LA BIBLIA EN LA CULTURA DEL OCCIDENTE

 

Se cuenta que cuando el eminente novelista inglés, Sir Walter Scott, se hallaba en su lecho de muerte, solicitó que fueran a traer, como él dijo simplemente «el libro» y le leyeran algo de él. Los presentes se sintieron perplejos. «El libro». Pero ¿Cuál de todos ellos? Sir Walter poseía una de las más copiosas bibliotecas de su tiempo. «¿Cuál libro?» le preguntaron. El moribundo respondió: «Dije el Libro. No hay más que uno».

 

Walter Scott se refería a la Biblia, el legado más grande y perdurable del genio judío a la humanidad. Un libro que empezó a escribirse hace casi 3000 años, y que a pesar de su antigüedad tan venerable sigue y seguirá siendo, por su mensaje vital, «el libro». Se ha traducido a la mayoría de las lenguas y dialectos -más de 2,000 hasta el presente-, del que han imprimido y siguen imprimiendo mayores tiradas que de todos los otros libros juntos.

 

Bien sabemos que en la formación de la cultura occidental han intervenido dos grandes corrientes principales: una es el pensamiento grecorromano; la otra es la tradición judeo-cristiana. Espiritualmente, el occidente es hijo de Grecia e Israel. Su órbita gira en torno de tres grandes polos: Jerusalén, Atenas y  Roma.

 

De la civilización griega se hereda la mentalidad lógica, sistematizadora de conceptos, cuyo prototipo es el filósofo. De Roma, se considera como herencia principal el sistema administrativo del Estado y el sistema del Derecho, llamado hasta  hoy día el «Derecho Romano». Del judaísmo se heredó la religión monoteísta y ética, la conciencia viva de una relación personal con Dios y con su realidad trascendental con la vida humana a través de la historia. En suma, todo lo que nos transmite la personalidad y los mensajes de los Profetas con respecto a la ética como base de la sociedad humana, capaz de formar un mundo cada vez mejor para todos los seres humanos.

 

Toda esta poderosa influencia está entregada para todos los hombres por medio de un libro: la Biblia que es, a su vez, una pequeña biblioteca. La palabra «Biblia» significa literalmente «libros», es decir un conjunto de obras redactadas en el curso de unos 800 años, por un gran número de escritores de diversas épocas, y cuya antigüedad remonta - al considerar también las fuentes primitivas - a unos 3.000 años.

 

Su extraordinaria conservación y transmisión hasta el invento de la imprenta, durante unos 30 siglos, corriendo los riesgos y azares inherentes al proceso del copiado a mano, es una hazaña única de amoroso cuidado, de reverencia vigilante y de experta dedicación. A ello debemos que su texto haya llegado a los tiempos modernos sin alteraciones sustanciales, como se comprobó por medio de los Rollos del Mar Muerto, de manera que la dinámica de sus mensajes centrales ha ejercido poderosa influencia generación tras generación para el desarrollo espiritual de la humanidad.

 

Su influjo en la cultura occidental es en verdad incalculable, por esa virtud que posee de ser a la vez pasado y actualidad. Es obvia la dificultad, por tanto, de cubrir adecuadamente en un capítulo, ni en un libro completo, lo que abarca. Por otra parte se debe aclarar, desde luego, que no sólo mantenemos, sino que subrayamos nuestra convicción, que toda la Biblia, y no sólo el Antiguo Testamento, es parte de la cultura judía y, como cultura judeo-cristiana, está incorporada a la cultura occidental.

 

Otra advertencia hemos de hacer al comienzo de esta exposición, que por limitación de la extensión de estas páginas nos vemos obligados a examinar someramente la presencia de la Biblia en las manifestaciones más visibles de la cultura occidental: Nos referimos al arte y la literatura. En otros capítulos trataremos la influencia religiosa y ética.

 

Si se trata la pintura occidental, no hay que hurgar mucho para hallar ejemplos de la influencia bíblica. Se puede evocar de inmediato los grandes frescos de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina, con sus impresionantes escenas de la Creación y el Diluvio, y otros episodios del relato bíblico, y sus poderosas interpretaciones pictóricas de los profetas.

 

Se puede, desde luego, recordar a Rembrandt, el holandés inmortal, a quien Visser't Hooft llama con razón «el más bíblico de los pintores». De sus obras, que se calculan en unas 2.200, 70 aguasfuertes, 145 cuadros y 575 dibujos son de temas bíblicos. Se destacan trabajos maestros como «Abraham y los tres ángeles», «Abraham e Isaac en el sacrificio», «Elías en el arroyo de Querit», y «El triunfo de Mardoqueo». Uno de sus temas favoritos era la historia de Abraham, que aparece en treinta y una de sus obras.

 

Rembrandt vivía apreturas económicas casi crónicas. Después de uno de sus desastres financieros, cuando pudo reponerse y salvar algunos florines, lo primero que compra es una Biblia. Y cuando muere en la miseria, al hacerse inventario de sus escasos bienes, el único libro que ha dejado, junto con unas cuantas ropas y algún material de pintura, es una Biblia.

 

Aunque el gran maestro de los grabados, Alberto Durero, no haya sido tan asiduo como Rembrandt en temas de la Biblia, se puede tomar en cuenta obras suyas como el gran díptico de «Adán y Eva», entre sus relativamente escasas pinturas «La caída del hombre». Sus grabados «Caín matando a Abel», «La destrucción de Sodoma y Gomorra», «Abraham e Isaac en camino al sacrificio», «Sansón rasgando al león», «David en penitencia» y «La novia del Cantar de los Cantares»; entre sus grabados y dibujos «Caída del hombre», «Adán» y «Eva» y «La serpiente de bronce», «Sansón y Dalila», «David tocando el arpa»  y «El juicio de Salomón».

 

Espigando casi al azar en la historia del arte, hallaríamos la «Expulsión de Adán y Eva», de Masaccio; «La visita de la Reina de Saba», de Piero della Francesca; «La prueba del fuego del niño Moisés», de Giorgione; la «Madona» de Rafaelo; «María llorando por su hijo», «Jesús con aureola» de Andrea di Sarto, y «La fruta prohibida», de Tiziano, como un pequeño muestrario del Renacimiento italiano, en el cual se produjo un resurgimiento de los temas del paganismo clásico y sin embargo abundó en los bíblicos. Entre las obras de pintores posteriores, mencionemos a Brueghel, a Poussin, y podríamos enumerar a muchos más.

 

La pintura contemporánea ha abandonado en gran parte la búsqueda de la Biblia como fuente de inspiración. Pero basta mencionar al gran artista judío Marc Chagall, con sus cuadros y vitrales de aliento bíblico, para sentirnos más que compensados de ese olvido.

 

 

La presencia de la Biblia en la escultura no es tan extensa como en la pintura y el grabado. Como bien se sabe, es un arte que se originó en el paganismo. Acatando el mandato que prohíbe las imágenes, el judaísmo excluyó la escultura, la cual se halla por tanto ausente de las sinagogas. Floreció sin embargo, de manera especial, con representaciones de episodios de la historia sagrada en las catedrales góticas, que no sin razón se han llamado «Biblias de piedra».

 

Aunque sus constructores acudieron también, en extraño consorcio, a motivos seculares y francamente paganos, al lado de éstos dedicaron de preferencia sus tímpanos (espacios triangulares entre las tres cornisas capiteles, vitrales y relieves de la revestidura de las puertas, a ilustraciones de escenas bíblicas). De esta manera se expone el relato bíblico, gráficamente, a un pueblo en su inmensa mayoría analfabeto y en épocas que precedieron a la invención de la imprenta.

 

¿Cómo olvidar en los dominios de la plástica, y sólo para mencionar los más grandes ejemplos como el joven «David» y el imponente «Moisés» de Miguel Ángel.

 

La historia de la música occidental muestra una gran variedad temática; pero la Biblia no deja de ocupar importante sitio en ella. La liturgia de las sinagogas y las iglesias cristianas ha debido crear desde muy antiguo todo un género musical, en el que sobresale el cántico de los Salmos, tesoro común en las liturgias judaica y cristiana, ya se trate de la católica romana, de la griega ortodoxa, de la protestante.

        

Son clásicos los Salmos cantados por los hugonotes, con arreglos musicales debidos principalmente a Goudimel, uno de los mártires de la Noche de San Bartolomé. Y es cosa bien sabida que el llamado Himno de la Reforma. «Ein feste Burg ist unser Gott» -«Dios es nuestra fortaleza»- con letra y música de Lutero, está inspirado en el Salmo 46, que comienza así:

 

Dios es nuestro amparo y fortaleza,

nuestro pronto auxilio en las tribulaciones.

¡Adonay Zabaot está con nosotros!

¡Nuestro refugio es el Dios de Jacob!

 

Hagamos aquí un paréntesis para evocar uno de los episodios más dramáticos de la persecución emprendida por los nazis en Alemania contra judíos y algunos cristianos. Un sacerdote católico fue condenado al patíbulo en uno de los funestos campos de concentración. La mañana que lo sacaron para ejecutarlo, se dio la orden de mantener a los demás prisioneros encerrados en sus celdas. Pero todos sabían lo que iba a pasar.

 

Cuando, conducido por sus verdugos, el sacerdote atravesaba el patio del campo, sus compañeros de prisión quisieron expresarle su afecto solidario y sustentar de alguna manera su ánimo mientras marchaba hacia la muerte. De pronto, uno de los prisioneros protestantes rompió a cantar: «Eine feste Burg ist unser Gott - Una fortaleza es nuestro Dios». De inmediato se le unieron los demás, también católicos y judíos. El Salmo 46, en el arreglo de Lutero, fue la emotiva despedida al que iba a morir. Y de paso, un desafío al diabólico poderío del nazismo.

 

En la Edad Media, los trovadores provenzales, con quienes se originó una especie de orden de caballeros andantes de la música, extendida bien pronto a otras regiones de Europa, incluían en su repertorio, al lado de sus cantos de amor y caballerías y sus historias de santos, los relatos bíblicos. Y con ellos iban de aldea en aldea, de castillo en castillo, de feria a feria y de torneo en torneo, dando a conocer a su modo, entre el pueblo y la nobleza, partes del Libro Inmortal.

 

Y cuando surge la música moderna, nos hallamos ya en el siglo XVII, por ejemplo, las «Sonatas bíblicas» de Johann Kuhnau y los «Salmos», obra para coros y orquesta de Heinrich Schütz. En el siglo XVIII aparece el gigante de los oratorios, Jorge Federico Haendel, prácticamente el creador del género, con sus grandes obras de temas bíblicos: «Israel en Egipto», «Josué», «Jefté», «Sansón», «Saúl» y «Salomón».

 

En Juan Sebastián Bach, la inspiración bíblica de sus oratorios y corales es rebosante. Y en la misma corriente de los oratorios aparecen obras como «La Creación», que algunos críticos consideran la coronación del genio musical de Haydn, y el majestuoso «Elias» de Mendelssohn. Cuando el gusto se impone por la ópera, el oratorio decae; sin embargo, al empezar el tercer decenio de nuestro siglo, el suizo Honegger intenta su resurgimiento produciendo «El rey David», considerado por el crítico E. Hamel como una de las obras musicales más inspiradas de la actualidad.

 

No prosperó la idea de trasladar el tema bíblico a la ópera. Sin embargo, a principios del siglo pasado lo intentaron Gluck, con su obra «José y sus hermanos», y su discípulo Etienne Méhul, con otra ópera del mismo tema, llamada simplemente «José».

 

También campea la inspiración bíblica en el género de los «Réquiems», de los cuales los más notables son quizá los de Mozart, Brahms, Verdi y Berlioz.

 

Como ha pasado con la pintura, los temas bíblicos sólo aparecen en la música de nuestros tiempos muy esporádicamente. Pero podrían citarse las «Canciones bíblicas» de Dvorak, el «Psalmus Hungaricus», gran coral de Zoltan Kodály, el «Salmo 22», de Ernst Bloch, y sobre todo la «Sinfonía de los Salmos» de Igor Stravinsky en la cual, según el crítico Hamel, «el famoso compositor ruso alcanza las regiones elevadas de lo mágico».

 

Desde la época de los trovadores no habíamos vuelto a percibir la presencia de la Biblia en la música y en el canto popular hasta que, en la era contemporánea, brotan del dolor y de la fe de un sector humano oprimido y postergado los «Negro Spirituals», cánticos espirituales, de los negros. Uno de los más delicados, por ejemplo, es el que comienza «Swing low, sweet chariot» (Desciende muy bajo, dulce carro), inspirado en el episodio del profeta Elías que sube al cielo en un carro de fuego.

 

Si de la música pasamos a la literatura, encontramos que la influencia de la Biblia es realmente incalculable. Y es que la Biblia misma como literatura es uno de los grandes monumentos de la humanidad. En ella se recogen algunos poemas primitivos, verdaderas joyas de la antigüedad poética más remota, como el «Cántico de Lamec», (Gen. 4.23,24.), el «Cantar del Pozo» (Num.21.17,18.) y el «Cantar del Sol y la Luna» (Jos.lO.12b.13.).

 

Hay en ella, además, numerosos poemas épicos, líricos y didácticos. Bastaría mencionar, como simples muestras, las «Bendiciones de Isaac» y las»Bendiciones de Jacob» (ambas en el Génesis); el «Canto de Moisés por la Liberación», después de la destrucción del poderío egipcio en el Mar de los Juncos; las «Profecías de Balaam», la «Despedida» y la «Bendición de Moisés», el «Cántico de Débora», la «Cántico de Hanna», la «Elegía» de David por la muerte de Saúl y Jonatán, el «Salmo de Jonás», el «Salmo de Ezequías», la «Oración de Habacuc», y otros más.

 

Libros enteros de la Biblia son poesías: Job, con excepción del prólogo; los Salmos, los Proverbios, las Lamentaciones y el insuperable Cantar de los Cantares. También lo es en gran parte el Eclesiastés. Y cuando se llega a los profetas, se ve que el arrebato de su inspiración religiosa los eleva naturalmente a los ámbitos de la poesía.

 

Cuando se estudia aunque sea someramente la forma de la poesía hebrea, se advierte cuan espontáneamente se acerca a lo que podría llamarse la poesía pura, es decir, cuando la poesía radica principalmente en el contenido y no en la forma. Porque la poesía hebrea bíblica y postbíblica no depende formalmente del recurso de la medida silábica, de la cantidad prosódica o de la rima. Recursos que, aunque susceptibles de belleza si se manejan sabiamente, vienen a ser, en fin de cuentas, una especie de apoyo de la poesía, pero no la poesía misma.

 

Por el contrario, la poesía hebrea depende casi exclusivamente de la inspiración. Es así como el profeta, por ejemplo, rompe a hablar en poesía cuando el calor de su mensaje lo proyecta por sí mismo a las cumbres poéticas, y no porque se proponga hacer literatura. En cuanto a su forma, la poesía hebrea se caracteriza por un solo recurso retórico: el llamado paralelismo, especie de eco, sea por reiteración, contraste o ampliación, de un pensamiento que se ha expresado en primer término.

 

La poesía bíblica hebrea, en su expresión formal, es ritmo y música. No es el número de sílabas sino la distribución de los acentos lo que le da su ritmo y constituye lo que llamaríamos «verso». En su mayor parte, la forma estrófica es de simples dísticos, mediante los cuales se da a la forma poética una especie de contrapunto. Rara vez se encuentran asonancias o consonancias, que parecen más bien accidentales que intencionadas, porque la consonancia que se busca es ideológica, de contenido, y no precisamente de forma.

 

De esta manera, en su expresión formal, la poesía hebrea se acerca a lo que en la poética de lengua castellana denominamos verso libre o verso blanco, sin metro ni rima, pero eso sí, con ritmo y cadencia semejantes a los de la música. Por esa peculiaridad, la poesía hebrea concede a la inspiración una libertad extraordinaria de movimiento y expresión. El poeta bíblico no se distrae buscando rimas o contando sílabas. Y aunque el hebreo tiene también vocales largas y cortas, su poesía no depende, a diferencia de la poesía clásica griega y romana, de la combinación estudiada de unas y otras.

 

Es interesante que durante mucho tiempo los lectores de la Biblia no parecieron percatarse de la calidad poética de su contenido. Es decir, no la apreciaron desde el punto de vista literario. En la antigüedad, apenas si San Agustín, Casiodoro, San Isidoro y Beda tuvieron atisbos del valor literario de la Biblia. Pesaban demasiado entonces los brillantes modelos de la poesía griega y latina. Y juzgada con las normas de ésta, la poesía bíblica parecía -solamente parecía- de una primitividad más o menos tosca.

 

Los trabajos de un judío prominente del medioevo, Moisés ibn Ezra, demostraron ya inicialmente que la Biblia es una gran obra también desde el punto de vista literario. Pero debemos principalmente al obispo anglicano R. Lowth el haber establecido con más énfasis el valor literario de la Biblia, en su famosa obra «De sacra poesía Hebraeorum» (Sobre la poesía sagrada de los hebreos), reforzada años más tarde con su «Preliminary dissertation to Isaiah» (Disertación preliminar a Isaías), ya en el siglo XVIII.

 

Desde entonces se han multiplicado los estudios de modo que la bibliografía actual es ya cuantiosa. A la antigua «Poética hebraica» de Ibn Ezra y a los escritos de Lowth, se han añadido numerosos trabajos de eruditos de diversas naciones y lenguas. En castellano figuran con prominencia los de Arce, Maeso, Bover, Diez Macho, Ansejo y más recientemente, del P. Luis Alonso Schoekel con sus eruditos y casi exhaustivos «Estudios de poética hebrea».

 

Juan Ruskin, el eminente crítico literario inglés decía que por haber aprendido de memoria en su niñez el «El Epinicio de Débora», le había logrado el gusto por la literatura. Y el poeta, ensayista e historiador de la misma nacionalidad, Tomas Macaulay declaraba que fue ese mismo cántico de la Biblia el que lo había inspirado a escribir su célebre poema «Horacio en el puente».

 

«No hay cánticos comparables a los cánticos de Sion ni discursos iguales a los de los profetas»; así escribió Juan Milton, el príncipe de los poetas ingleses. E inspirado por la Biblia dio al mundo monumentos literarios de la talla del «Sansón agonizante» y sobre todo el incomparable «Paraíso perdido».

 

Otro gran poeta, Goethe, declaraba: «Es mi creencia en la Biblia, fruto de una profunda meditación filosófica y teológica por demás variada, y por el influjo directo de la poesía latina clásica tácitamente confesado, el que me lleva a hacer figurar como guía en el viaje por otros mundos al poeta Virgilio. Con todo esto, interviene también la influencia de la Biblia. «Es evidente que recurrió a libros sagrados», comenta al respecto el doctor A. Millares Cario en su «Historia universal de la literatura».

 

Cuando llegamos a la literatura castellana, la presencia de la Biblia es más notoria y extendida. Comencemos por el propio Cervantes. Su obra capital, «El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha» tiene frecuentes alusiones y aun citas textuales bíblicas. Ya en el mismo prólogo menciona la «Divina Escritura» y alude al «gigante Golfas» en aquellos supuestos y sabrosos consejos que recibe de un supuesto amigo: «El gigante Golfas o Goliat fue un filisteo a quien el pastor David mató de una gran pedrada en el valle de Terebinto, según se cuenta en el Libro de I. Samuel, en el capítulo 17, que vos halláredes que se escribe».

 

Detestando, como se sabe, los libros de caballerías en que las gentes de su tiempo saciaban su sed de aventuras, pone en labios del canónigo de Toledo, en el episodio de la carreta, estas palabras en que contrapone la lectura de la Biblia a la de aquella literatura: «Y si todavía, llevado de su natura! inclinación, quisiere leer libros de hazañas y de caballerías, lea en la Sacra Escritura el de los Jueces, que allí hallará verdades grandiosas y hechos tan verdaderos como valientes».

 

Un estudioso español, Juan Antonio Monroy, publicando con el título de «La Biblia en el Quijote», un inventario comentado de los lugares en que Cervantes alude a pasajes  bíblicos o los cita directamente. Pero, como hace notar el propio Monroy, la profunda huella bíblica se halla también, aunque quizá no con tal profusión como en el «Quijote», en las obras cervantinas en general.

 

Vaya, a manera de muestra, este pasaje de su comedia «El rufián dichoso», en que uno de los personajes, Lugo, exclama en los finales del primer acto:

 

Salmos de David benditos,

cuyos misterios son tantos

que sobreexceden a cuantos

renglones tenéis escritos;

vuestros conceptos me animen

que he advertido veces tantas,

a que yo ponga mis plantas

donde el alma no lastimen;

no en los montes salteando

con mal cristiano decoro,

sino en los claustros y el coro

desnudas, y yo rezando.

 

¡Ea, demonios: por mil modos

a todos os desafío, que en mi Dios bueno confío

que os he de vencer a todos!

 

En cuanto a la poesía castellana en general, hallamos desde luego el hilo de los siglos medievales cuando la lengua está en sus albores formativos, el aporte, aunque todavía escriben en árabe o más raramente en su propio hebreo, de los grandes poetas sefarditas, movidos por la inspiración bíblica.

 

Cuando el maestro Gonzalo de Berceo allá por el siglo XIII, yendo de romería, cae en delicioso prado, recuerda de inmediato el paraíso del Génesis, y en su encantador e ingenuo estilo comenta:

 

El fructo de los árboles era dulce sabrido,

si don Adán hobiese de tal fructo comido,

de tal mala manera non serie recibido,

nin tomaríen tal daño Eva ni so marido.

 

Y cómo olvidar al gran rabí Sem Tob, el primer judío que escribe en castellano. Sus famosos «Proverbios morales», que tienen como fuente el Talmud y vicebrón, ofrecen esencias bíblicas muy marcadas, especialmente, por supuesto del Libro de los Proverbios, con reminiscencias aquí y allá de Job y el Eclesiastés:

 

Uno vi con locura alcanzar

gran prouecho,

otros por su cordura

perder todo su fecho.

Tomar del mal lo menos

y lo más tomar del bien,

a malos y a buenos

a todos les conouien.

 

Más no nos detengamos, por ejemplo, en ciertos cantares y alguna «Oración» de Pedro López de Ayala, de neto sabor de los Salmos, ni en los «Proverbios» del Marqués de Santillana, eco de su antecesor bíblico, cuando podemos ir directamente al Siglo de Oro, y sobre todo a las figuras resplan­decientes de Fray Luis de León, Fray Luís de Granada, Santa Teresa y San Juan de la Cruz. Recordamos las bellas traducciones que el primero hizo de Job y del Cantar de los Cantares. Y por diferentes razones, pero también por este último libro, la Inquisición le formó proceso y lo tuvo cinco años en sus calabozos; haber puesto en lengua vernácula un libro bíblico tan delicado, pareció al sombrío tribunal un agravio, quizá contra la moral. Porque el ilustre traductor se vio obligado a insistir que, bajo el ropaje de las figuras y en el contexto de la idiosincrasia orientales, la pureza del libro era indiscutible.

 

Respecto a San Juan de la Cruz, ya se sabe cuánto / y cómo se sirvió de ese mismo libro, el Cantar de los Cantares, para alcanzar las cumbres más sublimes de su mística, en el incomparable «Cántico espiritual». Podría señalarse también que las obras de Santa Teresa revelan de qué dulce manera y en forma asidua frecuentaba la Biblia. Y no hay que dejar de citar a Juan de Valdés, otra gran figura del Siglo de Oro, que produjo una clásica versión del «Salterio» o sea de los Salmos, traducida del hebreo.

 

Apenas en 1969 se celebró el cuarto centenario de la versión bíblica de Casiodoro de Reina, otro de los monumentos de la lengua castellana y producto del mismo Siglo de Oro. Revisada por Cipriano de Valera y publicada así en 1602, esta versión de los dos grandes protestantes españoles mereció, por su valor literario, el encomio de un crítico tan exigente y tan predispuesto contra el protestantismo como don Marcelino Menéndez y Pelayo.

 

Es menos notable en la literatura castellana de siglos posteriores, aunque no ha estado del todo ausente, la influencia de la Biblia.

 

No podemos extender la indagación al vasto campo de la literatura iberoamericana, donde ciertamente, igual que en la España posterior al Siglo de Oro, el acceso a la Biblia se vio grandemente restringido por el temor de la heterodoxia. Y faltando el trato asiduo con ella, esa situación se reflejó en el descenso de las influencias bíblicas en el campo de las letras. No obstante, el poeta colombiano Aristómeno Porras, que firma con el seudónimo de Luís D. Salem, conduce desde hace años una indagación personal de la presencia de la Biblia en la literatura latinoamericana. Ha logrado hallazgos que ha comenzó a publicar en una serie de fascículos bajo el título general de «La Biblia y la Lira».

 

La mexicana Sor Juana también escribió poesías de alto sentido bíblico, entre ellas, por lo menos una que se inspira, al modo del «Cántico espiritual» de San Juan de la Cruz, en el Cantar de los Cantares. Se traía de la composición llamada «Cúbrese el monte y sale la naturaleza humana». En otro poema, «Estancias», emplea la figura del Buen Pastor, que es común a la Biblia hebraica y al Nuevo Testamento. La misma figura emplea Amado Nepyo en su pequeño y conmovedor poema intitulado así: «Pastor...»

 

Hacemos un salto y mencionarnos algunos hitos de la presencia de la Biblia en la lira hispanoamericana actual: Gabriela Mistral (Chile), Andrés Eloy Blanco (Venezuela), Leopoldo Marechal (Argentina), Ernesto Cardenal (Nicaragua), Armando Uribe (Chile). Mercedes Marín (Chile), Rubén Darío (Nicaragua), José Joaquín Pesado (México), Concha Urquiza (México), Jesús Díaz de León (México), León Felipe (México).

 

Como ejemplo de la influencia de la Biblia en la poesía latinoamericana, la madre Margarita Murillo González, en su libro «León Felipe y su sentido religioso de su poesía» dice lo siguiente: «León Felipe se ha acercado a la Biblia, y tanto, que ha identificado su vida con varios personajes bíblicos, dos fundamentalmente: Job y Jonás. León Felipe ha leído mucho la Biblia, pero pocos libros han dejado huellas tan hondas como los de: El Génesis, el Éxodo, Ester, Judith, el libro de los Salmos y el de los Eclesiastés.

 

Dejemos, sin embargo, al propio poeta hablarnos de ésta gran fuente de su inspiración. En su libro «Ganarás la luz», bajo el subtítulo «¿Qué es la Biblia?», nos dice:

 

«Me gusta remojar la palabra divina, amasarla de nuevo, ablandarla con el vaho de mi aliento, humedecer con mi saliva y con mi sangre el polvo seco de los Libros Sagrados y volver a hacer andar los versículos quietos y paralíticos con el ritmo de mi corazón. Me gusta desmoronar esas costras milenarias y la exégesis ortodoxa de los pulpitos, para que las esencias divinas y eternas se muevan otra vez con libertad. Después de todo, digo que estoy otra vez en mi casa. El poeta, al volver a la Biblia, no hace más que regresar a su antigua palabra».

 

La Influencia de la Biblia en la Educación.

 

Baste recordar que la educación moderna, que nació de hecho con la llamada escuela lancasteriana a principios del siglo pasado, le debe mucho a la Biblia, ya que era su principal libro de texto. No fue mera coincidencia, por tanto, que el inglés James Thomson, en los albores de América Latina independiente viajara del norte al sur, introduciendo la nueva escuela, como re­presentante de la Compañía Lancasteriana y de la Sociedad Bíblica Británica y Extranjera, ambas de Londres. Por eso el gran educador argentino Domingo Faustino Sarmiento pudo decir: «La lectura de la Biblia echó los cimientos de la educación popular, que ha cambiado la faz de las naciones que la poseen».

 

También en la formación de las lenguas modernas, las versiones vernáculas de la Biblia tuvieron un papel decisivo. Es particularmente el caso del alemán, el inglés, el italiano, el castellano y el portugués.

 

En el terreno de la filosofía ha de tomarse en cuenta lo que el occidente monoteísta debe al pensamiento hebreo expresado en la Biblia, y del que en este respecto se derivan, además del judaísmo, otras dos grandes religiones, el cristianismo y el islamismo.

 

Es la Biblia, especialmente los grandes profetas hebreos, de donde surge la filosofía de la historia, de la cual son ellos los creadores originales. Y hay otros importantes ingredientes, llamémosles así, de la cultura occidental que, aceptados en mayor o menor grado por ésta, son de procedencia bíblica. Por ejemplo, el concepto del hombre como una unidad, en contraste con el dualismo de origen griego, que contrapone el «alma» al «cuerpo»; la idea del conocimiento como experiencia vital, como vivencia de una relación íntima con la verdad y no como una simple aprehensión intelectual de conceptos; la esencial igualdad de los hombres como creación de un mismo Creador, procedentes de un solo tronco; el imperio de la ley y el derecho; el sentimiento de rectitud y justicia; la prioridad de la comunidad sobre el individuo egocéntrico; el contenido positivo de la paz, no sólo como suspensión de la guerra sino como promoción efectiva de un orden justo de bienestar y prosperidad comunes, concepto contenido en el vocablo hebreo «Shalom», de riquísima connotación sociológica.

 

Pero entrar en estos niveles profundos requeriría una extensión más amplia.

 

Concluiremos este capítulo, a manera de resumen, mediante algunos testimonios importantes sobre la Biblia. Sea el primero el del fecundo escritor español don Pedro González Blanco, que dice: «Por la Biblia el pueblo judío es el de mayor influencia en la historia humana. No existe libro más grande. Dos mil años antes de Platón daba leyes sociales con contenido ético aún vivo, elevándonos a la más alta concepción filosófica monoteísta, impregnándonos de poesía, arrobándonos con sus idilios amorosos, exaltándonos con la glorificación de la amistad. Si los judíos no hubieran creado más que ese libro, profundo y magnífico, el mundo debiera respetarlos, porque en él hallan los hombres, desde hace dos milenios, fuentes inagotables de consuelo».

 

Sea el segundo testimonio de la gran poetisa chilena Gabriela Mistral que dejó escrito en un ejemplar de la Biblia, en 1919 obsequiado a la Biblioteca del Liceo de Niñas número 6, en Santiago. Habiéndoles sobre al Libro, éstas fueron sus palabras: «Nunca me fatigaste como los poemas de los hombres. Siempre me eres fresco, recién conocido, como la hierba de julio, y tu sinceridad es la única en que no hallo cualquier día pliegue, mancha disimulada de mentira. Tu desnudez asusta a los hipócritas y tu pureza es odiosa a los libertinos, y yo te amo todo, desde el nardo de la parábola hasta el adjetivo crudo de los Números».

 

Y el tercero sea de aquel gran profeta secular de nuestro tiempo, don Miguel de Unamuno, que hallando viva la influencia de la Biblia en el «Quijote» de Cervantes, como hemos visto ya, escribió: «Leamos el Quijote, que es el libro español por excelencia, y leamos aún más todavía, que es el Libro de Dios, libro prodigioso que cuando los cielos se replieguen sobre sí mismos, como dijo Donoso Cortés, y la tierra padezca desmayos y el sol recoja su lumbre y se apaguen las estrellas, permanecerá él solo con Dios, porque es su eterna palabra resonando eternamente en las alturas».

 

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