LA VIDA FAMILIAR EN LA TRADICION JUDIA

 

 

El judaísmo considera el matrimonio y no el celibato como el estado natural del hombre, que esta mas de acuerdo con sus necesidades, pues ofrece la oportunidad legal de cumplir con todos los aspectos de la naturaleza humana.

 

El término ivrit de matrimonio, kidushin, ha sido interpretado popularmente, de acuerdo al espíritu de la tradición, como el estado de santidad. El judaísmo ha reconocido dos propósitos del matrimonio, ambos expresados en las páginas iniciales de la Biblia: “Sed fructíferos y multiplicaos” y “No es bueno para un hombre vivir solo; yo le haré una compañera para él”

 

Unánimemente se considera a los hijos como una bendición. La Biblia tiene muchas referencias a los hijos en los cuales ellos son el don más apreciado de Dios. Desde el apasionado lamento de Abraham, “¿Qué puedes darme si muero sin hijos!”, hasta el Salmo 128: “Felices los que temen al Señor y siguen Su camino. Cuando del trabajo de tus manos comieras, serás feliz y bienaventurado. Tu esposa será como vid fecunda en la intimida de tu hogar; tus hijos serán como olivos nuevos plantados alrededor de tu mesa; así bendecirá Dios al hombre que le honra. Que Dios te bendiga desde el monte Sión; que contemples la prosperidad de Jerusalén todos los días de tu vida y llegues a ver también a los hijos de tus hijos. Haya paz para Israel.” Existe un énfasis permanente en los hijos como el máximo bien. Quizás en esto hayan influido consideraciones de orden económico, ya que los hijos significaban trabajadores adicionales y defensores de la fortuna familiar. Sin embargo, es más fundamental el deseo instintivo del hombre de tener hijos para lograr su propia renovación e inmortalidad. El Talmud expresa este sentimiento cuando dice: “Hay cuatro que se consideran muertos; el pobre, el ciego, el leproso y el que no tiene hijos”.

 

La segunda función del matrimonio es el compañerismo. En realidad, es el otro motivo expresado en la creación: “una compañera para Adán”. El compañerismo constituye un fin legítimo del matrimonio en sí y no una mera implicación en la historia bíblica. La halajá enseña que las personas débiles, viejas o estériles también deben casarse aún cuando no tienen posibilidades de procrear hijos.

 

De este modo, los antiguos rabinos hubieran podido apoyar ampliamente la opinión de los sociólogos modernos, cuando afirman que “el sexo existe no sólo para la prolongación de la especie, sino para el incremento de la felicidad humanan individual”.

 

Aunque esporádicamente se puede encontrar en la literatura judía una actitud negativa respecto a las relaciones sexuales, bajo el impacto del ascetismo medieval, ello está muy lejos de representar el concepto normativo. Básicamente, las relaciones sexuales entre marido y mujer, si bien son de naturaleza intima y privada, se consideran como una forma perfectamente legítima del placer, que se justifican a sí mismas aún careciendo de la finalidad de la procreación.

 

También en este terreno el judaísmo aconseja conceptos complementarios, como por ejemplo la idea del “tzniut" que podemos traducir como, modestia,  delicadeza o buen gusto. Este ideal debe regir a hombres y mujeres en su vestimenta, vocabulario y en su conducta tanto pública como privada.

 

El ideal es que cada ser viva como una unidad dentro de su familia, ya que la familia es un grupo humano ideal. Los rabinos declaran que aquel que no tiene esposa está privado de alegría, de bendición y de todo lo bueno; además, carece de la Torá, es decir, de la protección y de la paz. Un comentario particularmente conmovedor expresa el ideal del compañerismo y de la igualdad en esta forma: ”quien ama a su esposa como a sí mismo  y la hora más que a sí mismo, de él dicen las Escrituras: tú sabrás que tu morada está en paz”.

 

Ciertamente el judaísmo no simpatiza con los cónyuges que buscan evitar las responsabilidades que involucran el tener hijos, por el sólo echo de procurarse placer y tranquilidad. Sin embargo, reconoce que hay ciertas condiciones en las cuales es preferible, desde el punto de vista social o de salud, no tener hijos o postergar el tenerlos. El judaísmo reafirma irrevocablemente la obligación de perpetuar la raza humana por medio de la familia como meta básica y general. Pero reconoce también que la planificación de la familia es una necesidad de la vida moderna, en vista de complejos factores morales, sanitarios y económicos; además, permite matrimonios entre más jóvenes. El control de la natalidad está permitido, siempre que se tenga en cuenta qué es lo mejor para toda la familia. No está permitido el aborto que no sea terapéutico y aconsejado por el médico, para proteger la salud de la madre.

 

La tradición judía objeta toda relación extramarital y se opone también a las relaciones prematrimoniales.

 

Cuando una pareja ha fracasado en todos sus esfuerzos para lograr una compatibilidad mutua y los intentos de reconciliación parecen ser inútiles, el judaísmo considera legítimo el divorcio una actitud especial y muy humana: en lugar de una severidad en la ley y una elasticidad en la vida, establece el equilibrio contrario: la actitud frente el divorcio es estricta, subrayando así la necesidad de que la pareja se esfuerce seriamente por mantener el lazo matrimonial, pero ofrece la posibilidad de su disolución legal cuando la vida en común resulta se intolerable.

 

Todos los recursos de la tradición, la santidad de sus ideales y la solemnidad de sus ritual son invocados para que marido y mujer reconozcan el carácter sagrado de su unión. Los maestros acentuaron que “incluso el altar de Templo derrama lágrimas por aquel que se divorcia de su esposa”. La ketubá, el contrato matrimonial, que requiere un pago en efectivo en caso de disolución del matrimonio, fue instituida para obstaculizar el divorcio fácil. El mismo motivo llevó a un complicado ritual para la confección y entrega de la carta de divorcio (guet). Pero una vez que es evidente el fracaso del matrimonio, el judaísmo reconoce que la unión ha perdido su santidad, pues el amor y el respeto mutuo son las únicas señales de la presencia de Dios en el hogar. Cuando ya no se dan estas condiciones y los cónyuges ya no están unidos en el espíritu de santidad y consagración, la sociedad se engaña a sí misma al tratar de ignorar la realidad y negar el divorcio.

 

La existencia de hijos en el matrimonio tampoco significa necesariamente que éste debe ser preservado a toda costa; existen bastantes evidencias de que la tranquilidad y el futuro de los hijos se aseguran más con un divorcio que en un hogar cargado de odio y de amargura.

 

La ley judía no considera el divorcio como un castigo por un crimen, sino simplemente como un franco reconocimiento de que el matrimonio ha fracasado; por lo tanto, los motivos por los cuales se puede aducir el divorcio no se limitan sólo al adulterio o algún otro acto criminal. El hecho de que ambas partes reconozcan que no pueden vivir juntos en felicidad o por lo menos en convivencia pacífica, constituye el motivo más poderoso para el divorcio: incompatibilidad de caracteres, de hábitos personales, cambio en el trabajo, cambio del país, etc. Cualquiera de éstas o de otras razones puede ser invocada por el esposo o por la esposa al tramitar el divorcio ante las cortes rabínicas.

 

En la comunidad judía, poderosos factores de índole religiosa y social han colaborado para acentuar el sentido de la santidad del matrimonio, considerando un status permanente. En consecuencia, raras veces se recurrió al divorcio y sólo cuando todos los esfuerzos para un arreglo resultaron inútiles. De este modo, se logró un equilibrio entre la vida, por un lado, destacando la santidad del matrimonio perdurable y el respeto por la ley que lo ordena y, por el amor se haga real.

 

Evidentemente, el judaísmo no ha podido resolver todos los problemas en el terreno de la conducta personal y de la moral familiar. Ningún sistema de ley o ética es perfecto ante las infinitas variaciones e ilimitadas debilidades de la naturaleza humana. Dice el profeta Jeremías : “El corazón es más engañoso que cualquier otra cosa muy débil, ¿quién puede conocerlo?” No obstante, las enseñanzas éticas del judaísmo son sanas, equilibradas y practicables, porque conjugan la comprensión realista con la aspiración idealista. Debemos dedicar mayor atención a las enseñanzas del judaísmo acerca del matrimonio y la moralidad. En virtud de las innumerables tentaciones que presenta la vida moderna, no se puede ignorar este tema. Sólo si retomamos la actitud religiosa frente al matrimonio  como algo completo, en el que están involucrados no dos sino tres partes, el hombre, la mujer y Dios, podemos tener la esperanza de retomar el sentido de seriedad de la obligación matrimonial asumida por los jóvenes. Esta es la única forma para que nuestra generación joven considere al matrimonio como una unión de cuerpo y espíritu, en la cual los cónyuges están ligados recíprocamente por un deber sagrado que va mucho más allá de los impulsos de la pasión física o de las ventajas sociales y económicas.

 

Debemos rechazar la idea peligrosa y muy superficial de que el amor, la atracción física de dos personas, es condición suficiente para el matrimonio, y que la ausencia de compatibilidad en antecedentes religiosos y educacionales, o en ideales personales o de temperamento, sean considerados irrelevantes.

 

Aquí tenemos que detenernos y exponer nuestra opinión frente a los matrimonios mixtos, lo que consideramos como una amenaza para la supervivencia judía.

 

La constitución del hogar judío es posible sólo si ambas partes veneran la mismo tradición y se esfuerzan por transmitirla a sus hijos. Debido al hecho singular de que los judíos viven dispersos por el mundo entero, razón por la cual el pueblo judío sostiene una dura lucha permanente para sobrevivir, el matrimonio mixto es considerado como una deserción de las filas judías. El judaísmo es mucho que un credo; es una forma de vida y una civilización elaborada por miles de elementos inconscientes e intangibles, que forman parte de la personalidad judía. Con matrimonios mixtos, la tarea de criar una generación auténticamente judía es virtualmente imposible y todo matrimonio mixto es un clavo más en el ataúd judío.

 

Las objeciones a los matrimonios mixtos basados en criterios religiosos y culturales pueden se reforzadas con otras observaciones.

 

Los diferentes antecedentes de la pareja mixta y el legado de prejuicios que frecuentemente los acompaña, crean mayores tensiones en los problemas del ajuste normal que toda pareja debe enfrentar. Más aún, los hijos de matrimonios mixtos a menudo no tienen experiencias y raíces en ninguna religión y se encuentran espiritualmente desamparados.

 

El poderoso instinto de supervivencia del pueblo judío; el ansia de preservación de su tradición religiosa y cultural, junto con una genuina preocupación por el bienestar general, ha llevado a los judíos a considerar los matrimonios mixtos como una falta de lealtad que lleva hacia la asimilación total. Antes de realizar un matrimonio mixto, deben hacerse esfuerzos por atraer a la parte no-judía al seno del judaísmo, a fin de que reine armonía espiritual en ese hogar y que los hijos, al crecer, se eduquen en la tradición judía. Para evitar falsas interpretaciones o usar experiencias en forma equivocada, subrayamos que un matrimonio entre una persona judía y una persona convertida al judaísmo, no es matrimonio mixto.

 

Delo antedicho puede deducirse que la oposición judía a los matrimonios mixtos esta exenta de todo sentido de exclusividad o de sentido de superioridad. El judaísmo considera que su carrera aún no sido completada; que su tarea aún no ha sido realizada. Ve en los matrimonios mixtos una peligrosa tendencia que amenaza minar su vitalidad y que no le permite aportar su contribución distintiva al gran concierto mundial de la civilización.

 

El no respetar la santidad del matrimonio lleva directamente a la idea de que cualquier “affair” en el que una de las partes puede caer, se justifica también por causa del amor, pudiendo abogarse entonces, sin ningún escrúpulo, la promesa de mutua fidelidad, que constituye el alma de la ceremonia matrimonial.

 

El hombre y la mujer modernos, y sobre todo la gente joven, se abstienen de responder afirmativamente a la idea de la santidad del matrimonio, tal como lo enseña la religión, porque lo han visto con demasiada frecuencia ligado a un concepto irracional e irrealista de la naturaleza humana, como por ejemplo la negación del sexo o de la imposibilidad del divorcio.

 

El judaísmo demuestra que la yuxtaposición de una actitud racional y al mismo tiempo idealista, no es imposible. Rechazamos la idea de que el sexo es pecado; de que el matrimonio es una pasión, y el divorcio es el castigo por un crimen. Someterse únicamente a las realidades de la naturaleza humana implica encontrarse con el desequilibrio. Aceptar lo natural y santificarlo, es el alma y la esencia de la tradición judía. Los tres conceptos judíos básicos e interdependientes: la santidad de toda personalidad humana, la unión del sexo y del amor y la santidad del matrimonio, ofrecen al hombre y la mujer la mayor esperanza en la búsqueda de la tan anhelada meta de una vida más sabia y más feliz.

 

Ahora, ofrecemos un breve resumen sobre la evolución histórica de la vida familiar dentro del pueblo judío.

 

La vida familiar de los judíos en la época bíblica y talmúdica era parecida a la de los otros pueblos orientales, pero las leyes procuraron transformarlas. Era aceptada la bigamia y, entre los pudientes incluso, la poligamia, los líderes espirituales del pueblo, sabiendo que la bigamia es fuente de discusiones perpetuas y que la mantención de una casa siempre en crecimiento causa muchas dificultades, ya en la época postbíblica bregaron por la monogamia. A la mujer se la compraba; ella se convertía en esposa mediante el pago de una suma al firmarse el contrato matrimonial o al consumarse el matrimonio. Una ley especial regulaba la vida y las condiciones vitales de las mujeres que se convirtieron en esposas en el cautiverio o siendo esclavas así como el de las conversas.

 

La legislación judía cuidaba mucho de la pureza de la familia. El varón podía casarse a los 18 años de edad, en caso de tener una profesión para mantener a su esposa, y la mujer, al alcanzar su mayoría de edad. Según la creencia popular, los matrimonios eran dispuestos en el cielo. En el momento del nacimiento de la criatura, Dios pronunciaba el nombre de su futuro cónyuge. Sin embargo, esta creencia no excluía que los padres de ambas partes eligiesen con mucho cuidado a él o a la consorte de sus hijos. Los principios de esta elección eran: salud corporal, perfección espiritual, buena reputación de la familia y también se tomaban en consideración los bienes materiales. Se acostumbraba a dar una dote a la novia. El contrato del compromiso matrimonial era firmado por los padres, pero en general se indagaba el consentimiento de los jóvenes, los que en contadas excepciones podían encontrarse antes del compromiso. En aquella época el compromiso se fijaba, bajo pera de multa, la fecha del matrimonio así como los detalles económicos. La recién casada estaba obligada a cortarse el pelo o cubrir su cabeza con un paño para distinguirse de las solteras.

 

En esa época la tarea de la mujer era gobernar la casa y educar a los hijos. Las leyes bíblicas y talmúdicas aseguraban derechos iguales al padre y a la madre dentro de la vida familiar en la educación de los hijos. Sólo en la vida religiosa tenía la mujer menos derechos. Los hijos eran considerados como una bendición divina y la mujer sin hijos era infeliz; en este caso, después de 10 años de vida matrimonial, el marido podía divorciarse o traer otra mujer a la casa. Esta última posibilidad terminó en el Siglo XII y desde esa época la poligamia quedó rigurosamente prohibida, por lo menos entre los ashkenazím.

 

La vida familiar de los judíos en la Edad Media y en la Nueva, era muy íntima, pues el hogar era el único sitio en la existencia judía donde podían anhelar y gozar de tranquilidad, entre tantos padecimientos en la lucha cotidiana. Pero, mientras otros pueblos consideraban su hogar como una fortaleza, el hogar judío era un santuario donde se guardaban y practicaban las antiguas tradiciones; las ceremonias religiosas; reinaba la idea del amor fraternal, de la benevolencia, misericordia y caridad. Las puertas siempre estaban abiertas para los necesitados.

 

El hogar judío de nuestra época se ha transformado y se asemeja cada vez más al hogar de los otros pueblos, aunque según la opinión universal, el hogar judío todavía refleja más la intimidad y calor humano; más cariño y tranquilidad. La mujer se ha convertido en colaboradora de su marido, y fuera de sus preocupaciones domésticas y educacionales, participa en la vida cotidiana con su actividad profesional, es miembro erudito y culto de la sociedad, pero todo esto no debería desminuir o poner en peligro la intimidad del hogar y aún menos la observancia del espíritu judío en el hogar.

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