convenio, sea por hora, día, o semana, cuando termina el trabajo. Hay que pagarle al obrero el trabajo realizado y también todo el tiempo estipulado en el contrato, aún cuando se abandona, por parte del patrón o capataz, la obra iniciada.

 

El no cumplimiento del contrato de parte del empleador permitía el derecho de la huelga al trabajador. Los sabios reconocieron, -como nosotros también lo admitimos hoy día, -que el contrato es una responsabilidad mutua. Si el trabaja­dor decide no seguir trabajando, el costo del reemplazo se des­contaba de su sueldo. Era responsable por la pérdida y por el daño causado en bienes muebles o animales a su cargo, siem­pre y cuando se probara su culpa. La ley y las costumbres judías no definieron, cuánto había que pagar por el trabajo y cuánto se gana por el capital invertido; eso estaba en concordancia con las leyes económicas donde vivían los judíos, de acuerdo al derecho más estricto.

 

La labor, el trabajo siempre ha sido considerado por el judaísmo como algo digno y noble; nadie puede decir, que «soy descendiente de una familia noble y no puedo rebajar mi categoría y trabajar». «Aquél que no enseña a su hijo a trabajar, le enseña a robar», dice el Talmud.

 

Para dar un esquema más lírico, basten dos ejemplos siguientes: Mientras los dioses del Olimpo dieron rienda suelta a sus pasiones y participaron en orgías para satisfacer sus instin­tos, por otro lado, Brahma y Buda vivían en reposo filosófico, el Dios de Israel ha creado el mundo y sigue trabajando siempre por él; y puso al hombre la Tierra, «para trabajarla y para mantenerla» (Gen. 2.15.). Según el Talmud, el hombre debe ser colaborador de Dios en la permanente renovación del mundo.

 

El socialismo, en su concepto original, es una idea moderna de la enseñanza bíblica, o dicho de otra manera el so­cialismo fue anticipado por la Biblia. Las enseñanzas del judaísmo antiguo son universales y válidas para toda la humanidad. El pueblo judío tiene la tarea de dar a conocer y promover la acep­tación de las enseñanzas éticas de la Biblia por todo el mundo. Teóricamente, el socialismo tiene la finalidad de mejorar al mundo, terminar con las diferencias y los conflictos económicos entre las clases sociales y entre los pueblos. No queremos repetir o enu­merar las enseñanzas sociales del judaísmo, o pormenorizar la opinión y la lucha de los profetas con los gobernadores, con los poderosos, con los ricos. Es conocido que ellos siempre estuvieron al lado del pueblo, pero sin incitarlos a realizar actos de violencia.

 

La religión judía es la de los hechos. No tiene impor­tancia, qué sentimos, cómo pensamos, pero sí tiene máxima im­portancia, cómo actuamos. Hay grandes diferencias en los as­pectos teóricos del judaísmo y del socialismo, pero en sus ideales tienden a ser semejantes. Los judíos, al conocer las enseñanzas de la Biblia, participaron, aún inconscientemente, en la divulgación de las ideas del socialismo.

 

Hay otras explicaciones respecto a la participación de los judíos en la divulgación del socialismo. El movimiento del so­cialismo siempre necesitó jóvenes intelectuales y los judíos, por estar descontentos con su suerte y con la suerte de las grandes masas, sintieron la obligación de participar en la divulgación de las enseñanzas del socialismo. También podemos comprender la participación de los judíos en el desarrollo del socialismo, junto con su anhelo y esperanza que por la divulgación del socialismo se acercaría un mundo más justo, más honesto y más fraternal; se acabaría también el permanente antisemitismo y se solucionaría el eterno «problema judío» y los judíos podrían vivir en una sana hermandad con toda la humanidad.

 

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