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INTRODUCCIÓN
Antes de escribir sobre la contribución del judaísmo a la cultura occidental, me parece apropiado aclarar con pocas palabras, qué significa «cultura», en general. A través de distintas épocas, distintas personas han pensado algo diferente, al escuchar esta palabra.
Se tratará de determinar el concepto «cultura» de esta forma: La cultura es el total de los valores materiales y espirituales que la humanidad ha producido en el curso de su desarrollo histórico.
El nivel cultural de un pueblo está reflejado, en cómo conoce y comprende las reglas de la naturaleza, las de la sociedad, y qué ha aprendido para aprovechar la cultura. Se puede hablar acerca de una cultura material y una espiritual. La cultura material es el conjunto de la producción misma, de los objetos elaborados por medio de la capacidad de los que trabajan. La cultura espiritual abarca las ciencias, las artes, la filosofía, la ética, el derecho, la religión, la instrucción, la educación pública, etc.
Los nuevos adelantos de la cultura se basaron siempre en los antiguos pero, a veces, aparecen como antagónicos. Las diversas manifestaciones de la cultura están en contacto y tienen efectos recíprocos.
En las sociedades basadas en divisiones de clases sociales, existía una cultura diferente para cada una de estas clases. Es posible que todas sus formas de expresión hayan tenido una base común, pero del conjunto de todas estas bases ha formado la cultura nacional.
Según algunas opiniones el nivel de la cultura está relacionado con la situación económica reinante, otros opinan lo contrario. Algunos dicen que la divulgación y el desarrollo de la cultura dependen sólo de las personas más inteligentes. Otros, al hablar de la cultura, piensan tan sólo en la cultura espiritual, y la material la llaman civilización. Ahora, al escribir acerca de la contribución del judaísmo a la cultura occidental, se tratará de mencionar sólo la contribución espiritual del judaísmo, y no la de personas judías.
Al leer el título del libro y al meditar sobre la historia del judaísmo, se podría pensar que el judaísmo contribuyó a la cultura mundial sólo con su fe, con su religión. Es indiscutible que el mayor aporte del judaísmo, aparte de su participación en la divulgación de la cultura de diferentes pueblos, es su religión y su cultura religiosa, la Biblia y el Talmud, y la cultura judia postalmúdica, pero es necesario subrayar que los judíos contribuyeron a la cultura mundial no tan sólo con eso, sino con su trabajo para incrementar la cultura universal en el curso de toda su historia. Lo hacían durante la época de los sufrimientos, en el curso de sus migraciones; al trasladarse de un país a otro, siempre llevaron consigo la cultura adquirida, para divulgarla entre los pueblos receptores. Un antiguo proverbio dice así: «La espada y los libros eran dados conjuntamente a los hombres; ellos tenían la posibilidad para escoger aquello que les había gustado más». El judaísmo escogió el libro; la fuerza del espíritu les había sustituido cualquier forma del poder.
Después del Exilio Babilónico, aceptaron lo que ha considerado y afirmado el profeta Zacarías: «No con la fuerza ni con el poder, sino por Mi espíritu, dice el Dios de los Ejércitos.» ( Zac. 4,6 )
Se subraya aquí que en el libro no se tratarán las formas de la contribución de judíos, como individuos, a la cultura universal, sino la contribución del judaísmo como concepto religioso y cultural. Se mencionará su contribución espiritual y ética, considerando que el judaísmo mismo ha experimentado muchos cambios en el curso de su historia, absorbiendo la influencia de otras culturas y transmitiendo la suya.
Cultura judía:
Al referirse al concepto de la cultura judía, con frecuencia se piensa en las obras de los grandes escritores, pensadores o creadores de las ideas básicas del judaísmo. Pero si se analiza este concepto más profundamente, la cultura judía no es meramente la creación religiosa, literaria o el pensamiento filosófico. La cultura de un pueblo es la suma de sus valores éticos, el desarrollo de su idioma, el cúmulo de sus costumbres familiares y sociales, su producción artística y sus convicciones religiosas.
Este punto de vista permite pensar que no hay una sola cultura judía, sino hay varias. No se puede comparar la cultura judía que se había desarrollado en Europa con la que se desarrolló paralelamente en el Oriente. Culturalmente hablando, ¿qué tienen en común un judío de Inglaterra, de Polonia, de Rusia con un judío de Marruecos o de Yemen? Hablan diferentes idiomas, sus hábitos y la práctica de sus ritos religiosos son diferentes. Los judíos askenazies han desarrollado una rica literatura en yidish, mientras los sefaradíes lo han hecho en ladino. No tienen muchos puntos en común, con la excepción de los tratados relativos a la religión. ¿Cuál es la cultura judía a la cual hacemos referencia?
Max Scheller, científico alemán, ha publicado un estudio sobre la cultura con el título «El Saber y la Cultura», e intentó definir el concepto de la cultura y explicarlo a sus lectores. Partió de la base que, aunque tengamos una noción clara de lo que es la cultura, es una noción intuitiva. No es fácil volcarla en moldes fijos, porque excede todo molde.
«Cultura» como sustantivo, y «cultivar» como verbo, tienen la misma raíz; la cultura es el fruto de un cultivo permanente e intenso del espíritu, el fruto de este constante arar y sembrar en lo espiritual, sólo es posible en un ámbito de libertad de la mente humana y del intelecto. Libertad, que se adquiere cuando la mente o el intelecto planea y se eleva libremente hasta alcanzar las más altas cumbres del espíritu, y entra en el dominio moral donde se le aclara la diferencia entre el bien y el mal. La libertad necesaria no se adquiere por el conocimiento técnico, sino por el dominio moral. La cultura se adquiere, sin duda, por la vía del saber, es decir, por el estudio de los problemas de la vida y su finalidad, de manera que el hombre no esté al servicio de la vida, sino la vida esté al servicio del hombre.
Los maestros judíos enseñan que el hombre ha sido creado por Dios para ayudarle en la obra de la creación y la misión del hombre es, lograr la perfección o acercarse a ella en la forma más extensa en este mundo terrenal.
Parece que un germen de lo que encierra la idea de cultura está dado en estas preguntas del profeta Miqueas: ¿Qué te he hecho? Te saqué de Egipto, te liberé de la esclavitud. ¿Acaso no te he dicho qué es el bien, qué es la virtud, qué es lo que Dios pide de ti? ¿No es, acaso, el hacer justicia, amar el bien y andar con humildad y sin arrogancia?» ( Miqueas 6,4).
El sabio no es siempre un hombre culto. Para serlo, el hombre debe asimilar el saber, convertirlo en plasma sanguíneo de su espíritu, asimilarlo hasta transformarlo en algo orgánico de su ser, de modo que sirva como luz interior para orientar y encauzar la vida humana hacia un equilibrio moral.
El hombre culto es el auxiliar de Dios en Su obra de creación. El hombre culto es aquél, que tiene una serie de normas de conducta y logra que éstas se conjuguen en potencias concurrentes de una dinámica de perfección individual y social. La cultura es la fuerza espiritual, que humaniza al hombre, llevándolo por los senderos de la evolución con actos racionales. Las prohibiciones del Decálogo son los frenos, que el hombre culto emplea para sobreponerse a las bestias que viven en él.
Si se admite esta premisa, la cultura judía estará dada por los valores espirituales que el pueblo judío ha cultivado para contribuir a un mayor perfeccionamiento del individuo; es decir que todas las fuerzas espirituales concurrentes dentro de su ser lo llevarán a la realización del anhelo mesiánico: el establecimiento del Reino de Dios aquí, en la Tierra.
Claro que la definición de «cultura» sigue incompleta. Resultará igualmente difícil explicar lo que se entiende por amor, por el bien, por el ideal. En el idioma académico, los llaman conceptos «a priori». Los manejan con la familiaridad del niño que se vale de intuiciones. De ahí que cuando se pretende encuadrarlas en una definición, se tropezará con dificultades.
Un pueblo culto es aquél que ha llegado no sólo a un desarrollo técnico y científico, sino que ha logrado una elevación moral en su condición humana. Todos estos esfuerzos se concentran, por así decirlo, en una ley moral. En conclusión, la doctrina judía, enraizada en el pueblo judío, afirma que lo que debe prevalecer por encima de los otros valores que pueda crear el hombre, es la conducta moral, la ética. Porque la conducta moral será algo como el reverso de una medalla, cuyo anverso es la perfección.
La ley moral y la cultura de un hombre o de una sociedad no pueden darse sino en condiciones de libertad, de libertad del espíritu. Libertad, que implica fundamentalmente democracia; sin ella no existe libertad y el espíritu se marchita. No puede ser impuesta por un poder coercitivo, ni ordenada, sino solo aconsejada.
Cuando el texto bíblico dice: «Yo te he ofrecido la vida y el bien, la muerte y el mal. Escoge la vida, no para ser su esclavo porque entonces no hay libertad, sino para ejercer el dominio sobre la vida. Esto es lo que nos diferencia de las bestias. El animal no tiene una idea de la libertad; tendrá quizás un instinto de libertad determinante de sus impulsos volitivos. El hombre, en cambio, tiene conciencia de la libertad y posee el don de discernimiento, por eso la Biblia aconseja: «Haz lo que más conviene para la vida».
Según la tradición judía, adquirir cultura requiere un esfuerzo que el hombre debe realizar al escalar con su espíritu permanentemente hacia las alturas. El objetivo es exaltar los valores espirituales del hombre, más que los valores de la técnica y la ciencia.
Moisés, los profetas y los maestros posteriores durante los últimos dos mil años han dejado a través de los tiempos un testimonio, una enseñanza, un legado que los judíos han recogido y asimilado a su cultura, aceptando la sugerencia del Talmud: «Haz de tu casa un centro de reunión para los hombres sabios».
Una vez más quisiera subrayar que mi definición no es completa, quizás sea sólo un aspecto parcial de lo que se define por cultura judía. Al pensar en la cultura helénica o en la cultura china, vemos que el concepto de cultura se funde con el de la civilización. No son meramente preceptos éticos los que forman dichas culturas, es la suma de estos valores éticos, costumbres y hábitos que conforman un modo de vida y una actitud total frente a la vida. Por eso existe virtualmente la duda, que al hablar de cultura judía, un judío educado en Marruecos y un judío educado en Varsovia, ¿Están pensando de la misma manera? Sin embargo, no podemos olvidar que la base sigue siendo la ley moral, su manifestación práctica y la ética, la que a su vez, influye sobre la técnica y la vida diaria en general. La ética debe determinar la forma de convivencia de una sociedad, lo que llamamos tradición. Si la ética determina las tradiciones, éstas últimas determinan los hábitos cotidianos que alcanzan hasta las formas de vestir.
A pesar de las diferencias marcadas y visibles entre los judíos orientales y los de Europa Occidental, hay muchos puntos de coincidencia en la búsqueda de los valores espirituales por encima de todo. Las manifestaciones externas de la cultura judía son diferentes, pero el objetivo, la meta es igual para todos.
El último y más importante concepto es el énfasis hacia el carácter religioso de la cultura judía. El judaísmo tiene muchos aspectos, pero lo primordial es la religión. El reconocimiento de Dios en la creación y el desenvolvimiento del mundo y la aspiración a la perfección ética son las bases de la cultura judía, y éstas son las contribuciones más grandes del judaísmo a la civilización occidental. Las dos son, en realidad, una sola. Puede ser que otras civilizaciones puedan sobrevivir sin religión, pero el judaísmo, no. Nuestra historia, nuestra legislación, nuestras tradiciones y costumbres, nuestra literatura, música y arte se hallan íntimamente ligados a los ideales éticos y religiosos del judaísmo.
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