LA COSMOVISION BÍBLICA

 

La cosmovisión, es decir, la percepción del mundo y de los fenómenos de la naturaleza, se basa en la mitología en casi todas las religiones orientales. El mito y su forma de pensar les ayudaba a los pueblos desde la prehistoria a resumir sus percepciones, conocimientos e interpretaciones con respecto del mundo. La cos­movisión "mítica" no es una percepción equivocada o falsa acerca del mundo, sino un concepto muy diferente. Es la interpretación del mundo que refleja el desarrollo mental de la humanidad durante una larga época que precedió al pensamiento científico. Es una forma poco diferenciada del conocimiento del ser social. La humanidad siempre tuvo conocimientos, acordes con su nivel espiritual, sobre el mundo. Además, tuvo también experiencias. Pero la cosmovisión es más que la suma de éstos; es una generalización y la búsqueda de relaciones que están fuera del radio de la experiencia cotidiana. La cosmovisión mitológica se caracteriza por la generalización analógica, es decir, es un proceso en que el hombre intenta definir e interpretar el mundo por intermedio de deducciones surgidas de su propio ser, y a la luz de su propia experiencia. Con la generali­zación se pretende conocer los fenómenos o las cosas inalcanza­bles por la experiencia, se intenta agrandar la experiencia cotidiana al ámbito más amplio del propio cosmos. Si su propia experiencia es escasa, la transfiere al pasado, y para eso inventa a un ser humano, un hombre de tamaño y de calidades sobrenaturales.

 

Todas las culturas conocidas, hasta la llegada de la filosofía natural de los griegos, integraban sus conocimientos en una cosmovisión mitológica.

 

La experiencia y el conocimiento adquiridos con el tiempo aumentaban su saber, pero esto no era suficiente para cambiar su percepción del mundo. Todavía no se agudizaba la contradicción entre el conocimiento de la naturaleza y la cosmovisión mitológica. El conocimiento de la naturaleza no se transformó en cosmovisión científica hasta el siglo VII a.C.; para eso fue necesaria una revolu­ción intelectual realizada en la antigua Grecia.

 

Esta revolución tuvo cierta influencia en el Cercano Oriente, pero la cosmovisión mitológica sobreviviría durante mucho tiempo más, aunque incorporara algunos conocimientos más avanzados en ella, como ocurrió con la astronomía en Babilonia.

 

En Mesopotamia la observación de los astros alcanzó un alto nivel y se recopiló mucho material durante los últimos siglos del segundo milenio y en los primeros siglos del primer milenio a.C. Estas observaciones transformaron los conceptos religiosos. En su panteón, algunos de los dioses importantes cedieron su lugar a los dioses de las estrellas (Nabu, Ninurta), quienes más adelante se transformaron en los dioses de la ciencia. Las religiones quedaron dentro de la cosmovisión mitológica. Sin embargo, la elevación de estos dioses representaba una forma incipiente de búsqueda del conocimiento de la naturaleza.

 

La astrología no era bien recibida por los antiguos judíos. Isaías se burla de aquellos "quienes contemplan las estrellas para pronos­ticar lo que vendrá" (Cáp. 46.13); es una alusión peyorativa a los babilonios. La astrología babilónica se orientaba hacia la cosmolo­gía mitológica, pero los judíos la rechazaban. Para ellos la astrología babilónica era igual a su religión, lo que no excluía que hayan absorbido ciertos métodos y resultados de éstos (sistema del ca­lendario). El Deuteronomio prohíbe la astrología (Cáp. 4.19). El Libro de Job (Cáp. 38.31, etc.) demuestra, que tenían buenos conoci­mientos sobre las estrellas; el profeta Amos también lo menciona (Cáp. 5.8).

 

No sólo los resultados de la astrología de Babilonia enriquecie­ron la ciencia de los judíos, sino también la influencia de otras disciplinas (medicina, ciencias naturales, metalurgia, etc.), lo que se manifiesta en su visión más amplia del mundo percibida en la Biblia.

 

La Biblia no tiene mitología propia. Los grandes mitos del Oriente clásico, referentes a la creación, faltan en la Biblia. Cuando Milton escribió su epopeya, el Paraíso perdido, tuvo que inventar mitos. Tampoco hay teogonía (generación de los dioses) o teomaquía (lucha entre los dioses); todo eso es consecuencia del fuerte y rápido desarrollo del monoteísmo. El desarrollo monoteísta influía en las culturas orientales y contribuyó a la transformación o modifi­cación de la cosmovisión mitológica (Egipto en el siglo XIV a.C., o Mesopotamia en el primer milenio a.C.). Pero, sólo la religión judía llegó al monoteísmo y dio nacimiento también al cristianismo e islamismo. En las demás religiones había sólo tendencias monoteís­tas. Los elementos míticos que se encuentran en la Biblia se incor­poraron antes de la época de los profetas clásicos; en el desarrollo posterior de la religión ya no los permitieron, porque estaban en contradicción con el monoteísmo.

 

En algunos libros modernos, hay ilustraciones que quieren mostrar la percepción de los judíos o de los babilonios sobre el universo. Las figuras no son convincentes ni correctas. No nacieron en la Babilonia Antigua sino en los libros panbabilónicos, e inducen a error no sólo por su contenido sino también por su metodología equivocada.

 

En el Oriente Antiguo nunca se formó una cosmovisión explícita y ordenada. Todas las alusiones son ocasionales, parciales y sin sistema alguno. La cosmovisión mítica excluye lo sistemático o metódico. Los representantes de la línea panbabilónica prepararon un sistema sobre algo que no era sistemático y con eso falsearon la cosmogonía oriental. Es imposible encerrar la cosmogonía de la Biblia en las categorías de Aristóteles. Sin embargo, aunque la cosmovisión de la Biblia no sea estrictamente científica, tampoco puede decirse que no tenga bases racionales.

 

Es necesario comprender la naturaleza de la cosmogonía mís­tica para que podamos interpretar las alusiones de la Biblia en su historicidad. Las alusiones no forman una cosmología sistemática, son deducciones analógicas de experiencias cotidianas, generali­zan hasta el extremo y explican la naturaleza, antropomorfizándola.

 

Miremos algunos textos: "No te harás imagen ni ninguna seme­janza de lo que esté arriba en el cielo ni abajo en la tierra, ni en las aguas abajo de la tierra" (Éxodo 20.4). Esta división corresponde al concepto babilónico, en el cual "an-sar" es la parte superior (cielo), "ki-sar" la parte media (tierra) y "abzu" es el océano. No es casual que la Biblia no diga esto en la descripción de la creación, que podría ser una parte de su cosmogonía, sino en un pronunciamiento legal-ético, en que no es más que el lugar eventual de la morada de los dioses respetados en otras creencias. El primer capítulo del Génesis menciona sólo las aguas debajo de la bóveda y las aguas sobre la bóveda (Vers. 7). El Libro de Job menciona las columnas de la tierra (Vers. 9.6). En los Salmos leemos sobre los cimientos del mundo (Cáp. 18.15), o los montes que se derrumban en el corazón del mar (Cáp. 46.2). Ezequiel menciona el "ombligo de la tierra" (Cáp. 38.12). Todo eso y las demás expresiones menciona­das, no son cosmología. Podríamos aludir al capítulo 38 de Job que nos presenta el cosmos en forma poética. Pero éste es un poema filosófico de alto valor espiritual, que demuestra que el cosmos, como teoría, no les interesaba mucho.

 

En el primer capítulo del Génesis, podemos reconocer la mito­logía oriental, pero difiere de ésta. En ella no figura la creación de la nada sino mucho más el arreglo y ordenamiento de la materia desordenada del Caos. El primer versículo del Génesis, según la interpretación de los textos orientales, se traduciría así: Cuando Elohim (Dios) hubo formado los cielos y la tierra, la tierra era desordenada, encima de los mares había oscuridad, encima de las aguas soplaba un viento fuerte y en ese momento dijo Dios: que haya luz... (Gen. 1.1-3). Los primeros tres versículos forman uno solo y no describen las fases de la creación, sino - como la introducción de las epopeyas orientales- presentan el caos ancestral, el punto de partida. Los elementos del caos son: el mar "tehom"; el viento fuerte "ruaj Elohim"; éstos son conocidos en las cosmogonías orientales, sin embargo son diferentes. Miremos la palabra "tehom". En hebreo el mar es "yam". Desde el punto de vista lingüístico y también en su función en aquella descripción, la palabra "tehom" es igual a la diosa Tiamat en la mitología babilónica, que es la deificación del mar en la epopeya Enuma-elis. Pero en esta epopeya Tiamat desempeña un papel importante; en su personificación podemos reconocer la especulación filosófica acerca del papel del agua y del mar en aquella cosmogonía. En el Génesis la palabra "tehom" está privada de toda marca mitológica, por eso su traduc­ción es sólo "mar".

 

Lo mismo se refiere a la expresión "ruaj Elohim" (su traducción es "el alma o el espíritu de Elohim") que se transforma en "viento fuerte". Los conceptos mitológicos sufren una reinterpretación y el resultado es un concepto más abstracto sobre la creación del mundo. Esta transformación está más cerca, no sólo en el tiempo sino también en el contenido, de la gran revolución que significó la visión científica de la naturaleza, promovida por los griegos alrede­dor del siglo V a.C. La Biblia, en esta época, ya había abandonado las bases primitivas y se acercaba a la visión científica, si no en todos los aspectos, por lo menos hizo sus primeros pasos.

 

La transformación de la visión judía significa un acercamiento a la filosofía naturista de los griegos. Pero mientras ésta se dirigió hacia el materialismo, el judaísmo buscaba un nuevo camino hacia la fe en el Dios Creador, lo que significaba que la divinidad abando­naba su envoltura mitológica y se transformaba en trascendental. La cosmogonía en la cosmovisión mitológica es la lucha de las fuerzas deificadas de la naturaleza, mientras en la Biblia es una sustancia autónoma que está encima del Cosmos. La filosofía griega quitó lo divino de la cosmogonía, mientras la Biblia lo consi­dera como origen de toda la existencia. Como consecuencia de esta transformación, poco a poco dejó de influir en la religión la fe en los poderes sobrenaturales (hasta cierto punto esta fe se incorporó en la religión popular), y todo se puso bajo el poder, sin restricción, de Dios; la religión pura se oponía y se opone a todo poder que no sea sometido a la Voluntad Divina.

 

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