LA GEOGRAFÍA BÍBLICA

 

Los sucesos históricos que dejan hondas cicatrices en la su­perficie de un país, dependen del valor estratégico que ofrecen como campo de guerra para las grandes potencias.

 

Las características físicas y sicológicas de su población son moldeadas por el contacto con las demás naciones. De ahí que, para apreciar en su justa perspectiva las fuerzas que determinan el desarrollo histórico de un país, es preciso extender las investigacio­nes mucho más allá de sus fronteras.

 

El lugar que ocupaba Canaán en la historia es consecuencia de la yuxtaposición de tres factores geográficos: su posición, su configuración y su superficie. Por su situación geográfica, Canaán constituía el puente entre Asia y África, la intersección del Océano Indico y el Mediterráneo, y así la salida a Europa.

 

Con una extensión de entre 20.000 y 25.000 kilómetros cuadra­dos, el país se llamó en distintas épocas Canaán o la "Tierra Prometida" y luego, Palestina y Judea. Yace entre las dos grandes cunas de la civilización: la Mesopotamia al oriente y el valle del Nilo al occidente. Está situado entre los dos grandes imperios de la Antigüedad, Asia occidental y Egipto. Constituía el extremo noreste de la Península Arábica, flanqueado por la vasta extensión del desierto por un lado y del otro, por el mar. No hay obstáculos naturales que impidan la entrada por el norte ni desde el sur, por consiguiente la planicie litoral era, desde tiempos inmemorables, la ruta preferida de las caravanas de mercaderes. Fue atravesada a menudo por los ejércitos extranjeros y se transformó en campo dé batalla de grandes imperios.

 

El país ha sido invadido desde todos los puntos cardinales: del occidente llegaron los pueblos del mar o filisteos, y del oriente los nómadas semitas, las tribus de Israel y más tarde los beduinos árabes.

 

En la Antigüedad, por muchos siglos, Canaán fue considerado el centro del mundo, cruce de tránsito del comercio internacional y punto de reunión de las grandes civilizaciones. No es extraño que las tres grandes religiones monoteístas que nacieron dentro de sus confines: el judaísmo, el cristianismo y el islamismo se convirtiesen en religiones universales.

 

Los otros dos factores esenciales son la configuración y la superficie de un país. El paisaje de Canaán abarca en su reducido territorio todos los caracteres geográficos: praderas fértiles y áridos desiertos, valles, colinas y montañas. Climas moderados, cálidos y tropicales, y también algo único - el Mar Muerto - la depresión más profunda del mundo y un riquísimo depósito de minerales.

 

Canaán es una estrecha franja, mucho más larga que ancha: entre la llanura litoral y el valle del Jordán se eleva una cadena de montañas atravesada por una sola ruta, la que sigue a los valles de Galilea. Dividido de esta suerte en pequeñas unidades geográficas, el país se consolidó en una entidad bajo una autoridad común sólo durante breves períodos. Su superficie reducida y su escasa población nunca le permitieron desempeñar un papel inde­pendiente en la política internacional.

 

Desde el punto de vista geomorfológico, dos factores determi­nan su paisaje. El país es parte integral de la costa mediterránea, pero al mismo tiempo pertenece a la depresión afroasiática. Por consiguiente, la tierra de Canaán ofrece enorme variedad topográ­fica. El rasgo principal de su relieve está constituido por las franjas que corren paralelamente de norte a sur y cada una de ellas puede subdividirse a su vez a base de accidentes locales. La llanura litoral comienza al norte en forma de una franja relativamente angosta, denominada la llanura de Ako, que actualmente se llama Emek Zebulon, y se extiende en dirección al este por los valles de Galilea. Está cortada al sur por el Monte Carmelo. La estrecha llanura del Carmelo se expande gradualmente en las llanuras de Sharon y de Shebera. Su costa constituye en toda su extensión un eslabón entre las bajas playas del sur y los empinados peñascos de la parte norte del Mediterráneo. La llanura litoral se eleva lentamente al aproximarse a la cadena montañosa central, región de altura me­diana de unos 1.000 metros en promedio, quebrada a consecuencia de movimientos subterráneos en Galilea y atravesada por numero­sos valles.

 

El anticlinal tiene interrupción de continuidad y sigue la dirección general de la línea costera. Al sur corre de sudoeste a noroeste y en el centro del país su dirección es de sur a norte. En el lado este, las sierras descienden abruptamente hasta el valle del Jordán que forma parte, junto con la Vadi Aravá, de la depresión intercontinental.

 

En el desierto meridional del Neguev el clima impone un sello uniforme, formando una zona desligada topográficamente de las regiones anteriores.

Según las características geomorfológicas del paisaje, se pue­de dividir el país en las siguientes regiones:

 

1) la llanura litoral;

2) el Valle del Jordán;

3) la Galilea;

4) la Llanura de Yezreel;

5) el Corredor de Jerusalén;

6) el Neguev, el desierto de Judea y la Arava.

 

Entre las montañas más conocidas de la tierra del antiguo Canaán, está por el norte al lado de la frontera entre Siria y Palestina, el Monte Líbano, de 3.000 metros de altura, casi siempre cubierto de nieve. Al este está el Anti-Líbano, cuyo punto más alto es el monte Hermon de 2.759 mt.

 

El sistema de montañas de todo Canaán es continuación del Líbano; sus formas y colores son muy variados. Al cordón del Líbano se liga el Monte Meron de 1.200 metros de altura, cerca de la ciudad que lleva el mismo nombre, que es un punto bastante alto de Israel.

 

Al margen derecho del Jordán, casi en el centro de Canaán, está el Monte Efraím, cuya extensión es Gilboa donde el rey Saúl perdió no sólo la guerra contra los filisteos, sino su propia vida y perecieron también sus hijos.

 

En la parte noroeste está el monte Carmelo. No es famoso por su altura, de sólo 552 metros, sino por su ubicación, que lo convierte en el monte más panorámico y más pintoresco de Palestina. La poesía bíblica utiliza su forma y su presencia como un símbolo; en la historia del profeta Elías también representaba un papel intere­sante. A veces encontramos su descripción también en escrituras de clásicos antiguos: el célebre matemático y filósofo Pitágoras admiraba su belleza y lo mencionó en varias de sus obras. Para algunos esenios y cristianos, que querían vivir alejados de la ciudad, este monte ofrecía un lugar donde podían vivir aislados; según la tradición, la Orden de las Carmelitas de la Edad Media comenzó sus actividades allí.

 

Otro monte es el Tabor, de 662 m de altura, a 10 Km. de Nazaret hacia el este. Durante las Cruzadas los sarracenos lo transformaron en una fortaleza de mucha importancia estratégica y por las luchas allí libradas entró en la historia medieval.

 

En la Samaria antigua, el Monte Guerizim de 860 m de altura, junto al Monte Ebal, circundaba la capital de esta parte del país, Siquem. Según la tradición, después de la conquista de Canaán, Josué había dado lectura a la Tora para el pueblo, al lado del Monte Guerizim.

 

Al lado izquierdo del Jordán está el Monte Guilead, de alrede­dor de 600 metros de altura, del cual recibió el nombre una región. También está cerca el Monte Nebo donde -según la tradición-murió Moisés. Debió subir a este monte para mirar la tierra de Canaán, pero no pudo entrar en ella.

 

Y, por supuesto, hay que mencionar los montes de Sión, de los Olivos y del Gólgota, los cuales trataremos al hablar de Jerusalén.

 

Hay varios ríos o riachuelos que desaguan en el Mediterráneo: el Kishon, el Solek y el Besor son los más conocidos.

 

Al margen derecho del Jordán, están los ríos Kelit y Kidron y al izquierdo, el Yarmuk y Yapuk. El río más importante es el Jordán, que nace de cuatro fuentes a los pies del monte Hermon y tiene 220 Km. de recorrido. Su importancia bíblica en el Antiguo y en el Nuevo Testamento es muy grande y es fundamental en la vida económica de Palestina. Según las descripciones bíblicas, tenía también im­portancia estratégica en las guerras conquistadoras de Josué, y figura en la historia de Elías, de Elisa y de Elíseo como lo menciona el Segundo Libro de los Reyes (2.7).

 

Llegado de Galilea Jesús fue bautizado en él por Juan Bautista, como nos informa el Evangelio de Mateo (3.13). Para recordar este acontecimiento muchos que llegan a la Tierra Santa como peregri­nos se acercan al Jordán cerca de Jericó donde, según la tradición, se bautizó Jesús. Se bañan allí en un acto simbólico para librarse de sus pecados. El camino del Jordán en la planicie de EI-Gor es bastante sinuoso. Se pueden ver varias cataratas, porque llega al Mar Muerto, a 390 m bajo del nivel del mar.

 

En cuanto a los lagos del país, el primero, siguiendo el camino del Jordán, al norte, es el lago Meron, situado a 18 Km. del lago de Guenesaret, que es el primero que recibe el agua del Jordán. Mide 10 Km. de ancho y 20 Km. de largo. Es el lago más conocido en el Nuevo Testamento porque la vida de Jesús se desarrolló en su mayor parte al lado de este lago y allí predicaba. La mayoría de sus primeros discípulos eran pescadores que vivían a orillas de este lago. La arqueología ha descubierto varias ciudades antiguas en este lugar, como Tel Jum, Cafarnaum y El Magdel, de donde vino Magdalena. Hace poco se encontró allí un barco de madera, que según los arqueólogos, es de la época de Jesús.

 

El Mar Muerto, de gran importancia económica hoy, también es muy mencionado en la Biblia. Los Rollos del Mar Muerto, reciente­mente descubiertos, tienen suma importancia para conocer la vida de los primeros esenios, alrededor de 200 a. C. Se supone que al lado de las cuevas del Mar Muerto todavía quedan muchos lugares arqueológicos por descubrir, que podrían ampliar nuestro co­nocimiento de esta época de la historia de la humanidad.

 

El Mar Muerto merece su nombre por su contenido de minera­les, que les dan un sabor muy amargo a sus aguas. No hay vida alguna en el agua ni al lado de la costa. Tampoco se ven pájaros. No es muy grande, apenas de tamaño mediano. Recibe agua del Jordán, del Amón y del riachuelo Kedron. Está rodeado de rocas calcáreas donde se han formado cuevas, natural o artificialmente, en que se encontraron los Rollos del Mar Muerto (Qumrán). Algunos consideran que en la llanura meridional que sigue al Mar Muerto, podría haber existido Sodoma y Gomorra; los científicos están buscando sus ruinas.

 

Puesto que Canaán se encuentra al borde del desierto, su civilización, durante toda su historia, giró en torno a la preocupación por el agua. Desde los tiempos más remotos hubo lagos artificiales, a veces producto de obras de drenaje, o construidos para conservar el agua o como depósitos de agua de lluvia.

 

Las aguas subterráneas se acumulan en estratos geológicos de roca impermeable, ubicadas al pie de las cadenas de las mon­tañas y en los vadis. En los lugares donde el estrato impermeable llega a la superficie, el agua surte en forma de manantiales o pozos artesanos; en otras regiones es preciso cavar norias y en algunos casos hay que llegar a una profundidad de 80 metros antes de encontrar agua.

 

En la Palestina antigua, el agua era condición sine qua non para construir ciudades, o cualquier otro lugar de asentamiento humano.

 

El pozo que podía suministrar agua significaba vida, desarrollo" florecimiento. Como es lógico, por conseguir agua se libraron mu­chas veces guerras bastante importantes no sólo entre familias o tribus, sino también entre pueblos grandes. De ahí que, según la Biblia, el agua ha podido causar envidia, hostilidad o guerra, lo que vemos en la historia de Abraham e Isaac. Los judíos liberados de la esclavitud de Egipto y siguiendo su camino en el desierto sufrieron mucho por la falta de agua, lo que los llevó a rebelarse contra Moisés y contra Dios. Es verdad que cuando encontraron un pozo con agua abundante, alabaron a Dios con un cántico (Números, Cáp. 21).

 

El papel del pozo era también social. Allí se encontraban los vecinos, esperaban las caravanas para comprar o vender mercade­rías, intercambiaban noticias, firmaban contratos, incluso buscaban y encontraban novias (Eliezer para Isaac en la persona de Rebeca). Jesús conversó con la samaritana al lado del pozo de Jacob e hizo referencia a su carácter mesiánico (Juan 4. 5-10), etc.

 

En cuanto a clima, el país presenta dos estaciones: un invierno bastante frío con lluvias desde octubre hasta abril, y un verano seco, con altas temperaturas y vientos calurosos. Mejora la situación el abundante rocío después de las noches frescas. El clima no es uniforme en todo el territorio, cambia según las zonas, hay microclimas. La costa es agradable, el valle del Jordán es húmedo y tropical; en la parte oriental los días son calurosos y las noches frías. Se puede decir que, desde la canícula tropical hasta las nevadas, hay de todo.

 

En cuanto a la vida económica, aunque la Tora dice que en Canaán fluyen la leche y la miel, la realidad no es así. Gran parte del territorio es árido y yermo. Sin embargo, trabajándolo con perseverancia y tesón, se ha podido asegurar un bienestar relativo a sus habitantes, y aún más en las partes fértiles. Aparentemente, se podía cosechar 50 a 60 veces más que la siembra, como se dice en la parábola del sembrador de Jesús (Mateo 13.8).

 

A juzgar por descripciones botánicas antiguas, Palestina tuvo gran variedad de productos agrícolas, de los cuales como mínimo 215 especies eran autóctonas.

 

Los productos agrícolas más importantes en la época bíblica eran: trigo, cebada, mijo, fréjol, lenteja, arveja, lechuga, cebolla, pepino, zapallo. Como condimentos tenían mostaza, mejorana, laurel, azafrán, canela, comino y vinagre preparado por fermenta­ción, y sal del Mar Muerto. Entre las frutas, la Biblia menciona: manzana, higo, melón, granada, almendra y uva, de la que se preparaba vino para tomar con las comidas (Gen. 27.25; Jer. 48.33). En sus parábolas Jesús menciona la uva varias veces (Mateo 21.33; Juan 15.1).

 

Sólo más tarde introdujeron la papa, el maíz y entre las frutas: naranja, limón, plátano, dátil, durazno, damasco, y como plantas para elaborar: el algodón y el tabaco.

 

Los libros bíblicos no mencionan entre los árboles existentes la nuez, el maní, el coco, la pera o la ciruela, pero sí el cedro, ciprés, olivo, ricino, palma, hisopo, mirra, terebinto y pino.

 

Para el pueblo bíblico la ganadería tenía gran importancia. Los judíos, cuando llegaron a Egipto, se radicaron en tierras de aptitud ganadera (Gen. 47.3-5) y parte del pueblo no pasó a Canaán sino que se quedó al otro lado del Jordán, porque allí era fácil la crianza de animales (Núm. 31.1-5 y 32.33).

 

En la ganadería ocupó el primer lugar la cría de ovejas, luego la de las cabras y vacas. Ha sido importante la apicultura y también la avicultura. Para trabajar el campo, se usaba el asno, la muía y más tarde el caballo. Poseer camellos era señal de riqueza. La Biblia menciona el perro para vigilar la casa.

 

Entre los animales silvestres se mencionan: conejo, ciervo, lobo, zorro, oso, pantera, hiena, chacal, gamuza, jabalí y león. Las serpientes, los escorpiones y las langostas eran considerados dañinos. La legislación alimentaria ritual excluye muchos animales, entre ellos todos los carnívoros, las aves de rapiña, los moluscos, los insectos y reptiles.

 

En los talleres se fabricaban productos de madera, cobre, cuero, telas y ropas, y cerámica; varios alimentos como productos lácteos, carne y cerveza; conocían la orfebrería de oro y plata; fabricaban armamentos. Había carpinteros y albañiles. Conocieron el oro y su valor en la vida privada, comercial e internacional -en la Tora se lo menciona 56 veces — así como gran variedad de piedras preciosas. Había minas de cobre, el que se elaboraba.

 

La ubicación geográfica del país hizo desarrollar el comercio internacional y también el comercio interno. Las monedas en uso eran el siclo, el talento, el dracma, la mina y el denario.

 

Los lugares más importantes, desde el punto de vista de la formación de centros habitacionales, fueron en la época bíblica: Kadesh, Gerara, Beer Sheva, Hebron, Siquem, Bet El, Samaría, Lakish, Yoppe, Ashkalon, Gaza, Cesárea, Tyros, Sidon y Jerusalén.

 

Aunque Jerusalén se menciona ya en el Libro de Génesis (14.18-19) en relación con el encuentro de Melquisedec, rey de Ir Shalem con Abraham, su verdadera importancia se manifestó á partir de 1000 a.C., cuando el Rey David, al haberla conquistado, la convirtió en la capital del Estado Judío. Su significación aumentó cuando el Rey Salomón construyó allí el Templo, transformándola no sólo en el centro político, sino también religioso de todo el país. Más tarde, aunque fue destruida, se transformó en el centro religio­so no sólo de todo el pueblo judío, sino en el lugar sagrado del cristianismo: el Monte de los Olivos y el Calvario (Gólgota) eran lugares trascendentes en la vida y muerte de Jesús. Jerusalén es Ciudad Santa también para los mahometanos, porque, según la tradición islámica. Mahoma voló de allí hacia el cielo para recibir el Corán.

 

Este territorio lleva el nombre de Siria-Palestina desde el año 134 d.C., cuando Adriano lo denominó así. El nombre está relacio­nado con los filisteos y figura por primera vez en las obras históricas de Heródoto, que lo llama Palestine Khora.

 

Con el exilio babilónico y con el retorno, comenzó una nueva época en la historia del pueblo judío. Descubrieron que podrían vivir como judíos también fuera de Palestina y con eso comenzó la diáspora: la radicación de los judíos en los países vecinos y más adelante también en los lejanos. Las conquistas de Alejandro Magno abrieron las fronteras para los judíos y, más adelante, al pertenecer al Imperio Romano, se ampliaron los lugares de la dispersión, lo que posibilitó también la extensión del cristianismo.

 

Las primeras diásporas se formaron en los territorios vecinos: Siria, Arabia, Mesopotamia. Alejandría, luego África del Norte, Asia Menor, los Balcanes, Italia: lo vemos en los Hechos de los Apóstoles y en las Cartas de San Pablo mencionando que en todos estos lugares había judíos establecidos y organizados alrededor de su sinagoga.

 

Sabemos que para las tres regiones de Palestina (Galilea, Samaría y Judea) la administración romana agregó tres más: Iturrea, Trakonitis y Abilina (Lucas 3.1).

 

La historia de Jesús se desarrollaba alrededor de Jerusalén y Nazaret y al lado del Lago de Guenesaret.

 

Belén (Bethlejem: la casa del pan, o Efrata), situada a 8 km. de Jerusalén, es un lugar muchas veces mencionado en la Biblia; aquí murió la esposa predilecta de Jacob, Raquel; aquí nació el Rey David; el profeta Miqueas predecía que aquí nacería un gran rey de la Casa de David; según la tradición cristiana aquí nació Jesús.

 

Betania (la casa de los pobres) era lugar predilecto de descanso para Jesús en la ladera oriental del Monte de los Olivos, a 2,5 Km. de Jerusalén; aquí vivían María, Marta y Lázaro, grandes admirado­res de Jesús.

 

A Emaús fueron los dos jóvenes en el día posterior de la muerte de Jesús y discutieron sobre el acontecimiento; Jesús se les acercó, conversó con ellos y luego ellos testimoniaron la resurrección de Jesús (Lucas 24.13-35). Esta escena ha inspirado a muchos pinto­res.

 

Yoppe (Yaffa, Yafo) era el puerto de Jerusalén ya en aquella época. Según los Hechos (10. 9-16), Pedro tuvo su visión allí, a base de la cual se permitía la incorporación de los gentiles en la Iglesia.

 

Según los Evangelios, el lugar predilecto de Jesús para la evangelización fue Nazaret y sus alrededores. Nazaret no figura en los libros del Antiguo Testamento, pero en el Nuevo Testamento muchas veces; era ésta la ciudad de la morada de Jesús, María y José durante casi 30 años.

 

En Cana cambió Jesús el agua a vino, en su primera presenta­ción frente a una multitud.

 

En Naim, al pie del Monte Hermon, Jesús resucitó al hijo de una viuda (Lucas 7.11-17).

 

Cafarnaum fue el centro de las actividades de Jesús en Galilea y sus apóstoles eran pescadores de esta ciudad. Cerca de este lugar se ubicaron Magdala, Tiberías e Hipos.

 

Aceptamos la opinión de que los Evangelios no narran toda la historia ni anotan todos los acontecimientos de la vida de Jesús y los lugares donde se presentó. Según los Evangelios, los lugares de su estada eran: Belén, Jerusalén, Betania, Jericó, Efraím, Emaús, la fuente de Jacob, Sicar (Siquem), Nazaret, Naim, Cana, Tyros, Sidón, Cafarnaum, Betseba, Korozaim, Cesárea, Filipi.

 

Después de haber mencionado los lugares visitados por Jesús, mencionemos también algunas de las estaciones de Pablo: Jerusalén, Damasco, Antioquia y Tarsos (aquí nació), que era un centro comercial y cultural. Su padre tenía ciudadanía romana, lo que demuestra que era una persona importante. En su casa se guardaban las tradiciones judías mezcladas con la cultura griega, lo que se manifiesta en las Cartas de Pablo. Estuvo también en Efeso, Corinto, Filipi, Tesalónica, Golosea, Galacia y Roma.

 

Han sido muy famosos los largos viajes de Pablo para predicar los Evangelios y promover la conversión de judíos y gentiles. Hizo tres viajes misioneros, los que conocemos de los Hechos de los Apóstoles. Durante estos viajes visitaba muchos lugares. Donde había sinagogas, predicó a los judíos; en Atenas predicó en el Areópago (tribunal supremo), visitó a las comunidades ya existen­tes, les enseñaba y corregía sus errores. Hizo un viaje en barco a Roma como detenido, que nos da una interesante visión de la navegación en su época. Después de dos años de prisión, quedó libre e hizo un viaje a España.

 

En el único libro de carácter profético del Nuevo Testamento, en el Apocalipsis, el Evangelista Juan envía cartas a siete comuni­dades de Asia Menor. Ellas son Efeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardis, Filadelfia y Laodicea. Las cartas fueron escritas durante su destierro en la Isla de Patmos, ubicada cerca de Efeso, punto de contacto entre el Mediterráneo y el Egeo. Después del martirio de Pablo, fue designado Juan como tutor apostólico de esta región.

 

La geografía de Palestina era objeto de estudios ya a partir del siglo IV. La primera obra fue el Onomastikan, escrito por Eusebio de Cesárea, un griego quien pasó largo tiempo en Palestina en ese siglo. Esta obra fue traducida al latín y ampliada por San Jerónimo (390 d.C.). Un comerciante de Francia quien viajaba por Tierra Santa editó una guía en que enumeraba no sólo las ciudades sino también los lugares donde se puede pernoctar, comer y cambiar caballos (333 d.C.).

 

Una mujer llamada Aetheria de Aquitania, quien hizo un largo peregrinaje, pasó largo tiempo en Palestina y como era hija del cónsul Eucterio y pariente del emperador Teodosio, recibió toda la ayuda necesaria para recoger los datos necesarios y publicar su famosa obra Peregrinatio ad Laca Sancta, en que da no sólo informaciones geográficas sino también litúrgicas, religiosas y fol­clóricas. Teodosio, oriundo de Africa del Norte, escribió una obra De situ Terrae Sanctae (La situación de la Tierra Santa) alrededor de 530 d.C.

 

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