LA HISTORIA DE JOSÉ EN LA ARQUEOLOGÍA

 

 

La historia del pueblo judío, narrada en la  Biblia y hoy documentada por miles de auténticos descubrimientos arqueológicos es, en efecto, la historia más humana conocida. No sólo relata acontecimientos de conquistas y de avances culturales y artísticos, como la de otros pueblos, sino está saturada del concepto del Hombre como  “criatura de Dios”. A lo largo de los siglos, este pertenencia del Hombre a Dios, su Creador, quedó en el olvido. Sin embargo, para penetrar algo en este misterio llamado Hombre, tenemos que utilizar esta verdad.

 

Es una historia trascendental que, aunque en su marco cronológico nos presenta un pasado muy lejano, sus vivencias palpitan en todas las manifestaciones de esta rica herencia religiosa y cultural que de ella ha recibido  toda nuestra cultura occidental.

 

Esta historia está escrita en la Biblia, libro feraz por excelencia, pero por este mismo hecho siempre tendenciosamente disentido. La comprobación arqueológica tiene, por este motivo, un  doble interés: revivir la rica y muy interesante historia antigua de Israel, y reafirmar el prestigio de las Escrituras, tantas veces injustamente calumniadas.

 

Como es natural, no existen huellas arqueológicas comprobadas de los orígenes de la humanidad narradas en el Libro de Génesis, y tampoco de los primeros acontecimientos históricos. Las primeras etapas de la Humanidad, los primeros chispazos de la civilización, se presentan en primitivas armas y  utensilios que nos relatan sobre el hombre,  la vida y el pensamiento de sus dueños. Permiten conjeturar una prehistoria, permiten seguir a grandes rasgos las primitivas concentraciones humanas, supuestamente en el Cercano Oriente, también sus migraciones, pero poco sobre  su historia propiamente dicha.

 

Descubrimientos arqueológicos nos predisponen a aceptar la existencia de algún tipo de diluvio, o de una enorme inundación, que dejó bajo sus aguas casi toda la extensión del mundo entonces habitado.

 

La excavaciones realizadas por el Dr. Leonard Wooley, en Ur de Caldea, en la patria de Abraham, demuestran no sólo que ésta era una ciudad importante, pujante y dinámica, sino también la existencia del “ziggurat”, una alta torre escalonada, construida con ladrillos cocidos, semejante a la torre bíblica  que Heródotos, del siglo VI a.e.c., nos menciona.

 

Especial importancia debemos darle a los numerosos documentos  que aparecieron en estas excavaciones. Describen hechos históricos, muchos de los cuales son mencionados, directa o indirectamente, en la Biblia. Pero lo que es todavía más importante, nos ofrecen detalles acerca de la vida social y las costumbres comerciales de la época que coinciden con las costumbres manifestadas en la Biblia. La vida de Abraham, Isaac y Jacob puede complementarse en muchos detalles con el aporte de estos nuevos descubrimientos y la perfecta realidad de los hechos que ellos protagonizaron, y cobra carácter de certeza al encuadrarse tan perfectamente en el medio que los documentos describen.

 

Sería una tarea demasiado larga entrar en detalles para señalar coincidencias y confirmaciones. Éstas son numerosas y hay muchos trabajos científicos publicados al respecto.

 

Quisiéramos entrar en detalles en otro tema mencionado, que es la historia del Patriarca Jacob  y de sus hijos en Egipto y su reflejo en la arqueología, y, especialmente, en las pinturas murales encontradas y guardadas en diferentes lugares de Egipto.

 

El Libro de Génesis nos cuenta por qué y cómo llegaron los hijos de Jacob y luego él mismo, al país de los faraones. Se sabe que el primer viaje se realizó por la hambruna; luego se repitió el viaje ya con Benjamín, el hijo menor  y, por fin, se trasladó  toda la familia.

 

Cuando inician el viaje  a Egipto, Jacob aconseja a sus hijos:  lleven en sus costales un regalo para ese hombre (José). Llévenle de lo mejor que el país produce: un poco de bálsamo, un poco de miel, perfumes, mirra, nueces y almendras. (Gen. 43.11). Al llegar al palacio de José, “ellos prepararon los regalos y esperaron que José llegara al medio día, pues habían sabido que allí iba a comer. Cuando José llegó a la casa, ellos le dieron los regalos que habían traído y se inclinaron hasta tocar el suelo con su frente.” (Gen. 43. 25-26).

 

Esta escena se repite en muchos murales egipcios: caravanas semitas llegan a Egipto, entran en la casa del faraón y le entregan  los regalos en forma ceremonial. En un mural de la cámara funeraria de Heje, virrey de Tutankamon, vemos al faraón en  vestimenta ceremonial, sentado en su trono y un alto funcionario deja entrar a una delegación semita, cuyo jefe está vestido con una túnica multicolor y elegante. (Gen. 37.3), la túnica multicolor que Jacob dio a José, y lo que suscitó el odio de los hermanos. Se acerca con los brazos levantados, mientras sus acompañantes entregan los regalos.

 

Para comprender mejor los murales egipcios, hay que saber que los egipcios de la clase alta y los sacerdotes se afeitaron, no sólo sus caras sino también su cabeza, mientras entre los semitas, y así también entre los hebreos, el signo de nobleza era la barba, y el pelo largo simbolizaba la fuerza, la autoridad. La túnica multicolor era símbolo del poder de las personas distinguidas. (Samuel II. 13.18).

 

En otro mural de la misma cámara funeraria, notamos que dos siervos que acompañan la delegación, llevaron grandes recipientes colgados de un palo, llenos de alimentos. (Num. 13.23).

 

En la historia de José desempeñan un papel muy importante el copero y el panadero del faraón. La interpretaciòn de sus sueños abrió el camino a José hasta el faraón. Los dos funcionarios aparecen con frecuencia en los murales, confirmando la presentación de la Biblia como personas influyentes.

 

En un mural de Tel-El-Amarna, vemos al copero como ofrece  bebidas al rey, a la reina y a los invitados. (Gen. 40.21), mientras en otro mural encontrado en la cámara funeraria de Ramses II, en el Valle d las Tumbas de los Reyes, se ve la Panadería Real. El primer  mural presenta al copero, exprimiendo el jugo de la uva. (Gen. 40.11); el segundo comprueba la descripción de la Biblia, según la cual el panadero llevaba el pan en canastillos sobre su cabeza. (Gen. 40.16).       

 

Los sueños del faraón sobre las siete vacas hermosas y gordas y sobre las siete vacas feas y flacas (Gen. 41.1-4) aparecen en las pinturas egipcias. La presencia de las vacas era   divulgada, y seguramente relacionada con el culto de Hator, adorada en forma de vaca. Una presentación se ve en la cámara funeraria de la Reina Nefertiti, donde las vacas hermosas, seguidas por la diosa Hator, andan en procesión, y en el relieve del Templo de Hatchepsut, en Dair al Bahri, se ven las siete vacas de la diosa Hator, pastoreado bajo grandes helechos. En el Libro de los Muertos, las siete vacas figuran en relación con ciertos sacrificios.

 

Cuando José fue nombrado virrey o gobernador de Egipto, según la Biblia (Gen. 41. 42-43) se  realizaron cuatro actos simbólicos: el anillo que el faraón quitó de su mano y se lo puso a José; el vestido de lino fino con el cual se vistió José; la colocaciòn de un collar de oro; y el segundo carro de pompa al cual le hicieron subir y pasear gritando delante de él que le abrieran paso. Todas estas escenas aparecen en diferentes pinturas egipcias,  lo que significa que han sido sacadas de la vida reglamentada de la corte del faraón, y la Biblia ha sido escrita por una persona que debía conocer bien ese ambiente. O, en otras palabras, la descripción de la Biblia es histórica contemporánea.

 

En una pintura podemos ver que el príncipe real, el Virrey  de Kus (Etiopía), recibe el anillo. El vestido de lino fino era la vestimenta del rey y  de la familia real, del virrey y de las demás altas autoridades, como lo muestra un mural egipcio presentando a un príncipe real con este vestido.

 

El collar de oro era el símbolo de la más alta investidura, la que desempeñaba un rol importante en la vida pública de Egipto. Hay una pintura que perpetua la memoria de un acto de investidura de la vida del Rey Seti I. El rey está sentado en su trono bajo un palio. Detrás de él está Maat, la diosa de la lealtad  y frente a él, el sumo sacerdote coloca el collar de oro al cuello del virrey. En la mano del virrey hay una vara y un abanico de pluma de pavo real, ambos símbolos de la autoridad.

 

En la pintura encontrada en la tumba de Eye, virrey de Amenophis IV (siglo XIV a.e.c.), está presentada la investidura de Eye, acompañado por su esposa Teye. El rey está sentado en una plataforma junto a la reina y los príncipes reales, y el menor de ellos está en  brazos de la reina. El faraón, su esposa y los príncipes entregan collares de oro al virrey quien los recibe con pleitesía. En la parte lateral de la pintura, se ve el carro en el cual llegó el virrey, rodeado por un gran número de soldados con instrumentos musicales.

 

Hay varias pinturas más donde está presente el carro real ricamente adornado, incluso en una tablilla encontrada en Tel-El-Amarna, donde el rey y el virrey están representados juntos.

 

La Biblia cuenta (Gen. 41.45) que el faraón le puso a José el nombre egipcio "Zafnat-panea", que es una expresión egipcia y significa “él, quien nutre”. Corresponde a la palabra hebrea “Mashbir” (Gen. 42.6) cuya traducción es: “quien vende alimentos”. Expresiones similares se encuentran con frecuencia en la literatura egipcia: el faraón Amenophis IV lleva –entre otros- el sobrenombre “el que nutre Egipto”; mientras el rey de la Dinastía XIII lleva el nombre “quien nutre los dos Reinos –Saankh-tawi”.

 

Se podría decir que los descubrimientos arqueológicos mencionados no se refieren a los acontecimientos narrados en la Biblia en forma directa, y que ninguno de los documentos egipcios hace mención de José, el gran gobernador, cuya previsión salvó al país en momentos difíciles. Puede ser que ellos tengan razón, pero no debemos olvidar que tanto la Biblia como los documentos egipcios presentan en esa época un cambio muy profundo en el gobierno de Egipto. Los dominadores hicsos de origen semita, muy favorables a José y a los inmigrantes, fueron expulsados del país y como es lógico de suponer en tales casos, los sucesores hicieron todo posible para hacer borrar o cambiar casi todos los recuerdos. El profundo conocimiento de las costumbres que se observa en el relato de la historia de José, comprobado en los descubrimientos arqueológicos, nos inducen a no dudar en la veracidad histórica de estos hechos.     

 

“Y la Biblia tiene razón.”

 

 

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