LA INFLUENCIA DE LA BIBLIA EN LA LITERATURA HISPANOAMERICANA

 

 

En la Literatura Hispanoamericana, la Biblia ha sido una constante presencia como fuente de inspiración tanto de temas como figuras, y como modelo de procedimientos técnicos. Se ha constituido en inagotable vertedero de modalidades y recursos literarios, de respuestas a preguntas cuya formulación resulta inevitable, de representaciones del hombre en las más variadas circunstancias de su existencia.

 

Ya en la época de la Colonia se aprecia esta influencia, sobre todo en la épica religiosa. Hoy surge con mayor vigor que en las generaciones de los autores del siglo XIX, al haberse debilitado la influencia de la limitante visión positivista que predominó en aquel tiempo.

 

Los movimientos de la independencia latinoamericana centra­ron la preocupación del hombre de comienzos del siglo XIX en el logro de la liberación política. En los decenios siguientes, ello trajo aparejada la necesidad de lograr la emancipación cultural respecto de España. Se prefieren los modelos iluministas europeos, en que la felicidad del hombre se ubica en el logro de una perfección humana, que permita la emancipación de los pueblos que buscan su propia identidad. Como consecuencia, América Latina se torna tierra fértil para los ideales positivistas y surgen en el suelo ameri­cano fervientes seguidores de esa filosofía.

 

Al buscar la emancipación cultural, el hombre se ubica como centro del mundo para sí. El desencanto de este camino, que lo conduce al "ser para la nada, ser para la muerte", lo hace volver los ojos hacia otras fuentes que lo sustraigan de tan oclusivo destino. Entre estas fuentes surge la lectura de la Biblia con su ofrenda inigualable del "ser para la vida", que opone a la senda cegada una vía luminosa.

 

El paso de una u otra forma de enfocar la vida no fue repentino. Así, por ejemplo, en el chileno Pedro Prado surge un Lázaro que se niega a resucitar, atraído por la posibilidad panteísta de desintegrar­se en la vida de lo natural; y un Androvar que, deseando escapar a todo límite, recurre al Jesús bíblico para que le otorgue el don de ser sin límites, de ser todo a la vez: maestro y discípulo; de estar al mismo tiempo en diversos lugares: en la montaña y en el mar.

 

Con posterioridad a este tránsito, ejemplificado en la poesía de Prado, aparece vigoroso en la literatura del siglo XX el Libro Sagrado como tal, o sus personajes, o sus formas literarias peculiares. Proliferan las parábolas, las formas dialógicas, salmos, himnos; formas retóricas como el quiasmo (Cantar de los Cantares) y diver­sos paralelismos propios de la poesía hebrea; procedimientos que densifican semánticamente los textos. Igualmente pueden desta­carse la configuración versicular y las formas letánicas.

 

Otro aspecto en que la influencia bíblica se hace evidente en novelas de reciente producción y en múltiples obras líricas del siglo es el hecho de que narradores y hablantes adopten la figura de "quien habla desde un conocimiento no obtenido por voluntad propia", sino que les adviene en sueños, visiones, voces... de manera semejante a lo que ocurre con los profetas bíblicos (enten­diendo profeta como "aquel que ve"). No es, por tanto, casual que muchos de los creadores del siglo XX se llamen a sí mismos "escribidores", cuando realizan tarea de creación.

 

También surgen múltiples paráfrasis de la Biblia, que marcan el inicio de la contemporaneidad latinoamericana y reverdecen con no conocido vigor a través de los diversos géneros en la producción literaria de nuestros días. Tres son los modos fundamentales de hacerse presente la Biblia en lo que se refiere al contenido ideoló­gico: como nostalgia de una posible respuesta a la pregunta existencial, como negación de una alternativa trascendente para la vida humana, o como única respuesta consoladora a la soledad y angustia. Estos tres modos se despliegan en las obras mediante la aparición recurrente de categorías como las disposiciones (narrati­vas o líricas), como organización de las historias contadas y de quienes las narran; configuraciones de los hablantes, relatos bíbli­cos incorporados como paráfrasis; personajes bíblicos recreados que desempeñan el papel de protagonistas o personajes, y formas de discurso como epígrafes, epílogos y múltiples citas textuales de textos canónicos de la Biblia. Todos estos procedimientos son generalmente sacados de su contexto e incluso transgredidos.

 

La presencia del Texto Sagrado no se circunscribe en modo alguno a escritos de sentido religioso; sin embargo, cuando opera como epígrafe o como disposición narrativa o en cualquier otra forma retórica, dirige la situación imaginada y se cumple en su sentido originario.

 

En relación con estos sentidos u orientaciones del significar se constatan diversas modalidades textuales en que suelen aparecer pasajes bíblicos en obras narrativas contemporáneas: desde la transcripción literal de versículos hasta su presencia como trasfondo (referente del discurso de los narradores), desde las disposicio­nes narrativas (1) hasta el emerger de personajes, incluso protagonistas, obtenidos de libros del Canon Bíblico. Llama pode­rosamente la atención que en novelas recientes aparezcan narradores con actitud a veces paródica de profetas, y simultáneamente, las historias que narran se configuren finalmente a la manera de escatologías.

 

Comprobar lo anterior es tan fácil como pescar en aguas de abundantes peces. Por ejemplo, en numerosas novelas de grandes autores, se incorporan epígrafes que cumplen una función temática con el fin de enmarcar el sentido rector de las obras. Llama la atención la frecuencia con que esta función epigráfica es cumplida por textos bíblicos. Así, Eduardo Mallea (1903) usa como título de una de sus principales novelas un texto bíblico: Todo Verdor Pere­cerá, sentencia que se cumple dramáticamente en la vida de los protagonistas; la única esperanza se orienta para Ágata, el perso­naje principal, en las palabras finales del narrador, con las que la novela termina: "Sentada allí, Ágata desató del todo su llanto y puso en los escalones gastados, sobre la marca de los pies del padre, aquella cabeza donde todo resplandor estaba muerto".

 

"No tuvo noción ni sentido, por vago que fuera, de cuanto la circundaba, del pueblo o de la enorme calma dominical o de la imagen que estaba a unos pasos, ese bulto de madera que ante­cedía a la capilla y a cuyo pie estaba borrosamente escrito: Ego sum via, veritas et vita, lo cual quiere decir, Soy la ruta, la verdad y la vida" (San Juan 14. 6).

 

"Tan sólo muy tarde se levantó precipitadamente, como llama­da por un grito, y, sin dirección ni discernimiento, echó a correr contra la oscuridad".

 

Esta novela incorpora, asimismo, como epígrafe, dos textos:

 

"Las aguas de Nimrim serán consumidas, y secarase la hierba, marchitaránse los retoños, todo verdor perecerá" (Isaías 15. 6).

 

"No sabe el hombre su fin, sino que como los peces son atrapados en la red y las aves apre­hendidas con la trampa, así los hombres son cazados en un mal momento, cuando de im­provisto les sobreviniere" (Eclesiastés 9. 12.).

 

A esta misma generación de autores pertenece Agustín Yánez, una de las más grandes figuras de las letras mexicanas del siglo. Su novela, Al Filo del Agua, reproduce en un pequeño pueblo de Jalisco, de manera paródica, viejos rituales del templo veterotestamentarios. Del mismo modo otro gran novelista, el argentino Leo­poldo Marechal (1900-1970), usó como referente en sus tres grandes novelas Adán Buenosayres, El banquete de Severo Arcángelo y Megafon o la guerra, temas bíblicos: el origen, la cena y el fin del tiempo histórico, respectivamente.

 

El novelista cubano Alejo Carpentier empleó epígrafes bíblicos en varios de sus relatos, tal vez bajo el estímulo de las lecturas de las obras de Dostoiewsky, como muchos autores de su generación; así por ejemplo, la novela El Arpa y la Sombra comienza con el Salmo 150: "¡Loado sea con los címbalos triunfantes! ¡Loado sea con el arpa!".

 

Esta modalidad de uso de textos bíblicos persiste en las gene­raciones posteriores de novelistas, hasta nuestros días, en obras de autores como Hornero Aridjis, Eduard Gudiño K., Cristina Peri Rossi y otros. Por ejemplo, la cita con que comienza una de las novelas más excepcionales de la literatura hispanoamericana 1492. Vida y Tiempos de Juan Cabezón de Castilla, de Aridjis, es el versículo 20 del libro del profeta Abdías, que dice: "Los cautivos de Jerusalén que estarán en Sefarad poseerán las ciudades del Neguev".

 

Es muy notable el desarrollo del motivo del paraíso (perdido, buscado), concebido en la forma del bíblico Edén. Se indaga en este ámbito ideal por el origen de la historia humana y desde allí se proyectan visiones respecto de un fin de tiempos. Impresiona la paráfrasis, por contraste, del Capítulo I del libro del Génesis, con que comienza la novela de H. Aridjis, El Ultimo Adán: "En el final, el hombre destruyó los cielos y la tierra. Y la tierra quedó sin forma y vacía. Y el Espíritu de la Muerte reinó sobre la superficie de las aguas. En el final, el hombre destruyó los peces del mar, las aves del aire y toda criatura que se arrastra y gime sobre la tierra".

 

"En el final, el hombre no pudo multiplicarse más, y toda semilla que plantó su cuerpo y que sembró su mano quedó muerta. En el final, los cielos y la tierra quedaron destruidos, y todos los espíritus de todos los tiempos flotaban en el aire, y el último hombre, en el crepúsculo del amanecer del sexto día de destrucción, vio lo que sus semejantes habían hecho, y en medio de la creación lloró".

 

La paráfrasis continúa en las líneas siguientes: "El último hom­bre, sumergido su cuerpo en el lodo, en la ceniza y en el plomo, y rodeado por una inmensidad de cadáveres, vio el árbol de la vida desarraigado y muerto, y todo árbol del jardín terrestre desarraigado y muerto, y toda ave que anidaba en sus ramas desarraigada y muerta". Aunque el narrador presenta una visión dramáticamente desesperanzada en esta vuelta al origen, en busca de respuestas por una orientación ante el ominoso porvenir, que permite visualizar al hombre como un ser sin historia y sin destino, se establece simultáneamente el contraste entre la perfecta obra del Creador y la perversa obra del hombre.

 

La condición de extravío del hombre contemporáneo se mues­tra patéticamente a través de notables usos textuales directos y de asimilaciones parafrásticas de citas bíblicas en La Nave de los Locos, de la novelista uruguaya Cristina Peri Rossi. En efecto, el primer capítulo de este libro comienza con un discurso de forma profética, el hablante tiene un sueño en el que recibe una orden, la que contiene, de manera paródica, los símbolos de una parábola acerca del Juicio Final: En el sueño, recibía una orden: "La ciudad a la que llegues, descríbela". Obediente, pregunté: "¿Cómo debo distinguir lo significante de lo insignificante?".

 

"Luego, me encontraba en un campo, separando el grano de la paja. Bajo el cielo gris y las nubes lilas, la operación era sencilla, aunque trabajosa. El tiempo no existía: era una continuidad de piedra. Trabajaba en silencio, hasta que ella apareció. Inclinada sobre el campo, tuvo piedad de una hierba y yo, por complacerla, la mezclé con el grano. Luego hizo lo mismo con una piedra. Más tarde, suplicó por un ratón. Cuando se fue, quedé confuso. La paja me parecía más bella y los granos, torvos. La duda me ganó.

 

Desistí de mi trabajo. Desde entonces, la paja y el grano están mezclados. Bajo el cielo gris el horizonte es una mancha, y la voz ya no responde".

 

El fracaso de este narrador - personaje en su misión profética- trae consigo el extravío, por lo que comienza el capítulo siguiente con una cita del Éxodo: "Y no oprimirás al extranjero: pues vosotros sabéis cómo se halla el alma del extranjero, ya que extran­jeros fuisteis en la tierra de Egipto" (Ex. 23. 9).

 

Este rasgo, el modo de adquirir conocimiento por los narrado­res como los profetas, es frecuente en las novelas más recientes. Se los presenta como "escribidores", ven y conocen sólo en tanto escriben; así ocurre en novelas de Mario Vargas Llosa: La Historia de Mayta; José E. Pacheco: Morirás Lejos; A. Bryce: La Exagerada Vida de Martín Romania y muchas otras obras de notable valor estético.

 

Desde antiguas épocas, teóricos de la literatura han demostra­do que la categoría estética por excelencia es la disposición. Es la base del "espectáculo de lenguaje", que constituye lo esencial de las obras literarias. En este espectáculo aparecen los narradores, sus receptores, el mundo en que se mueven, el modo de existencia de los personajes, sus circunstancias, su tiempo, sus ambientes y sus hechos. La Biblia ha proporcionado a grandes autores los fundamentos para la disposición de sus obras. Así ocurre, por ejemplo, con la novela de Aridjis, a la que nos referimos anterior­mente: (El Ultimo Adán); otro tanto ocurre con novelas como Otra vez el Mar, de Reinaldo Arenas, en la capitulación va secuenciada en seis, como los días de la creación, sin alcanzar el reposo contemplativo del séptimo. De manera parecida ocurre en Moisés Lejos, de J.E. Pacheco.

 

La presencia bíblica en la narrativa breve y en la lírica, en la literatura hispanoamericana actual es aún más intensa.

 

 

Algunos hitos de la presencia de la Biblia en la lírica hispanoamericana actual.

 

Mirar la lírica hispanoamericana desde esta perspectiva indica que el fenómeno no es algo circunstancial, sino un hecho constan­temente reiterado. Explicar las causas de que ello ocurra sobrepasa los límites de una reflexión como la presente.

 

Hemos seleccionado algunos poetas, en los cuales la intertextualidad bíblica es relevante. Para su presentación seguiremos el orden cronológico de fechas de nacimiento.

 

En Gabriela Mistral (Chile, 1889), la Biblia gravita en toda su creación literaria no sólo en lo que se refiere a su producción lírica. La autora reconoce en ese texto su primera fuente de formación literaria. Con anterioridad a su aprendizaje de la lectura, su abuela paterna la hacía recitar de memoria los Salmos, la historia de David, el Cantar de los Cantares y el Eclesiastés. El texto bíblico fue una lectura constante a lo largo de su vida.

 

La influencia se concreta en los temas, en el recrear de perso­najes y formas de expresión. En cuanto a los temas, reescribe la historia de Rut, de Abraham y Sara (2), y Marta y María. La recrea­ción de personajes es innumerable. Entre muchos otros: Agar, Rut, Sara, Boaz, Abel, David, Isaac, Salomón, Jacob, Judit, Eva. Gabriela experimenta una fuerte atracción por las figuras bíblicas femeninas, siente su semejanza con las mujeres del interior del Valle de Elqui. Estas mujeres fuertes son, en última instancia, la imagen que ella tiene de lo que debe ser una mujer. Así surgen personajes femeni­nos tan notables como los del ciclo "Locas Mujeres" del libro Lagar.

 

La presencia explícita, las auténticas paráfrasis de historias y personajes bíblicos, es más reiterada en su obra primera. Más adelante, las figuras y los relatos se van haciendo menos puntuales, más difumados y adquieren un carácter universal y arquetípico. Así, Tierra - Verónica, Saras blancas o Saras rojas, Tierras—Agar, Pablo absoluto... Ello no implica, que haya desaparecido la influencia del texto sagrado, sino más bien al contrario. En numerosos poemas, la voz lírica asume un carácter profético con un grado de conoci­miento extranatural, conocimiento que sobrepasa toda visión hu­mana.

 

"En el sueño yo no tenía padre ni madre, gozos,

ni duelos,

(...)

Donde estuve nada dolía

(...)

no punzaba ni la sangre

ni el cardenillo del Tiempo;

(...) (La desasida. Lagar).

 

A la percepción extranatural se suma el asumir la voz de todo un pueblo, o el establecerse como un puente entre lo del lado de acá y lo del lado de allá.

 

En los poemas de madurez poética y humana, hay un espíritu profundamente bíblico, al cual da forma textual un ritmo que se equipara al de la forma de expresión del texto sagrado. Ritmo que surge de la asimilación y transformación de la Biblia en formas poéticas de singular belleza. Su fuerza sobrepasa lo puramente humano para asomarse a lo Todo Otro, a lo trascendente, a lo cual la vida humana apunta como respuesta.

 

"Desnudos volveremos a nuestro Dueño, man­chados como el cordero de matorrales, gredas, caminos, (...)

y la Patria del arribo

nos mira fija y asombrada" (El regreso. Lagar).

 

De la lírica de Andrés Eloy Blanco (Venezuela, 1897) seleccio­naremos sólo dos poemas relacionados con el mito genésico. Igual que para Vicente Huidobro o Leopoldo Marechal, este relato tiene especial atracción para varios autores del siglo XX. Huidobro transgrede el relato del Adán bíblico y postula un Adán científico. Leo­poldo Marechal marca prioritariamente la maravilla del acto creador. Eloy Blanco, en cambio, se deja estremecer fundamentalmente por la presencia de la culpa.

 

"Himno paradisíaco" se inicia con tres estrofas que parafrasean con gran libertad la creación: luz, tierra y agua. El centro del texto gira en torno a la figura de Eva, al árbol prohibido y al Pecado, con mayúscula.

 

Sutilmente el relato del Génesis es transgredido; la naturaleza creada llega a su plenitud cuando se aleja de la norma impuesta por el Creador:

 

"Pero el árbol de Dios es taciturno; sobre su paz las aves no vienen a cantar; no hay nidos con pichones en su frescor noc­turno, porque para hacer nido hay que pecar..."

 

La perduración del género humano proviene precisamente de la culpa en el mito de Eva que mordió la manzana:

 

"Y es su blancura almacigo de nieve donde germina el árbol de la genealogía".

 

El relato de Caín y Abel sustenta el poema "Abel y su casa". La casa de Abel, en la que pastos y ganados prosperan, no es el resultado de algo azaroso, no es capricho, como tampoco lo fue

 

"que Abel saliera aquella tarde al campo

y lo mataran a su hora:

una hora que hicieron no más para matarlo".

 

La historia de Abel se actualiza, es una realidad de hoy en Sucre y diversos lugares de Venezuela, es

 

"el Abel terrible y puro de la guerra.

Tenía dos corazones, uno a la izquierda del

pecho

y otro en la mano derecha".

 

Es la constante historia de la vida humana: las guerras, las matanzas, los héroes muertos que hacen la historia de los pueblos americanos, el paso necesario, tras el cual

 

"se incorporó el Derecho

y después la espada se inclinó

y bajó por su cauce gozosa de su rumbo,

la barquilla de la capitulación".

 

Los pueblos americanos encuentran su destino en la recons­trucción de la hermandad tras la lucha fratricida (Anuncio de la nueva ciudad).

 

Muchos otros poemas de Eloy se construyen con elementos bíblicos. Por ejemplo: "La hora eterna", "La mujer de sal" (sobre la matriz de la mujer de Lot), la hija de Jairo, el becerro de Oro... La influencia es también perceptible en procedimientos, por ejemplo, en la letanía, que es una antigua tradición judeo-cristiana.

 

También en J. L. Borges (Argentina 1899), en su poesía mucho más cerebral y culta, la presencia bíblica es reiterativa. Así en "El Golem", "Poemas de los dones", "Mateo XXV, 30"..., "Una brújula", y muchos otros.

 

En Leopoldo Marechal (Argentina 1900), la búsqueda de lo trascendente es un eje en toda su producción literaria, a causa de ello hay reiterada presencia de fuentes bíblicas, filosóficas, orienta­les y cristianas. En su pensamiento, toda creación humana y espe­cialmente la artística se explica como paráfrasis del acto creador divino.

 

Pedro Luís Barcia, en el prólogo a la antología poética del autor, titulada Poesía (1924-1950), dice: "El barro original, la materia informe, que el Hacedor ha de convertir en armonía formal. El arte del alfarero transmuta la realidad; el Creador imita al Creador en su animación adánica" (p.19).

 

Así en el poema "Del niño y un pájaro" (3):

 

"El niño, junto al agua,

pidió ser Alfarero (...)

 

El niño amasa el barro, cerca del río joven;

y entre los dedos brota,

como de Dios, un pájaro de tierra".

 

Las huellas de los Salmos y de Cristo resuenan en "El ciervo herido".

 

"Por irme tras la huella

del ciervo herido

me sorprendió la noche,

perdí el camino.

Solo corría el ciervo por los eriales:

 

de su costado abierto

manaba sangre.

El ciervo, fatigado

buscó las aguas:

espinas de su frente

le coronaban (...)

(Sonetos a Sophia y otros poemas).

 

En "Gravitación de cielo" gravitan la Tierra Prometida, el Paraí­so, el Diluvio y el Paraíso edénico:

 

"Yo recuerdo una edad prometida del gozo:

ha dejado en mi lengua un entrañable sabor

de paraíso"

 (...).

"Esa fue nuestra culpa, la de haber olvidado

que la tierra escondía

su vejez entre flores".

(...).

"Pero la noche, a paso de diluvio

llegaba (y todavía

una frescura de aguas ascendentes

en la memoria de mi sangre queda)"

(...)

 

(Cinco Poemas Australes)

 

El libro póstumo de Marechal es Poemas de la Creación, editado en 1979.

 

La tónica de la voz poética de su obra es la que da nombre a las cosas. Hay por tanto, en la actitud lírica, una reminiscencia bíblica. Es un poeta -Adán— que va nombrando como por vez primera la realidad.

 

En cuanto a Ernesto Cardenal (Nicaragua 1925), ha dicho Yevtushenko que es el principio de una nueva era en la poesía en América; la fusión del cielo y la tierra, del hombre con Dios. El poeta cumple el deseo del otro gran nicaragüense, Rubén Darío, el gran renovador de la lengua y la literatura en castellano: "Es con voz de la Biblia que había de llegar hasta ti".

 

En Cardenal, el amor es percibir el dolor del que sufre; su voz poética es una voz plural, a través de la cual habla aquel que no tiene la posibilidad de expresarse, el que no puede denunciar el sufrimiento, ni anunciar la esperanza de un mundo más fraterno, de un hombre que pone sus expectativas en un otro que lo ama y puede salvarlo.

 

Indudablemente, a partir de Oración por Marilyn Monroe y otros poemas y especialmente de los Salmos, la obra de Cardenal se despliega no como mera nostalgia sino como esperanza cierta de la existencia de lo trascendente, de un Dios que amó al hombre hasta entregar a su Hijo para su salvación. Lo denunciado son los avances de la ciencia usados para la destrucción, el poder que tiraniza, la maldad, la desesperanza.

 

Su estancia en los trapenses y su paso a los benedictinos, su amistad con el monje Thomas Merton, dan a la expresión del poeta la posibilidad de hacer una poesía que es oración por los desam­parados. Dice Pablo Antonio Cuadra, prologuista de su Antología de 1971, que "Cardenal oró con la palabra de su tiempo a ras del universo" (...) que "vertió en los más prestigiados y antiguos odres de la oración judeo-cristiana, el decir reciente y doloroso del hombre de hoy".

 

En los Salmos, el antiguo modelo en cuanto tema y forma retórica, es revivido como posibilidad de expresión del hombre de hoy con sus avances científicos, sus modos de estar en el mundo, sus tremendos errores, su alienación que sólo lo llevan certeramen­te al desamor y la infelicidad. Cada Salmo corresponde al Salmo bíblico indicado por el número con que lo titula. Las afirmaciones del Salmista se entremezclan con las realidades del hombre de hoy.

 

El Salmo 1, por ejemplo, dice:

 

"Bienaventurado el hombre que no sigue

el consejo de los impíos,

ni en la senda de los pecadores se detiene,

ni en el banco de los burlones se sienta".

 

Cardenal, conservando y actualizando el sentido, usando la misma retórica de expresión, afirma:

 

"Bienaventurado el hombre que no sigue las

consignas del Partido, ni asiste a sus mitines,

ni se sienta en la mesa de los gangsters,

ni con los generales en el Consejo de Guerra".

 

No ahondaremos en el análisis de la enorme incorporación de textos bíblicos en este maravilloso libro de poemas, sólo recogere­mos algunas citas textuales que ponen de relieve el texto del Salmista y su actualización en el hoy de la voz, que habla en los poemas:

 

"Óyeme porque te invoco Dios de mi inocencia,

Tú me liberarás del campo de concentración.

(...)

Haz brillar, Señor, tu faz serena

sobre las Bombas

(...)

No necesito Nembutales

porque tú, Señor, me das segundad".

 

"Dios mío, Dios mío, ¿por que me has abando­nado?

soy una caricatura de hombre

el desprecio del pueblo,

se burlan de mí en todos los periódicos

(...).

 

Pero yo podré hablar de ti a mis hermanos,

te ensalzaré en la reunión de nuestro pueblo.

Reinarán mis himnos en medio de un gran pueblo,

los pobres tendrán un banquete,

nuestro pueblo celebrará una gran fiesta.

El pueblo nuevo que va a nacer". (Salmos 21 (22))

 

El libro se cierra con el Salmo 150, en que el "Alabad al Señor por su grandeza con arpa y con cítara, con laúd y flauta, con címbalos," se recrea en el alabar por las galaxias, los átomos, los vacíos interatómicos... Con clarinetes, violas, pianos, blues y jazz, orquestas sinfónicas, espirituales de los negros, la Quinta de Beethoven... para concluir con:

 

"Todo lo que respira alabe al Señor

                               toda célula viva

                                          Aleluya".

 

Antonio Cisneros (Perú, 1942), en este autor la Biblia es una presencia explícita en un número importante de poemas. Se recrean temas y figuras; hay epígrafes y ritmos que parafrasean los de los textos sagrados.

 

El poema David (4) es una versión de la historia de David, relatada por Samuel. Un epígrafe textual del II Libro de Samuel, Cáp. 23, inicia el ciclo de poemas. Los personajes bíblicos: Saúl, Goliat, David, Betsabé, Drías, Nabí, Absalón y Eliú surgen sin descripcio­nes, cada uno en su rasgo más peculiar. Con una breve frase se da cuenta exacta de su esencialidad y su acción central.

 

La historia relatada es una intrahistoria que pierde los rasgos propios de temporalidad, de su ocurrir, para entremezclarse con el presente del poema. El tiempo se torna absoluto. Así, por ejemplo, se afirma: "Su pecado fue histórico". Y poco más adelante:

 

"En vano ha muerto el profeta (...)

Su corazón es una higuera".

 

La canción de Nabí, Canto al Señor y Canción del lobo, que se insertan al interior de la paráfrasis bíblica numerada, interrumpién­dola y constituyéndose en la explicitación del sentido universal de los hechos aludidos. Son textos escritos en presente que tienen vigencia atemporal. Son voces bíblicas y al mismo tiempo las del hombre de hoy, que escribe el poema. Es una apretada síntesis poética de una larga historia en que el Señor perdona al rey, pero

 

"su reino era una sombra,

Dios había callado

o muerto".

 

Un nuevo sentido se cierne sobre el texto bíblico, sentido que le viene de la proyección del modo de estar en el mundo del hombre del siglo XX.

 

Dos poemas sobre Jonás: "Poema sobre Jonás y los desalie­nados" y "Apéndice del poema sobre Jonás y los desalienados", son actualización del relato bíblico y de expresión de la angustia del hombre encerrado en un mundo, en el cual siempre se habla de lo mismo:

 

"Pero si los hombres no quieren hablar siempre de lo mismo,

tratarán de construir un periscopio para saber

cómo se desordenan las islas y el mar".

 

Cisneros, después de una alejamiento de la fe, vuelve a su primera religiosidad, experiencia que provoca un cambio en su modo de poetizar, modo que puede caracterizarse como el de una poesía no individual sino colectiva.

 

Dice con mucho acierto Alberto Escobar (5) "el poeta no es el autor ni el emisor, sino es solamente la voz, la mano que consigue al mismo tiempo varias voces que configuran una narración perci­bida y reencontrada por los oyentes. La poesía es verdad, palabra compartida con la comunidad; oración transcurrida en la memoria y las tinieblas. Verdad o luz es la poesía narrada por Cisneros".

 

Armando Uribe (Chile, 1930). La presencia de la Biblia en Uribe se intensifica en el avance de su obra a la madurez. Su último libro Por ser vos quien sois (6) gira en torno a la pregunta de la propia identidad y el destino. Hay poemas en los cuales lo sagrado se desacraliza, en que se transgrede la verosimilitud instaurada por la tradición religiosa. Hay, a la inversa, otros, que alterando o no el texto religioso precedente, manifiestan la nostalgia de lo trascen­dente, de lo divino, el anhelo de una respuesta posible al problema existencial.

 

La precariedad del ser humano lo hace volver sus ojos al que ES con mayúsculas, al Dios de la zarza ardiente de Moisés. Pese a la brevedad del libro, se cierne sobre él la fuerza explícita del Texto Sagrado: relatos, figuras, formas epigramáticas, versículos; Salo­món, David, Jacob, Cristo, el Cantar de los Cantares.

 

Lugares como Bet El y reiteradamente Job como arquetipo del hombre doliente del siglo veinte, y como contrapartida de éste, en cuanto a símbolo del afincarse en la esperanza. El hombre de hoy que se rebela frente a su destino, pero que en última instancia, en estos poemas sabe que la única esperanza verdadera se da en un Dios trascendente, en el cual radica la plenitud del ser:

 

"Por ser vos quien sois

y no ser yo quien es

ya no sé adonde voy

(llévame de una vez)".

 

En la poesía chilena hay una línea religiosa, que, partiendo de Mercedes Marín del Solar en el siglo XIX, se ha mantenido a través de diversas voces en el transcurso del presente siglo. Una línea de poesía existencial y religiosa, cuyos procedimientos reiteran la tradición, en las formas retóricas y el recurso de incorporar textos preexistentes en los actuales. Esa línea poética pasa por Prado, Cruchaga, Santa María, Gabriela Mistral, Huidobro en su libro Adán, Humberto Díaz Casanueva en La Estatua de Sal, Miguel Arteche con su poesía apocalíptica, y se instala en los poemas, por ejemplo, con el símbolo del agua como purificación, en Hugo Montes, Rosa Cruchaga, José María Memet y Jaime Quezada, con la presencia de múltiples textos bíblicos, la asunción de una voz profética y la nostalgia de salvación para el hombre actual.

 

Búsquedas, esperanza cumplida o desesperanza ponen la tradición bíblica y la vigencia de los textos sagrados como algo que permanece pese a los más variados avatares de la vida humana.

 

Nota:

Este capítulo fue escrito por los profesores Francisco Aguilera y Ana María Cuneo, del Departamento de Literatura de la Universidad de Chile. El autor les agradece su colaboración.

 

(1) Manera de organizar las historias relatadas y su puesta en escena por los narradores, manejo del tiempo tanto del narrar como del ordenamiento de los hechos imaginarios.

 

(2) En manuscrito inédito reproducido por Roque Esteban Scarpa: Una mujer nada de tonta, Santiago de Chile, Fondo Andrés Bello, 1976

 

(3) Leopoldo Marechal: Odas para el Hombre y la Mujer. Bs. Aires, Editor Gleizer, 1929.

 

(4) Antonio Cisneros, Por la noche los gatos, Poesía 1961-1986, México, Tierra Firme, 1989.

 

(5) “Sobre Antonio Cisneros”, INTI, Revista Hispánica Nº 18, 19 Providence Collage, 1984

 

(6)Armando Uribe, Por ser vos quien sois, Santiago de Chile, Editorial Universitaria, 1989.

 

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