LA MÚSICA Y LA BIBLIA

 

 

El título de este capítulo ofrece por lo menos dos posibilidades para la interpretación. La primera es la música en la Biblia y como tal, parte del Cercano Oriente; es decir, una comprensión clara de la interrelación entre diferentes culturas. El segundo tema es: inves­tigar la influencia de la Biblia en la música universal, es decir, la elaboración de temas bíblicos o inspirados por la Biblia.

 

Es nuestra intención presentar la Biblia como parte de la historia cultural de la región y de la época, dónde y cuándo se formó, y nos extenderemos más en este tema; y haremos, sólo referencia al otro, el cual es más conocido.

 

Hay varios obstáculos que dificultan tratar el primer punto. Es un hecho histórico que los judíos, casi siempre en el curso de su historia, estuvieron en contacto estrecho con otros pueblos, incluso durante la existencia de su propio Estado. Al no existir la anotación de las melodías reales y prohibirse la creación de imágenes en los libros bíblicos, los investigadores no pudieron conocer la música hebrea antigua y ninguna representación de los instrumentos mu­sicales ha llegado hasta nosotros. Ni siquiera los nombres de los instrumentos usados en épocas bíblicas han sido identificados todavía en forma definitiva.

 

La quema de libros judíos en la Edad Media, y también en los tiempos modernos, nos ha despojado de una gran cantidad de importantes fuentes teóricas y de antiguos manuscritos, hecho que acrecentó la escasez del material en este campo.

 

Desde los albores de su historia y hasta los comienzos del primer milenio de la era precristiana, Israel fue un pueblo formado por tribus nómadas y pastores. Sus Patriarcas, sus Jueces y sus primeros Profetas y Reyes fueron hijos de labradores de la tierra. Sólo con el desarrollo de sus ciudades y con el surgimiento de la monarquía, comenzó a desenvolverse la civilización urbana, y con eso, la poesía y las canciones pastoriles llegaron atener aceptación en el arte y la música urbanas y cortesanas.

 

No tenemos fuentes pictóricas de la música escrita, que nos ayuden en nuestros esfuerzos de reconstruir el cuadro del arte musical y tampoco, de la canción hebrea antigua. Para conocerla, debemos limitarnos a comparaciones con los países vecinos y sus culturas, y utilizar los pocos indicios reales que figuran en los primeros libros de la Biblia.

Los vecinos de los judíos eran los sumerios, los egipcios y los pueblos de Mesopotamia y más adelante, también los babilonios. Investigando la cultura musical de esos pueblos, nos parece que Israel, ya en aquella época, representaba el papel de intermediario entre los pueblos y las civilizaciones.

 

La antigua civilización de Sumer tuvo sistemas y una organiza­ción musicales muy desarrollados. Funcionarios especiales ense­ñaban a cantantes y a músicos profesionales a prestar sus servicios en los templos y, para este fin, mantuvieron escuelas musicales, que más tarde pasaron también a los babilonios. Se sabe que usaban platillos, címbalos, campanillas, matracas, tambores primitivos, tu­bos, cuernos y trompetas, un tipo de lira de gran tamaño, arpa y laúd. Cabe mencionar que gran parte de los instrumentos musicales de Sumer, conocidos hoy, fueron encontrados en las excavaciones de la ciudad de Ur, lo que es importante para nuestro objetivo, porque, según la Biblia, Abraham vino de la ciudad de Ur y se supone que él conocía, por lo menos, una parte de ellos.

 

El antiguo Egipto conocía los mismos instrumentos musicales que el antiguo Sumer, aunque no hubo contacto directo entre los dos países desde 2700 a. C. hasta 2000 a. C., es decir hasta la época de Abraham. El instrumento favorito de los sumerios en esa época, la lira, aparece por primera vez en un mural egipcio de ese mismo período. Figuran allí semitas nómadas, entre ellos aparentemente algunos hebreos, ofreciendo presentes al Faraón, y entre los pre­sentes entregados, una lira.

 

Aunque se supone que los Hijos de Israel actuaron como vínculo entre los sumerios y los egipcios, mientras vivían en forma nómada no pudieron desarrollar su propia cultura musical. Cuando cambiaron su forma de vivir, formaron una comunidad organizada con un centro cultural, ya sea éste el Templo o la Corte Real. Esto ocurrió en la época de los Reyes.

 

Al leer la Biblia, se advierte que los antiguos hebreos gustaban del canto, de la música y de la danza y los consideraban como indispensables en la alegría y en la pena, en las fiestas y en los trabajos del campo, incluso en el culto.

 

El Génesis menciona a Jubal como padre de todos aquellos que manejan arpa y órgano (Cáp. 4.21). En una leyenda árabe Jubal está mencionado como autor de la primera canción pronunciada con motivo de la muerte de Abel. Lamak (Lamej en hebreo) está considerado como el inventor del laúd, y Tubal, hermanastro de Jubal, como acicalador de toda obra de metal y hierro (Gen. 4. 22). Según otra tradición antigua, mencionada por Bar Hebraeus en el siglo XIII, las hijas de Caín inventaron los instrumentos musicales y fueron ellas las primeras niñas cantoras quienes desempeñaron en la música oriental, y especialmente en la árabe, un papel muy importante. Las muchachas cantoras no sólo interpretaban senci­llos patrones melódicos, con acompañamiento rítmico de algún instrumento, sino que también bailaban. Según algunos musicólo­gos fueron ellas quienes inventaron la cantilación, que durante milenios y hasta nuestros días, es parte de la música litúrgica.

 

La Biblia guarda la memoria de mujeres cantantes quienes, además, tocaban y bailaban: Miriam y sus compañeras respondie­ron al Himno de Triunfo de Moisés (Ex. 15. 20-21); la canción de victoria y regocijo de Débora (Jueces 5.1-31); la hija de Jefté dando la bienvenida a su padre (Jueces 11. 34); las mujeres de Israel salieron cantando a recibir al rey Saúl después que David venció a Goliat (I Samuel 18. 6-7).

 

Los instrumentos musicales de la época nómada, menciona­dos en la Biblia son: "ugab", alguna especie de flauta; "kinor", instrumento de cuerda para acompañar a los cantantes, tal vez era una pequeña lira; "tof", tambor de marco; "paamon", campanilla o cascabel; "shofar", cuerno de carnero, y "jatzotzra", trompeta sono­ra. La flauta, la lira y el tambor, ninguno de sonido fuerte, eran los instrumentos populares para acompañar sus canciones. La campa­nilla, el cuerno y la trompeta eran instrumentos agudos y resonantes para el culto (Num. 10.1-2 y 9-10; Ex. 28. 35). Cabe mencionar que la campanilla es un vestigio de creencias mágicas y protege al sacerdote contra los malos espíritus; todavía sobrevive en la misa de hoy en muchas iglesias. El shofar era el único instrumento de culto, usado todavía hoy por los judíos en sus fiestas más sagradas (Año Nuevo, Día del Perdón) y en otras ocasiones importantes.

 

El poder mágico de siete shofarim tocados siete veces en el séptimo día del sitio de Jericó, hizo desplomar el muro de la ciudad (Josué 6. 20). El juez Gideon amedrenta a sus enemigos, a los medianitas, con el sonido del shofar (Jueces 7. 16-22). Zacarías anunciaba que Dios tocaría trompeta en el día de la Redención de Israel (9.14).

 

La construcción del Templo durante el reinado de Salomón y la transformación de Jerusalén no sólo en centro del culto sino también en centro socio-cultural, causó grandes cambios en la vida musical de Israel, reflejo de los que desarrollaron los pueblos vecinos, especialmente Egipto. Y en esto no había novedad alguna, pues los judíos, aunque todavía eran sirvientes y esclavos, tuvieron amplia oportunidad de entrar en contacto con la civilización alta­mente desarrollada y con la cultura floreciente de sus opresores. Esta relación existió también durante el tiempo de los reyes.

 

El Antiguo Imperio egipcio tuvo una música similar a la de Sumer, pero durante el período del Imperio Medio se vio afectada por la afluencia constante de artistas extranjeros, especialmente de los países de Asia Sudoriental, subyugados por Egipto.

 

Pronto cambió la situación. Nuevos instrumentos y un nuevo estilo transformaron la tranquila y plácida música en ruidosa, exci­tante y multicolor. Fue diferente también el status de la música: mujeres egipcias empezaron a tocar instrumentos musicales y abolieron el privilegio que confinaba la música y el canto profesional a la clase superior.

 

El Imperio Nuevo ofrecía un aspecto muy distinto. Se mantuvo, aparentemente, la dignidad de la antigua música ritual en los tem­plos y escuelas. Pero la vida pública resonaba con la nueva música y los instrumentos aún más ruidosos del Asia Menor. Se desarrolló una vida musical organizada, no sólo en los templos, sino en los círculos mundanos. Se formaron orquestas con 26 instrumentos diferentes, entre ellos dos, el sistro y el clarinete, eran autóctonos (II Sam. 6. 5). Se supone que los mismos instrumentos eran utiliza­dos en toda la zona mediterránea.

 

Los judíos absorbieron lo que les parecía lo mejor de las civilizaciones foráneas y lo introdujeron en su práctica, dándole un carácter específico. En la misma forma que la mayor parte de sus antiguas leyendas y costumbres, religiosas o nacionales, provenían de una fuente común oriental, pero modeladas e interpretadas con un nuevo espíritu. Ellos introdujeron en el culto del Templo, poesía y arte que revistieron con tono individual y característico; colocaron los cimientos sobre los cuales, unos mil años después del Templo de Salomón, la civilización occidental basó su estilo musical.

 

En la época de los Reyes, la historia judía experimentó el mismo proceso de transición que había ocurrido en Egipto unos 600 años antes. La intromisión extranjera y el desarrollo de la vida urbana terminaron con la calma pastoril de la música e introdujeron el esplendor del sonido orquestal y de la música de baile; instrumen­tos más expresivos y ruidosos reemplazaron la flauta y la lira. El libro de Daniel nos informa sobre algunos nuevos instrumentos (Cáp.. 3. 5-7). El mismo texto nos sugiere que ya existía algún tipo de arreglo musical: primero, cada instrumento sonaba por separado y luego, todos juntos, incluso aquellos que no estaban mencionados, pero estaban presentes en la orquesta. Todo eso era similar al canto responsorial (Ex. 15. 20-21). La música vino a ser una profesión, ejercida por una casta religiosa (levitas) en el Templo y por mujeres profesionales en la casa del rey o de los nobles acaudalados, y la invención de melodías se vio sujeta a sistematización y a una teoría racional y espiritual.

 

Aparentemente, hasta la época de los Reyes, no fabricaron instrumentos musicales con materiales locales en el territorio de Palestina, pues vemos que David encargó instrumentos de ciprés del Líbano, y las arpas y liras de Salomón estaban hechas de la madera de Ofir. Ciertos documentos muestran que había intercam­bio con Asiría, Arabia, Egipto y Fenicia, que se extendía también a lo cultural. Así también en la música, que había progresado mucho y llegó a ser un elemento dominante del culto del Templo.

 

En la poesía y en el arte de las épocas posteriores, el Rey David ha venido a ser la figura simbólica como patrono de la música sagrada, y los Salmos, atribuidos a él, se cantan por todo el orbe civilizado. Ellos constituían la espina dorsal del culto musical del Templo. El canto de los Salmos luego se hizo popular en todos los centros orientales y occidentales de la Iglesia, y el obispo San Juan Crisóstomo expresó la opinión general al escribir hacia el año 400 d. C.: "Si los fieles hacen vigilia en las iglesias, David es el primero, mediano y último. Si al amanecer alguien quiere cantar himnos, David es el primero, mediano y último. En entierros y procesiones fúnebres, David es el primero, mediano y último. En los santos monasterios, entre las filas de los guerreros celestiales, David es el primero, mediano y último. En los conventos de doncellas, imitado­ras de María, David es el primero, mediano y último".

 

Los Salmos han inspirado una multitud de composiciones musicales en todas las épocas; David con su lira es un motivo que ha atraído a los más grandes escultores y pintores del mundo.

 

La creencia popular atribuye a David no sólo la organización musical del Templo y la creación y canto de los Salmos, sino también la invención de instrumentos musicales (I Cron. 7. 6 y II Cron. 23. 5). El profeta Amos fustiga a gentes disolutas que "inven­tan instrumentos musicales, como David" (Amos 6. 5). La religión judía, y más tarde también la cristiana, vieron en David la personi­ficación del esplendor musical del Templo y en pinturas medievales y posteriores se lo ve ejecutando en una gran variedad de instru­mentos musicales. Es innegable que con el reinado de David comienza la historia de la música hebrea, así como la historia de la más alta civilización de Israel.

 

La música del Templo era un exponente del sistema modal de alto grado de perfección y, hasta cierto punto, todavía sobrevive en los templos judíos y cristianos. En la primera etapa del desarrollo musical, los patrones melódicos que sustentaban la melodía modal, se componían de motivos adecuados a ciertas líneas del texto; en la etapa subsiguiente se adaptaban a las palabras o frases breves; las melodías populares parecen haber servido para la formación de éstas.

 

La sistematización de la música en Egipto proveyó las bases de la teoría musical hebrea, en la que determinados modos y motivos estaban destinados solamente a la lectura de las distintas partes de la Biblia.

 

El desarrollo cultural se notaba en las ciudades, especialmente en Jerusalén, y no llegó al pueblo del campo. Fuentes bíblicas hablan sólo de la música en la Ciudad Sagrada, presentada por los músicos que servían en el Templo y en la Corte Real. No obstante, tanto los cantos del pueblo como sus acompañamientos musicales debían de haber evolucionado por lo menos hasta cierto punto, bajo la influencia de la música del Templo, pues ellos podían escucharla durante sus peregrinaciones a Jerusalén.

 

Los levitas, portadores de la cultura musical, reclutaban can­tantes e instrumentistas entre la gente del pueblo; se supone que existían escuelas preparatorias regionales en las cuales los even­tuales músicos del Templo recibían una enseñanza, que beneficia­ba también a otros sectores de la población.

 

Los textos bíblicos de la época mencionan nuevos instrumen­tos musicales (I Cron. 15.16-24): "nebel" arpa; "metziltaim" címba­los; "kinor" lira; "asor" instrumento de diez cuerdas (¿cítara fenicia?); "jalil" flauta (¿oboe doble?); "tzeltzelim" címbalos de bron­ce; "menanim" seistron; y lo que no ha sido identificado hasta hoy, la "magrefa" (¿órgano?).

 

Una vez que el Rey Salomón hubo terminado todas las obras del Templo, e introducido todo lo necesario para el culto, lo consa­gró. Los sacerdotes y la congregación se reunieron ante el Arca y los levitas dieron comienzo al oficio musical: "El número de ellos, con sus hermanos instruidos en la música del Señor, todos los aptos, era de 288, divididos en 24 clases, bajo la dirección de sus padres (I Cron. 25. 6-7; II Cron. 5.12-14; II Cron. 7.6).

 

Tenemos información posterior, por intermedio del Talmud, que los levitas entonaban una melodía diferente cada uno de los siete días de la semana; que las trompetas sonaban en ciertos momentos del sacrificio cotidiano, para invitar al pueblo a adorar a Dios y hacer saber en qué momento del servicio cantarían los levitas.

 

El coro, compuesto como mínimo de 12 cantores, entre 30 y 50 años de edad, estaba situado en una tarima. El número mínimo de la orquesta era 12, es decir la música ha sido realizada por doce vocalistas y doce instrumentistas; pero en actos importantes, su número era mucho mayor. La orquesta tenía por función acompañar el canto; los címbalos, además, marcaban los intervalos. No se tocaban tambores en el Templo. No hay alusión a la participación de mujeres en el coro o en la orquesta, aunque en las ceremonias fuera del Templo, participaban en la parte musical. Se menciona también una danza ritual en la época de David, pero parece haber caído en desuso más adelante.

 

Las fuentes nos suministran un cuadro bastante claro del servicio musical del Templo, pero no han llegado a nosotros las melodías cantadas y tocadas. Aun así, podemos tener una idea, más o menos real, sobre el canto y la ejecución musical. Lo que conocemos en este terreno se refiere al período postexílico, es decir, a la época del Segundo Santuario. Se dice que muchos levitas permanecieron en Palestina, especialmente en los suburbios de Jerusalén, durante los 48 años del exilio babilónico (586-538 a.C.) y fueron ellos, o sus descendientes, quienes reconstruyeron el servicio del Segundo Templo en conformidad con la antigua tradi­ción. Sin embargo, parece que el canto antifonal que caracterizó más adelante la liturgia judía, así como la música de la Iglesia, se desarrolló en el servicio más definido y más sistemático del Segun­do Templo.

 

Es indudable que los himnos y cantos eran ejercitados en antifonía, es decir, con los coros que se alternan y contestan los unos a los otros. Los primeros ejemplos de ese tipo de canto que aparecen en la Biblia, son la canción de Moisés y de Miriam luego del cruce del Mar de los Juncos (Ex. 15); el festejo de la victoria de David sobre los filisteos (I Sam. 18. 7), y el momento del retorno de Babilonia (Nehemías 12. 31-45). El carácter altamente sentimental de la antigua música hebrea queda testimoniado por la poesía y la prosa de la Biblia, pero como los profetas subordinaban la expre­sión y la forma externa a las exigencias morales de sus mensajes, ellos no mencionan la música, lo que no significa que no la hubieran apreciado. Es de suponer que todos, o casi todos los motivos y melodías aplicados en el Templo, eran cantos populares, algunos hasta de origen foráneo y, posiblemente, los principales músicos entre los levitas los modificaron y "canonizaron" su uso.

 

La helenización del Cercano Oriente trajo consigo ciertos cam­bios en el carácter exterior de la música litúrgica judía. Los levitas retenían su tradicional oficio como dirigentes y maestros de la música. El canto en el Templo siguió siendo su privilegio exclusivo y se dice que jamás revelaron los secretos profesionales de su arte. Las formas del canto, la antifonía tradicional de toda especie, han sido preservadas; las habían cultivado también los griegos y las recogieron luego los romanos para el servicio en la Iglesia. Sólo en los primeros siglos de la era cristiana ocurrieron dos cambios importantes en el desarrollo de la música litúrgica: el estilo del canto cobró un carácter distinto y una rígida división separó la música secular de la música religiosa.

 

Las distintas formas del canto y de la ejecución musical, tanto en los dos Templos como en las sinagogas posteriores, fueron factores decisivos en el desenvolvimiento de la música litúrgica occidental, pues los primeros oficiantes cristianos se habían forma­do en las casas de oración judías y no hicieron más que ajustar la antigua costumbre a una nueva finalidad, manteniendo la antifonía y la salmodia entre las dos partes de! coro dividido, el responso entre el oficiante y el coro, el gradual en la escalinata del altar, etc. Adoptaron los signos de manos y los acentos —neuma—, (en hebreo neima = canto), y también diferentes melodías para diferen­tes textos y diferentes ocasiones (cantilación).

 

Una prueba de la influencia mutua que caracterizó el desarrollo de la sinagoga y de la iglesia fue la fundación de escuelas musicales cristianas y en la iglesia, la institución de un lector y un cantor, alternándose en plegaria y canto.

 

Llegó un momento en que la primitiva iglesia cristiana tendió a reducir al mínimo la parte musical del servicio, porque se fortificó la influencia foránea en ella. Así comprendemos por qué Clemente de Alejandría, Padre de la Iglesia a principios del siglo III, exhortaba a los cristianos a que abandonaran las armonías y modulaciones "cromáticas" y las melodías turbulentas, y volviesen al sobrio arte modal de los Salmos de David. Sabemos con exactitud que la exclamación "Kyrie Eleison" (Ten piedad, Señor) proviene de los ritos del sol y pasó, a través del templo judío, a la liturgia cristiana.

 

No puede olvidarse la gran importancia de la música bizantina en la cristiana; pero las mismas autoridades religiosas bizantinas declararon que sus salmos, su sistema musical y su modo de cantar, así como las formas del canto, derivaban del arte del Rey David y del Rey Salomón.

El arte musical fue un factor dominante en el desenvolvimiento cultural de Europa y algunos sostienen que la historia de la música occidental propiamente dicha comienza con la difusión del canto litúrgico, llamado gregoriano (siglo VI). Así llegamos a la segunda interpretación del título de este capítulo, la que mencionamos sólo en forma tangencial, porque centenas o miles de obras de musico­logía tratan este tema y no se puede hacer en forma tan corta como en nuestro libro. No mencionamos las "Misas" de casi todos los grandes compositores, sino sólo los Oratorios.

 

La palabra "oratorium" señala originalmente la sala en que los feligreses se congregaban para rezar y más tarde, para evocar la historia de algunas grandes personalidades de la Biblia, por medio de una presentación teatral de carácter religioso. Más tarde, la obra fue acompañada por música - por supuesto de carácter religioso -y luego los grandes compositores escribieron grandes obras musi­cales para orquesta, coro y solistas, tomando textos directamente bíblicos o textos literarios basados en las narraciones de la Biblia.

 

Hay unos pocos oratorios en que el tema no es bíblico, tampoco religioso. Los cantantes no hacen teatro y tampoco hay arreglo escénico. Mientras la ópera es de carácter dramático, el oratorio es una mezcla de drama y épica. Los compositores más famosos de oratorios fueron Haendel, Mozart y Bach.

 

Hay óperas, dramas musicales y también cantatas compuestas a base de acontecimientos, personas o textos bíblicos. Todas, junto a los oratorios y misas musicales, contribuyeron a la formación y al enriquecimiento de la cultura occidental.

 

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