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LOS PROFETAS Y SU ACTUACIÓN
La mejor manifestación de la vida espiritual del pueblo judío, afianzado en Canaán, era el profetismo.
En su desarrollo diferenciamos tres épocas.
El único representante de la primera época es Moisés, el preceptor del pueblo, quién dio la orientación para el desarrollo religioso y socio-económico al pueblo judío.
A la segunda pertenecen aquellos, quienes no dejaron sus enseñanzas por escrito, sino que las transmitieron como parte de la tradición, después de la actuación de Moisés, como por ejemplo Samuel, Natán, Gad, Ajia, profetas, quienes vivían en la corte real, participaron en la vida política en pro de la defensa y la divulgación de la ética, como única seguridad para mantener el Estado y la unidad del pueblo. Elías (Eliyahu) y Elisha, los fanáticos del monoteísmo, son héroes populares en la tradición nacional.
El verdadero profetismo se forma a partir del siglo IX a.C. (tercera época). Sus enseñanzas están incorporadas en la Biblia. Los profetas son los mensajeros y portavoces del Dios de Israel, enviados a proclamar el mensaje de Dios en un momento preciso, histórico y determinado. El primer profeta escritor en la Biblia era Amos, y el último Malaquías. Había 15 profetas (los cristianos agregan dos más, Daniel y Job). Ejercieron una influencia decisiva, primero en la religión judía, y luego en la cristiana.
Muy pocas veces les prestaron los destinatarios del mensaje la debida atención, e incluso si las palabras del profeta les hayan resultado demasiado molestas, trataron de hacerlo callar, o a veces intentaron desacreditarlo.
Para comunicar la palabra de Dios, los profetas emplearon distintos géneros literarios. Es interesante notar, que muchos han considerado a Jesús como un profeta judío.
A. J. Heschel escribe: Los profetas fueron las personas más perturbadoras que jamás hayan existido. Eran hombres cuya inspiración dio origen a la segunda parte de la Biblia. Hombres, cuya imagen es nuestro refugio ante la angustia, y cuya voz y visión sustentan nuestra fe. El profeta no es sólo profeta, sino también poeta, predicador, estadista, crítico social, moralista.
La profecía no es simplemente la aplicación de normas eternas frente a la situación particular humana, sino más bien subraya la importancia de un momento especial en la historia, el entendimiento divino de la situación humana. La profecía, entonces, puede definirse como la exégesis de la existencia, desde una perspectiva divina.
La actuación de los profetas, considerándola desde un punto de vista histórico, es tridimensional:
1) Reconstruyen y reinterpretan la historia judía, según su definición, llegan hasta la conciencia del pueblo, y parten hacia perspectivas más amplias.
2) Crean el monoteísmo ético y hacen la religión judía más espiritual. Borran los restos del politeísmo, luchan contra las eventuales intenciones hacia ésta dirección.
3) Transforman el judaísmo nacional en universal.
Samuel es el primer profeta, después de Moisés. Fue el fundador espiritual del primer reinado judío, sin embargo, la tradición pone en su boca la primera amonestación que ataca la institución del reinado, que todavía no se había formado. Previene al pueblo de sus eventuales peligros y daños. Todavía no se ha afirmado la vida política del pueblo judío, y ya se levantó la voz de la conciencia y de la protesta contra las injusticias de la vida dentro del nuevo sistema estatal, como también contra la influencia de las autoridades foráneas y contra el sistema político interno.
Después de Samuel vendrá la larga fila de los descontentos, de los desagradados, de los indignados, exasperados, los fustigadores y los correctores, desde Natán hasta los cuatro grandes: Isaías, Jeremías, Ezequiel, el Anónimo Babilónico, y después los Profetas Menores y más tarde, hasta Jesús, hombres que nunca adularon a nadie. Tenían coraje de decir al rey (Elías a Ajab), que es él el corruptor del Estado, y que el Reinado es el alejamiento de Dios (Hoshea). Sus amonestaciones serán botadas al fuego, algunos serán considerados y tratados como traidores. Profetas que desprecian abiertamente los pactos realizados con los aliados de su Patria (como Isaías a Egipto), o quienes proclaman frente al rey, que el pueblo debe servir al rey de Babilonia y no Egipto (Jeremías); o como el Anónimo Babilónico, quien tiene el coraje de decir, que todos los estados y naciones son como una gota de agua, como el polvo o como la brizna frente a Dios, porque sólo la Palabra de Dios es inmutable y permanente, y que hay que cumplirlas entre todas las circunstancias en la vida pública y privada.
Los Profetas anunciaron y difundieron la unidad y la unicidad de Dios: que El es el Dios Universal y todos los pueblos vendrán a adorarlo - (Zacarías). Los genios, como Jesús, reconocen que Su reino no es terrenal, y otros más luchan por la realización del Reino de Dios en la Tierra. Casi todos proclaman la prioridad de servir a Dios frente a los intereses de la autoridad, de las organizaciones políticas. Vendrán otros, que considerarán las ceremonias litúrgicas sin valor, si son vacías y sin sentimiento. Otros atacarán la existencia política y nacional del judaísmo, proponiendo el fortalecimiento de la divulgación de la ética al servicio del hombre y de la humanidad. Estarán en contra de todas las guerras, aunque sean en legítima defensa.
La fe en la elección del pueblo judío ya florece ante la actuación de los profetas, pero será rebatida y superada, o mejor dicho, se transformará en la conciencia de una misión más fina, más espiritual. La única tarea y vocación del pueblo judío es, servir a Dios y darlo a conocer, a El y sus exigencias éticas, a toda la humanidad. Si el pueblo judío cumple fielmente esta tarea, tiene el derecho de vivir y sobrevivir. El poder de la idea y del pensamiento es natural, sin límites, pero el poder de los grupos humanos es finito y lleno de violencia e injusticia.
Jeremías llora y se lamenta por la pérdida de Judea y de Jerusalén. Le duele la herida, porque significa la destrucción de su Estado, pero como se practicó la idolatría, se cometieron grandes pecados, con mentira e injusticia, ya no le gustó al profeta, ya no lo quería. Sión debería convertirse en el Centro Espiritual de toda la humanidad y no sólo para los judíos. Viva la nación si la justicia vive en ella, pero piérdase, si la justicia lo así exija. Dios es más que la nación. ¿Qué significa la nación, aunque sea todavía la nuestra? Dios es más importante que la nación, más que el judaísmo. Dios vivirá en la conciencia colectiva de toda la humanidad.
No olvidemos que este discernimiento nació en la conciencia de una pequeña nación, que vivía rodeada por enemigos.
Así dará el espíritu judío, a base de las enseñanzas de los profetas, el paso decisivo que lo llevará, partiendo de la religión nacional, a transformarse en una religión universal.
Por esta transformación tuvo que pagar un alto precio. Poco a poco, el judaísmo renunció de su carácter encerrado, y las luchas posteriores de los profetas causarán las tensiones entre lo existencial o real e ideal de la nación judía. La mayoría de los profetas abandonaron la idea nacional, para volcarse hacia lo universal. Jonás predicó a los paganos. El drama de Job se realizó en el ámbito humano, pues sus inquietudes son universales. Esta extensión exigió su precio: ¿se podía mantener el Estado con los principios de Isaías, Zacarías, del Anónimo Babilónico o de Jesús? En lo que se refiere a una parte de los principios religiosos, más tarde se consideró que algunos tienen relativamente poca importancia, como los sacrificios, el ayuno y el ritual en general. Al mismo tiempo se dijo que la guerra, la opresión, la injusticia, están contra la voluntad divina, e insistieron en la máxima importancia del amor, de la humildad, del corazón puro y de las manos limpias, en la libertad y en el servicio del corazón, que se manifiesta en el servicio prestado a las criaturas de Dios. La legislación mosaica y separatista, que en principio ha intentado la separación, fue debilitada por la enseñanza de los profetas, que intentó disolver la separación, dentro de una humanidad que camina hacia la Redención. Primero tuvo que formar una nación, que descubre la idea, la transmite y la divulga, y luego deja de tratarla como sólo un concepto nacional y se la incorpora en lo universal.
Los profetas fueron la conciencia viva en el organismo judío, y la actuación de los más grandes era la conciencia inexorable, aún hasta el suicidio. Su voz se hace cada vez más fuerte, hasta la disolución del Estado. El ideal profético, el ideal ético y el ideal nacional surgieron de la misma raíz popular, pero se separaron cada vez más, hasta que se transformaron en opuestos.
Al investigar la historia de la actuación de los profetas, y junto con ella, la historia política, nos damos cuenta que el judaísmo, aunque haya anulado la mantención de un ideal nacional en pro de la proclamación del ideal moral universal y por la disolución de las formas y barreras, él mismo disolvió su Estado, porque había considerado al Estado como una limitación humana, una organización forzosa, opuesta a la voluntad divina y humana.
Las consecuencias bien interpretadas de la conciencia humana, hasta casi el suicidio político, pueden tocar a cualquier nación o a toda la humanidad, hasta sus raíces. Para el pueblo judío significó vivir sin patria, disperso en todo el mundo, entre las otras naciones y pueblos. Por un lado, era casi un suicidio, por otro, aseguró la sobrevivencia y la inmortalidad, incluso la voluntad y el poder de renacer de sus cenizas, varias veces.
La aparición de los profetas y su actuación marcó el comienzo de la influencia del judaísmo sobre el mundo pagano. La valla del paganismo ha sido quebrada, e camino ya se abrió y algunos siglos más tarde, el cristianismo retomó y amplió el camino.
No pretendemos hacer aquí un estudio completo de los profetas, ni de la profecía, sino apenas señalar algunos aspectos, trazar algunas tareas generales y esbozar o sugerir otras.
La profecía no tiene sus raíces en la predicción o en el oráculo primitivo. El vidente, que era el precursor del profeta, también leyó o interpretó signes y sonidos. Lo llamaron «vidente», porque tenía visiones, pero no porque podía prever el futuro.
Roberto Gordis dice al respecto: «En la Biblia no se encuentra ese tipo de funcionario, salvo en algunas referencias dispersas del primer periodo de los Jueces y de la monarquía. Esto se debe a dos factores: En primer lugar, la Biblia fue escrita desde la posición incomparablemente ventajosa de los grandes profetas, que despreciaron a esos bajos practicantes de artes dudosas. En segundo lugar, durante el período bíblico este funcionario ya había evolucionado hacia un tipo superior, al «adivino - navi» o profeta. Otros nombres, con los que se conocía al profeta, eran: «Roe o Jozé - vidente», o «ish haelohim – el hombre de Dios».
La etimología de la palabra «navi» es incierta-. Algunas autoridades la hacen derivar de una raíz que significa «murmurar» y otra de «enunciar». Probablemente ambas interpretaciones son correctas y reflejan diferentes etapas del desarrollo de la profecía, que comenzó como una expresión hipnótica y llegó a ser el anuncio respetado de la voluntad de Dios.
Su misión era pública y social. Vino como un ««mensaje», que podía ser una advertencia, una amonestación o la exigencia de una acción. El profeta fue un tribuno valiente y temible, no sólo porque estaba hablando en nombre de Dios, sino porque interpretó al Dios verdadero, puro, original, que nunca ha entrado en compromisos, que ha venido del desierto, donde se formó la singularidad hebrea. Interpretó la «memoria nacional» y habló en su nombre, evocando los tiempos idílicos de una justicia e igualdad absolutas, de una igualdad entre seres libres, que el genio nacional se resistía a olvidar. El profeta era signo y símbolo de una obligación histórica contraída, y dado que dependía de una inspiración exclusivamente individual -ya que el profetismo no era hereditario-, plasmó la fisonomía del Estado Judío en la antigüedad como resultante del equilibrio entre la coerción de los poderosos (reyes, jefes, sacerdotes) y la presión profética en contra.
No obstante a los factores prehistóricos mencionados, el período de la esclavitud en Egipto, la época nómada en el desierto y la antigua herencia semítica de una democracia primitiva, no podían bastar para formar los rasgos fundamentales del pensamiento profético. También otros pueblos tuvieron «bajos orígenes», pero la mayor parte de ellos prefirieron olvidar su pasado, «rectificarlo» o deformarlo. De esta manera, cuando desapareció el nomadismo, también la democracia original - aún primitiva- quedó totalmente olvidada.
Los profetas impidieron que el mismo proceso ocurriera en el pueblo judío. Su papel no se limitó a su actividad propia y a sus escritos. Su influencia orientó a los historiadores bíblicos, para que narrasen el pasado nacional desde el punto de vista profético. También afectó profundamente los escritos legales, que gobernaban la sociedad judía. A través de la historia, el derecho y la exhortación, los profetas judíos imposibilitaron a sus compatriotas que olvidaran, que habían sido esclavos y pastores. La historia debía seguir los mismos surcos de las etapas prehistóricas, para señalar de este modo su derrotero "definitivo al Pueblo de Israel. Los profetas utilizaron la esclavitud de Egipto y el Éxodo para inspirar el corazón de los individuos con sentimientos humanitarios. Siendo contemporáneos de una cultura adelantada y a menudo corrupta, hicieron recordar las simples leyes de la justicia, de la libertad y de la igualdad, que regían la vida de sus antepasados nómades. Declararon que esos días habían sido los más gloriosos del pueblo judío (Jeremías 1, 2.).
Ante una civilización estéril y moralmente corrupta, no faltaron en el judaísmo antiguo defensores nostálgicos del pasado. Ellos formaron grupos y clanes, como por ejemplo los «rejabitas», que aspiraron a la salvación a través del arrepentimiento y el aislamiento. Los profetas, si bien coincidían con esos grupos, al considerar al período nómade como una tradición gloriosa, no fueron, como los rejabitas, sólo románticos ineficaces. Por el contrario, fueron genios creadores y realistas, que sabían utilizar el pasado, para satisfacer las necesidades vitales del presente y del futuro.
Una parte del pasado estaba muerta, más allá de toda esperanza de resurrección. Otra parte podía conservarse; otra requería ser ampliada y profundizada, mientras otros aspectos fueron completamente inoportunos. Los profetas no urgían un retorno a las condiciones nómades, ni prohibían tomar vino, habitar casas o practicar la agricultura, como los «rejabitas». Aceptaron la inevitable transformación social en la vida sedentaria, pero exigieron la práctica de los ideales éticos del nomadismo, válidos para todo sistema social. Su sentido insistió en la responsabilidad mutua, en su apasionado apego a la libertad. El profetismo gradualmente se fue tornando independiente, y apareció como una entidad con jerarquía propia. Al principio, el profeta era uno de los servidores del rey, y figuró en la lista de la Corte, junto con los sacerdotes. Pero su personalidad soberana crecía junto con su independencia. Existe una diferencia muy grande entre el profeta primitivo y aquél, que adquirió envergadura, se transforma en el fustigador de la explotación, y lucha contra los opresores fuertes y poderosos. No era un demagogo, porque no pretendía agradar a nadie, ni pudo prometer nada. En el nombre de la historia judía y de la memoria nacional, arremetió contra la injusticia, y la había universalizado. La profecía se tornó así en ecuménica y universal.
Ajad Haam, uno de los representantes más profundos del pensamiento judío moderno, muestra los rasgos del profeta de manera sistemática: «La esencia de la profecía judaica es el reinado universal de la justicia absoluta. En lo celestial, por ser obra del Todopoderoso, llamado 'el Justo del Mundo', tiene en su mano la vara del juicio. En lo terreno, por ser obra del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, apegado a su Creador, actúa como su auxiliar en la conducción del universo por los caminos de la justicia. Este ideal, con todos sus corolarios religiosos y morales, fue el animador de los profetas de Israel. La justicia es la belleza, el bien, la sabiduría y la verdad. Cuando el profeta vio una injusticia cometida por el hombre, o por el Director Supremo del Universo, no se detuvo a investigar sus causas; indignado, dio rienda suelta a su espíritu con palabras que queman como fuego, o prosigue su camino para luchar en otras playas por su ideal».
Al referirse a fenómenos semejantes en otros pueblos, dice el mismo autor: «También las otras naciones tuvieron, en diversas épocas, profetas que andaban por el mundo como si fuesen ideales vivos encarnados. Los resultados de su actividad fueron puestos en manos de sacerdotes, para que cuidasen de su perpetuidad. Pero es, sobre todo en Israel, en las etapas remotas de su historia, que dio cabida a la profecía. No como fenómeno accidental o pasajero, sino ininterrumpidamente durante largas generaciones, como si se tratara de una característica propia, grabada en el espíritu nacional».
«El sacerdocio se convirtió en una institución que, en otros pueblos, al institucionalizarse, petrificó las posibilidades de una profecía vital y dinámica, e incluso la aniquiló. En Israel, mientras tanto, la singular institución de la profecía, sin jerarquías heredadas, a no ser por la autoridad que emana de la propia personalidad, fue una especie de revolución permanente, censor implacable, que exigía incesantemente más justicia, más igualdad, más humanismo y además limitaba el poder de las autoridades o superiores».
Ajad Haam define al profeta de la siguiente manera: «El profeta es el hombre de la verdad. Ve la vida tal como es; Expresa las cosas tales como las ve, sin cálculos al margen, y dice la verdad, no porque éste sea su deseo, ni porque investigo y verificó que era su deber, sino porque se siente obligado a hacerlo, pues ese es el carácter de su espíritu, del cual no puede escapar, aunque lo quisiese. El profeta es el hombre de los extremos. Concentra sus conocimientos y su corazón en su ideal, en el que encuentra el sentido de su existencia y al que desea someter la vida hasta su último extremo, sin dejar ni un solo residuo. En el interior de su alma, hay un mundo exterior y tangible; por este ideal lucha día tras día, hasta donde llega su poder, y dilapida sus fuerzas sin autocompasión, sin consideración previa y sin tomar en cuenta las condiciones de la vida y las exigencias de la armonía general. Tiene sólo presente lo que debería realizarse según su conciencia, y no lo que podría ser hecho conforme con las circunstancias».
La definición queda más clara, si se toma el binomio contradictorio «rey» y «profeta», como lo hace Martín Buber diciendo: «En el Antiguo Oriente, se consideraba en general al rey como hijo del Dios Supremo. Era concebido como adoptado, o como realmente engendrado por el Dios. Esta concepción tampoco fue extraña a Israel, por cierto que bajo la primera de las formas mencionadas. El salmista pone en boca de Dios las siguientes palabras, dirigidas al rey, en el día de su unción en el Monte Sagrado: Tú eres mi hijo; en este día te he engendrado. Siendo ungido en nombre de Dios, y ser responsable frente a El no sólo como virrey, sino también como un hijo es responsable ante su padre. Otros pueblos del Antiguo Oriente conocieron esta relación del Rey con Dios; pero en Babilonia, se expresó apenas por el hecho que en la fiesta del Año Nuevo, día en que recomienza el mundo, el sacerdote aplicó al monarca un golpe simbólico en la cara, lo que resolvió la cuestión para el resto del año. En Egipto sólo había conversaciones íntimas entre el soberano y su divino poder, sin ningún resultado visible. No sucedió así en Israel. Aquí el profeta apareció una y otra vez ante el rey, y le exigió rendición de cuentas. Este realismo profetice cristalizó en el mensaje divino, transmitido a David por el profeta Natán: Dios se propone adoptar al hijo de David como propio, como hijo de Dios, pero al haber pecado éste, lo castigará tal como un padre castiga a su hijo. Y lo hará a través de los enemigos de Israel, ante quienes sucumbirá por no haber defendido predicado y practicado la justicia.
El ejemplo de la actitud de los profetas ante los reyes desleales está calculado para ir más allá y elucidar la índole de la relación entre el judaísmo y la civilización. Por consiguiente, muchas veces la línea de batalla se internó en el propio terreno religioso, principalmente cuando la autoridad religiosa establecida -personificada por el sacerdote- se colocó al lado del poder y le otorgó su aprobación. En este caso, la religión, para mantenerse en virtud de su pacto con el poder, se disoció de la exigencia del principio religioso de constituirse en el motor de todo lo justo, lo honesto y lo concreto.
El profeta hizo frente a esa coalición del poder establecido y de la autoridad establecida como ser humano, que no poseía ni poder ni autoridad. Sólo en las primeras épocas de Israel, antes de producirse la situación que hizo surgir el conflicto, encontramos personalidades como Moisés y Samuel, dotadas al mismo tiempo de cualidades proféticas, y también de poder para hacer historia, y con autoridad. Más adelante, la impotencia del profeta frente al poder exterior fue el rasgo típico de la época. Es precisamente de allí que surge el poder histórico y espiritual del profeta».
Sobre ese tema evocamos un episodio que es muy conocido, pero no por eso menos instructivo. En él actúa el famoso profeta Elías, recordado por su celo «yahvista - la unicidad de Dios» en la lucha contra la influencia de las civilizaciones fenicias y del baalismo. Aquí también se trata, por cierto, de algo que no fuera un rasgo común en las cortes despóticas de aquellos días. Surgió del desierto, de modo repentino, y desapareció en un carruaje celestial. Su carrera meteórica simbolizó las dos contribuciones mayores del judaísmo a la civilización: la fe en un Dios único, y la pasión por la justicia. En su lucha contra los sacerdotes de Baal, en el Monte Carmelo, Elías batalló inflexiblemente contra la degradación de la idea de Dios en Israel. En su encuentro con el rey Ajab, cuya codicia lo llevó hasta el asesinato, Elías se yergue como el valeroso campeón de la justicia.
Elías no dejó nada escrito. Su dramática acción fue mucho más eficaz que las palabras, para lograr que el pueblo errante volviera al Dios vivo y a sus enseñanzas. Durante veintisiete siglos, la imponente figura del profeta de Gilead incendió la imaginación de los hombres (R. Gordis), y se transformó en uno de los héroes populares más importantes de la conciencia del pueblo, incluso en la actualidad.
En Israel reinó entonces Ajab, hijo de Omri (875 a.C.). Se casó con la fenicia Jezabel. La corte era brillante y llena de esplendor; el rey comenzó a tener «caprichos reales» que hubieran parecido imposibles en los pasados tiempos de austeridad. La influencia canaánea y fenicia se hizo sentir. El profeta Elías encabezó la lucha contra ese desvío de la línea histórica judaica.
Pero no trataremos aquí esta lucha apasionada. Tomaremos sólo un episodio singular, que nos revela el choque entre el rey y el profeta, en un asunto en que se juega la inviolabilidad de los derechos de un ciudadano.
En el Valle de Jezreel, próximo al palacio de Ajab, se encontró el viñedo del vecino Nabot. El rey quiso hacer un jardín alrededor del palacio, y le pidió a Nabot que entregase el viñedo a cambio de dinero, o que se lo permutara por otro. Pero Nabot se negó a enajenar la valiosa herencia que había recibido. Ello produjo tan mal efecto en el rey, que se enfermó. Lo vio Jezabel y le preguntó la causa de su mal. El rey le narró su fracaso. Agitada ante la blandura de su marido, la reina exclamó: «¿Eres tú quien reina en Israel? Levántate, alegra tu corazón. Yo te daré el viñedo de Nabot». Para conseguir su propósito, Jezabel ordenó someter a Nabot al tribunal, por haber invocado el nombre de Jahvé sin necesidad.
El pretexto era, que Nabot había «ofendido» a Dios y al rey, en presencia de los vecinos. Obtuvo testigos falsos, eligió jueces deshonestos, y el inocente Nabot fue declarado culpable. El tribunal lo condenó a la pena capital. Fue ajusticiado, y su viñedo confiscado en favor del rey.
«¿Asesinaste y también pretendes heredar?» Este es el grito de guerra que lanzó Elías, al enterarse de este crimen repugnante. Y luego le anunció violentamente al rey su castigo. «Así dice Dios: En el lugar donde los perros lamieron la sangre de Nabot, también van a lamer tu sangre». El rey se rindió ante la evidencia del crimen y aceptó, resignado, la amonestación y los oscuros augurios del profeta, que prosiguió su curso y sus actividades. El despotismo, una vez más, retrocede ante el auténtico defensor de la tradición popular, el profetismo corrige y equilibra a la herejía.
Ajab, que conoció la tradición hebrea, ni había osado pensar en la confiscación violenta del viñedo del ciudadano Nabot. Le ofreció una sustitución o una compensación que, al no quedar ser aceptada, impidió materializar la adquisición del viñedo. No así Jezabel, educada en la tradición de la tiranía cananea, que se burla de su esposo diciéndole: «¿Eres tú quien reina en Israel?». Ella se anima a eliminar a Nabot en forma directa, y crea una ficción jurídica -por más que sea falsa y absurda- al acusarlo de desacato. Es éste el punto al que llega el temor frente al celoso defensor de la democracia contra el atropello de aquellos, que detentan el poder.
Hasta aquí nuestras observaciones sobre la profecía. Examinamos someramente algunos de sus aspectos, como lo dijimos al principio, acerca de los profetas orales, sin entrar en un análisis de los grandes profetas, cuya tradición escrita perdura hasta nuestros días. Amos, Isaías, Jeremías, Ezequiel y los demás desarrollaron el movimiento profetice, la manifestación más original y poderosa del espíritu hebreo. Era un movimiento esencialmente religioso en su carácter, pero que trascendió en mucho a la moralidad ritual y convencional y se convirtió en una filosofía duradera, de conducta individual y social.
Los escritos proféticos fueron compilados durante un período de doscientos años en los Reinos de Israel y de Judá, y revelan el espíritu de estos estadistas y líderes, quienes muchas veces no han sido comprendidos. Eran estadistas, porque conocieron la realidad nacional e internacional de su época.
El profeta se considera a sí mismo como una persona que cumple un mandato divino. Cumplió al que no podía eludir; cumplió un imperativo moral; luchó por la justicia política y social; protestó contra la explotación de los pobres y los débiles, y anunció el tremendo castigo divino por los pecados morales, castigo de envergadura cósmica. Sin embargo, no sólo la destrucción sería cósmica, también lo sería la redención, en medio de la paz universal.
El profetismo nacional, en su forma, adquiere una proyección que va más allá de las fronteras de una nación, y aún mucho más allá de las fronteras religiosas. Es el anuncio de un nuevo humanismo, opuesto a la esclavización, a la servidumbre, a la injusticia, al sufrimiento, al dolor. El profeta proporciona el gran consuelo como resultado de la armonía universal. Entre la lucha del profeta Elías contra los baalistas, y las palabras de Isaías, existe una única línea de un proceso histórico, y todos nosotros deseamos su realización:
«El juzgará entre los pueblos y corregirá a las muchas naciones;
«Estas convertirán sus espadas en rejas de arado, y sus lanzas en podaderas;
«Una nación no levantará su espada contra otra, ni aprenderá a hacer la guerra». (Isaías 2.4).
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