LAS IDEAS DE LA REDENCIÓN Y LA   BIBLIA

 

Ya hace tiempo surgió la investigación de la relación entre los mitos y la Biblia. Es lógico que se hayan formado diferentes y a veces encontradas opiniones al respecto, pues no existe una sola defini­ción explícita para el mismo mito.

 

La historia primitiva bíblica, a veces con lógica, tiene un carácter o una forma mítica, por la regla de que "donde no hay testigo o documento, no hay historia". Es posible acercarse a los aconteci­mientos de aquel entonces, tomándolos como base de la existencia humana y mirando hacia atrás en el tiempo.

 

Micea Eliade, prestigioso investigador contemporáneo de reli­giones y culturas comparadas, en su libro "El mito del eterno retorno", coloca la Biblia dentro del marco de las culturas arcaicas y expresa su convicción de que el hombre arcaico buscaba, en héroes y dioses, pautas de acción que debían ser imitadas o repetidas. Aceptamos esta opinión también para las descripciones de la Biblia, pero completamos con nuestro criterio, según el cual la Biblia, al utilizar los ejemplos, lo hace con fines instructivos queriendo darle una enseñanza moral práctica.

 

¿Hubo o no relación entre las ideas de la Creación y de la Redención en el Cercano Oriente antes de la época bíblica, y si la hubo, sería posible establecer una relación entre estas ideas y los conceptos de la Biblia?

 

La historia primitiva de Mesopotamia y la descripción de la Biblia, especialmente la narración del origen y de la creación del mundo, tienen relación con los mitos "del otro lado del río" (Josué 24. 2 y 15). Por lo menos se supone esta relación a base de los descubrimientos arqueológicos en idioma babilónico, relaciona­dos con la mitología de la región entre el Eufrates y el Tigris. El nombre hebreo viene de la palabra ivri-ever, cuyo significado es: "del otro lado del río", de donde vino Abraham, el primer patriarca. En la mitología de Babilonia, la creación se realizó después del nacimiento de los dioses. Tihamat, la primera madre y la personifi­cación del caos, se sentía molesta por el jugueteo de los dioses jóvenes y decidió aniquilarlos. Según una variación posterior del mito, Marduk, el dios del sol primaveral, se ofreció a luchar con ella y la venció; mató a Tihamat y a sus demonios. La dividió en dos partes y creó de estas partes el cielo y la tierra (Tihamat en la Biblia: "tehom", Gen. 1.2).

 

La creación del hombre a la imagen de los dioses era necesaria para que hubiera seres que adoraran a los dioses y cuidaran de sus necesidades.      El hombre fue creado de arcilla roja y de la sangre del demonio Kingu. Todo eso parece como una fantasía sin sentido, si no lo interpretáramos como hay que entenderlo. La tierra, por la domadura del caos, se transformó en un mundo ordenado, mientras en la sangre del hombre se encuentra el mal desde su creación, por lo tanto no es responsable de sus actos. La cosmovisión babilónica era pesimista con respecto al hombre y al mundo. El hombre está empeñado en una permanente lucha contra el mal, pero sin espe­ranza de poder vencerlo. Esta creencia trajo consigo que la magia tuviese mayor aceptación que la religión.

 

Para que no regrese el caos y el mundo no vuelva a ser desordenado - leemos en reliquias antiguas - los dioses se reúnen anualmente para decidir el futuro y luego anotan la decisión en las "tabulas de suerte". En Babilonia, durante las festividades del año nuevo sacaban las estatuas de los dioses de los templos y en procesión solemne las llevaban a una plaza o a un gran edificio y quedaban juntos para que decidiesen el futuro y lo comunicasen por escrito. De aquí sólo hay un paso para que la religión se transforme en una ideología político-estatal.

 

El ejecutor terrenal de la decisión es el gran rey, el rey de los cuatro puntos cardinales quien, en virtud de su autoridad, es "hijo de dios". No sólo los documentos babilónicos, sino también varios de los salmos glorifican y exaltan la grandeza del rey (Salmo 72. 8), incluso los Salmos 2. 7 y 89. 27 llaman al rey, hijo de Dios.

 

El palacio en que moraba el rey casi siempre estaba ligado con el templo, considerado como morada de los dioses. O por lo menos, se construía en sus cercanías, y el conjunto se consideraba como imagen terrenal de la Corte Celestial. El Templo y el Palacio en el Monte Sión fueron el centro de toda la vida religiosa, política y social durante largos siglos entre los judíos.

 

En los mitos posteriores, el mundo de los dioses es la proyec­ción de las circunstancias del cielo y la aprobación del mundo terrenal desde el cielo. Así se añade al reinado terrenal una dimen­sión cósmica, sin medir cuánto es lo que tiene de realidad. Así podían decir en Israel, que "viva para siempre el rey" (I Reyes 1.31; Salmos 21. 5; 61. 7) y que "su dinastía y su trono son eternos" (II Samuel 7. 16; I Reyes 2. 45; Salmos 18. 51, y 72.17). La dinastía de David que se reestructurará en los fines de los tiempos será como en los días antiguos (Amos 9. 11).

 

Esta es la explicación del estilo de las cortes orientales y también de los mitos. Cualquier rey es el soberano de los cuatro puntos cardinales o rey del universo, mientras la vida de grandes reyes históricos recibe signos místicos: su nacimiento es sobrena­tural, durante su niñez o más tarde quedó abandonado; no tuvo hogar ni patria, era perseguido. Sin embargo, sobrevivía en forma milagrosa. Su reinado traería de vuelta la época paradisíaca. El carácter divino se transmite al rey por el ungimiento con el óleo santo, realizado por la máxima autoridad religiosa.

 

Los hombres se dan cuenta de que la suerte de los reyes celestiales y terrenales es pasajera y surge la esperanza de que cada nueva época será mejor. Tal vez esta idea encierra la primera manifestación de la Redención. Este mito está estrechamente rela­cionado con los ciclos de la naturaleza, que tenía gran importancia en la filosofía e ideología orientales. Junto a la idea del imperio mundial surgió también la idea de un redentor quien traerá de vuelta a los tiempos primitivos, paradisíacos, la Edad de Oro. Sargon II exigió ser alabado como "Adán nuevo", el primer hombre regresa­do. Estas manifestaciones presentan el anhelo y el deseo de la transformación del mundo.

 

Hay una gran diferencia entre los mitos y religiones orientales y la Biblia. Mientras los primeros colocan la Edad de Oro en el pasado y querían tener algo semejante para el futuro, la Biblia coloca al futuro que llegará por la realización del Reino de Dios, según los judíos aquí en la Tierra, según los cristianos en el Cielo.

 

Después de haber visto la formación de las ideas de la redención en el Cercano Oriente, las miramos en la Biblia. Hay un texto en el libro de Isaías que puede ser el puente. Dice así: "Despierta, despierta, vístete de poder, oh brazo de Dios. Despierta como en los días de la antigüedad, en las generaciones del pasado. ¿No eres Tú El que despedazó a Rahab y El que hirió al monstruo marino? ¿No eres Tú El que secó el mar, las aguas del gran océano? ¿No eres Tú El que convirtió las profundidades del mar en camino para que pasaran los redimidos?" (51. 9 - 10). El profeta invoca a Dios quien, según las creencias básicas y fundamentales, liberó a su pueblo de la esclavitud egipcia, y pensando en una nueva liberación, evoca la memoria de la primera, mezclando los colores con su pincel en la paleta, donde todos los colores del Cercano Oriente están presentes. Los nombres son canaanitas, pero a quien llama es el Libertador de Egipto, es el Rey Único del Pacto. Es Dios.

 

Así llegamos a la idea básica y fundamental de la Biblia, el acontecimiento histórico del Éxodo, de la liberación del pueblo de Egipto.

 

Esta liberación figura muchas veces en la Biblia, un aconte­cimiento de importancia fundamental, base de todo lo posterior. Está en el primero de los Diez Mandamientos (Éxodo 20. 2; Deut. 5. 6). Israel revivía este acontecimiento en todas sus salvaciones posteriores, se recuerda en oraciones y canciones y se celebra anualmente en una de las fiestas más festejadas, "Pesaj - Pascua". Jesús escogió esta celebración como marco de la "Ultima Cena". Según la fe de Israel, detrás y encima de todo está siempre Dios, el Libertador y el Salvador.

 

Se podría preguntar que si Dios mismo es el Salvador en el Antiguo Testamento, ¿qué papel tiene el Mesías tantas veces men­cionado? ¿Qué significa la palabra misma?

 

La palabra "mashiaj" significa "ungido", y lo traducían al griego como "christos", lo que a fines de la época de los Apóstoles, entre los cristianos gentiles, perdió su significado original y se agregó al nombre de Jesús.

 

Como ya hemos mencionado, el rey de Israel y de todos los pueblos del Asia Menor era ungido con un óleo sagrado, preparado para este fin, con mucho cuidado y solemnidad. De ahí que en el seno del judaísmo pudo haber existido la idea mesiánica sólo desde el comienzo del reinado (1020 a.C.) "como tienen todas las nacio­nes" (I Sam. 5.8) y "nosotros seremos también como las naciones" (I Sam. 5. 20). Es evidente que la aceptación de esta costumbre no se realizó sin elementos ideológicos; de aquí viene la tensión entre los representantes del reinado "sagrado" y los defensores de la antigua democracia tribal. El significado de la palabra "mesías" no es el salvador, sino la expresión de las esperanzas puestas en su persona, como aquel que, como enviado por la voluntad de Dios, las realizará en la Tierra.

 

En la época de David, el segundo rey de Israel, se escuchaba la promesa de la boca del profeta Natán referente a la continuidad del reinado de la casa de David (II Sam. 7.12 -16). Cuando se veía que los reyes posteriores no cumplían con las esperanzas puestas en ellos, comenzó a divulgarse por medio de los profetas la figura de un rey justo y honesto, la figura del Mesías, enviado por el Creador, por el Rey invisible de la Alianza, el Soberano de la Historia. La esperanza mesiánica es retoño de la esperanza en la salvación que realizará por Dios, como lo vemos en diferentes expresiones de los profetas y de los Salmos (Isaías 11. 1 y 10; Jeremías 23. 5; Zacarías 3. 8 y 6. 12; Ezequiel 14. 21; Miqueas 5. 3; Salmos 2. 7 y 12, etc.).

 

Los conceptos bíblicos presentan al Mesías como un rey de Israel, pero de mucho más envergadura que un nuevo rey. Por sobre todo, será un ideal para los seres humanos, perfecto y semejante a Dios; sin embargo, humano y mortal. Juzgará con divina intuición y con su advenimiento se inaugurará una nueva era para el hombre. Junto a la perfección del ser humano, simbolizada en el Mesías, la sociedad humana alcanzará la perfección ética. La paz absoluta y la justicia perfecta prevalecerán en toda la faz del globo y "el espíritu de Dios cubrirá la tierra como el agua cubre el mar" (Is. 11.9).

 

Sin abandonar sus modos particulares de adoración, los pue­blos reconocerán la supremacía del Dios Único y Universal y aban­donarán la idolatría (Jer. 16.19). La religión que aceptarán todas las naciones, tomará la forma de una intensificada piedad interior, un nuevo pacto escrito en las tablas del corazón. Miqueas la describe con palabras memorables: "Oh hombre, El te ha declarado lo que es bueno y qué pide Dios de ti: hacer justicia, amar y practicar la misericordia y andar con humildad ante tu Dios" (Cáp. 6.8).

 

La época mesiánica comprobará el papel histórico del pueblo de Israel, el servidor sufriente de la humanidad, sin implicar una posición de preeminencia política para el pueblo judío. Israel alcan­zará una posición central de influencia espiritual, porque su tarea será servir como "una luz para las naciones y un testigo de Dios".

 

Las profecías mesiánicas no son explícitas ni oriundas de la misma época, lo que influyó también en su contenido. Se supone que la profecía de Isaías y Miqueas acerca de la paz mundial (Isaías 2.2-5; Miqueas 4.1 - 3) ya eran conocidas antes, y los dos profetas mencionados las utilizaron en forma diferente. Sin embargo, se puede hacer una diferenciación. Había una idea mesiánica, según • la cual el futuro Mesías de la Casa de David gobernaría los pueblos con una "vara de hierro" desde Sión, mientras según otra idea, el Mesías será un príncipe (no rey) de la paz, humilde y sufriente. En la época de Jesús, el pueblo estaba esperando a un Mesías fuerte y militante, que lo salvaría del yugo romano y por eso no comprendía las ideas pacíficas de Jesús.

 

Los libros apócrifos, que sin duda alguna ejercieron gran in­fluencia en la época de Jesús, contribuyeron al fortalecimiento y divulgación de los conceptos mesiánicos. El Libro de Enoj contiene descripciones del Día del Juicio y del papel del Mesías en aquel momento. En la "Sabiduría de Salomón", el Mesías aparece descrito primordialmente como el juez justo, a quien fortalece "el Espíritu Santo" y que confía en Dios, para que lo proteja y no para que le conceda poderío militar. El siríaco Baruj describe las perturbaciones que proceden al triunfo del Mesías, que es "hijo del hombre" pero también "Hijo de Dios". Triunfará, pero no con fuerza física. Todas estas referencias y otras más confirman una creencia popular en un Mesías místico, moralizador y espiritualizador, como fueron los antiguos profetas.

 

El Nuevo Testamento surgió en el ambiente greco-romano. La Buena Nueva, proclamada por Jesús, se transformó en los Evange­lios sobre Jesús. Se creó una nueva fe que absorbió muchos de los mitos de la salvación y de las religiones de misterios orientales y griegos, donde Jesús es el "Soter", el Libertador, el Salvador, el Redentor y quien crea en él, puede participar en la Redención y su alma tendrá vida eterna.

 

Casi todos los especialistas admiten que Jesús nunca afirmó directa o espontáneamente que él fuese el Mesías. La afirmación tradicional se basa en pruebas circunstanciales. Mientras los He­chos de los Apóstoles consideran que Jesús se convirtió en el Mesías no durante su vida sino por su ascensión al trono a la diestra de Dios después de resucitar de entre los muertos (Hechos 2. 36), el Evangelio de San Juan confirma que Jesús es el Cristo desde el principio de su ministerio.

 

Es mérito del Apóstol San Pablo que ha podido transmitir los Evangelios, redactados en el estilo del Antiguo Testamento, a los portadores de la cultura helenista en una forma diferente. Sus exposiciones demuestran no sólo conocimientos de un sabio judío antiguo, sino también su carácter de ciudadano del Imperio Roma­no, versado en la vida de las ciudades greco-romanas y en el mundo de las religiones de misterios. No tuvo miedo de usar palabras o ideas griegas, incluso de las diferentes corrientes filosóficas o de la terminología jurídica del país. Hizo todo para hacer comprender lo indecible, lo innarrable, lo incomprensible. Para los judíos habló como judío, para los griegos como griego, para todos como uno de ellos. Su mérito fue hablar bien el griego, porque gracias a este idioma, apto para expresar lo mítico, logró divulgar las ideas que convirtieron al cristianismo en una religión universal. Sin él el cris­tianismo hubiera existido sólo como un pequeño movimiento reli­gioso de algunos judíos, entre otros movimientos similares, de muy corta duración.

 

El concepto paulino del Mesías no era terrenal, ni político, ni nacional. Jesús como "Hijo de Dios" era el instrumento de la Reden­ción divina, a través de quien Satanás sería vencido; entonces surgiría el Reino de la Gracia de Dios, sin prestar atención a los mensajes de penitencia y piedad de Jesús. Mostró lealtad hacia el Jesús transformado, después de que se levantó de entre los muer­tos, y no al Jesús terrenal, que vivía "en la carne". No se argumentó a favor de la ascendencia davídica de Jesús, ni de su nacimiento de una virgen. En el nuevo mundo por venir la existencia humana cobraría un carácter angelical, "pues el Reino de Dios no consiste en comer y beber, sino en la justicia, la paz y la alegría en el Espíritu Santo" (Rom. 14.17). Eliminó enteramente de su visión el período intermedio de bienaventuranza terrenal. El Mesías o Cristo era un ser celestial, que seguía en jerarquía a Dios y estaba entre El y el mundo, mediador entre el Creador y sus criaturas. Quien cree en Cristo, será salvado y los no creyentes, vengados. La sabiduría humana nada vale, y tampoco la piedad, pues el hombre para salvarse "ha de volverse ignorante para llegar a ser sabio" (I Corin­tios 15. 51). Aceptó la doctrina de la predestinación y el correspon­diente principio de la impotencia de la voluntad humana (Efesios 1. 4), y declara que el hombre no puede salvarse por su propio esfuerzo. Con la llegada de Cristo termina la época del cumplimiento obligatorio de las leyes rituales. Sin duda, con la divulgación de este concepto abrió las puertas para aquellos que formaron las congre­gaciones de los creyentes en el Salvador.

 

Los Padres de la Iglesia buscaban siempre las similitudes con otras religiones y culturas antiguas, por supuesto de diferentes maneras. Enseñaban acerca de las similitudes que surgieron de las siembras anteriores a Jesús (logoi spermatikai). El mismo San Agustín lo menciona: "La misma cosa, "nam res ipsa", que se denomina hoy religión cristiana, "christiana religio", ya existía antes como posesión de los antiguos, y no les faltaba a las generaciones anteriores desde los principios, hasta que vino Cristo en su forma humana; desde ese momento se la llama cristiana a esta religión verdadera, que ya existía mucho antes" ("Retractiones" 1.12).

 

Quisiera cerrar este capítulo con una canción de salvación, una canción de tensión revolucionaria que no deja de mencionar la salvación real y actual, una canción que se basa en los mitos de salvación antiguos (I Sam. 2.1 -10), pero que indica el camino hacia el futuro, cuando todos los seres humanos podrán vivir en libertad. "Es el Cántico de Ana, madre del profeta Samuel, y más tarde la alabanza de María":

 

"Mi alma alaba la grandeza del Señor

Mi espíritu se alegra en Dios, mi Salvador.

Porque Dios ha puesto sus ojos en mí, su humilde esclava,

Y desde ahora siempre me llamarán dichosa;

Porque el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas.

Santo es su nombre!

Dios tiene siempre misericordia de quienes lo reverencian.

Actuó con todo su poder, deshizo los planes de los orgullosos,

Derribó a los reyes de sus tronos y puso en alto a los humildes.

Llenó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías.

Ayudó al pueblo de Israel, su siervo, y no se olvidó de tratarlo con misericordia.

Así lo había prometido a nuestros antepasados, a Abraham y a sus futuros descendientes" (Lucas 1. 46 - 55).

 

 

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