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EVOCAMOS LA MEMORIA DE ALGUNOS DIPLOMÁTICOS
HOMBES JUSTOS
QUE SALVARON LA VIDA DE MILES DE JUDÍOS HÚNGAROS EN EL AÑO 1944
ÚLTIMO AÑO DEL HOLOCAUSTO
Yad Vashem, Museo y Centro de Estudios del Holocausto en Jerusalén, fue autorizado por el Kneset –el Parlamento Israelí- en el año 1953 para conceder el título de Justo entre las Naciones como un gesto de gratitud del pueblo judío, a aquellos no-judíos que, durante la Shoa, el Holocausto, ayudaron a judíos y, por medios muy variados, salvaron la vida de muchos miles. Se concedió este título, ya mundialmente reconocido, por los siguientes requisitos:
- si actuaron contraviniendo órdenes explícitas de sus superiores,
- si arriesgaron su carrera,
- si brindaron ayuda a una gran cantidad de personas perseguidas,
- y en un caso especial, entre condiciones especiales, tuvieron que pagar con su propia vida por su actuación, profundamente humana, en un ambiente que no conocía el concepto de ser humano.
Nuestro objetivo es dar tributo a algunos diplomáticos –representantes oficiales de gobiernos extranjeros –asignados a Hungría en el año 1944, último año de la Segunda Guerra Mundial,- que salvaron vidas en un ambiente donde el único lema era la barbarie.
Se trata de los siguientes diplomáticos:
La Cruz Roja Internacional:
Friedrich Born, Delegado del Comité Internacional de la Cruz Roja en Budapest;
Waldemar Langlet, Representante de la Cruz Roja Sueca Internacional en Budapest;
España:
Ángel Saenz-Briz, embajador;
Giorgio Perlasca, ministro;
Nunciatura Apostólica:
Monseñor Ángelo Rotta, Nuncio Papal;
Suecia:
Per Anger, segundo secretario de la Legación;
Raoul Wallenberg, uno de los “diplomáticos justos” más conocidos mundialmente;
Suiza:
Carl Lutz, que además de ser el representante de su propio país en Hungría, llevó la representación diplomática de Estados Unidos, Gran Bretaña, y otros 14 países.
Considero que, como sobreviviente del Holocausto en el Ghetto Internacional de Budapest, sería conveniente ubicar el lugar y la época en que actuaron estos hombres "justos" - como lo ha reconocido el Instituto Yad Vashem de Israel, organismo encargado del estudio, de la documentación y de la preservación de la memoria del Holocausto.
Algunos de los pocos que, poniendo en peligro su propia vida o su cargo diplomático, otorgaron visas o salvoconductos a muchos judíos perseguidos; visas que eran realmente “Visas a la Vida”. Se trataba de diplomáticos que, a pesar de gozar del derecho de extraterritoriedad, pusieron su vida o, “en el mejor de los casos”, su futuro y su carrera, en juego para dar visas a los perseguidos y posibilitarles huir y esconderse en la capital del país, ya sitiada.
Consideraría interesante, hacer algunas aclaraciones acerca de la posición del país en aquella época.
En Hungría, el antisemitismo tuvo raíces profundas. Después de la Primera Guerra Mundial, perdida, hubo manifestaciones violentas contra los judíos. Pero la convivencia en los años 1920’ y 30’ fue relativamente tranquila.
Sin embargo, con el aumento de la influencia nazi en la vida política del país, después de haber llegado Hitler al poder en Alemania (1933), se introdujeron leyes raciales especiales contra los judíos para disminuir su papel e influencia en la vida económica, cultural y social. Objetivo: asegurar la prioridad absoluta de los cristianos. La primera, así llamada "Ley Judía", del año 1938, restringió las actividades comerciales e intelectuales de los judíos, fijando su tope en 20%. También se restringió el derecho a comprar y arrendar terrenos para la agricultura y la ganadería. En 1939, la "Segunda Ley Judía", disminuyó este tope al 5%, y los judíos fueron despedidos de casi todos los empleos profesionales e intelectuales. Caducaron los permisos de comercio en varios ramos y no pudieron trabajar más como funcionarios públicos; los expulsaron de las Fuerzas Armadas, de la Policía y de los Colegios de Profesionales.
En las universidades, se introdujo el "numerus clausus", es decir, la matrícula fue restringida para los alumnos judíos al 5% de todo el alumnado, porcentaje de los judíos en el país.
En 1941, introdujeron más "leyes raciales" que, de acuerdo a las leyes introducidas en Alemania, catalogaron como judíos a todas las personas -independientemente de la religión que hayan profesado- que tuvieran un solo abuelo o abuela judío. Prohibieron los "casamientos mixtos" y el concubinato, y las relaciones sexuales entre judíos(judías) y no judíos(judías) fueron severamente castigadas. En ese mismo año, se eliminó legalmente la igualdad de la religión judía con las demás religiones. Restringieron la publicación de periódicos y revistas y el funcionamiento de las instituciones judías. Prohibieron estrictamente, también, tanto la inmigración como la emigración.
El estallido de la Segunda Guerra Mundial, los primeros días de septiembre del año 1939, con las iniciales victorias del ejército alemán y la participación activa de Hungría en la contienda, aumentaron considerablemente los sufrimientos de los judíos. En 1940 empezaron a convocar a los varones judíos entre 18 y 60 años de edad, a trabajos forzados y, en ese mismo año, expulsaron del país a 40.000 judíos que no tenían la ciudadanía húngara. Los entregaron a los alemanes, quienes los aniquilaron en los campos de concentración de Kamenesk Podolsk, en Polonia. En 1942, más de 60.000 varones judíos fueron llevados al frente ruso como trabajadores forzados, especialmente para cavar trincheras, sacar minas y abrir camino bajo la lluvia de balas enemigas. Ellos no tenían armas ni implementos de trabajo, ni ropa adecuada para el invierno ruso, ni comida, ni servicio médico. Estaban obligados a trabajar en condiciones infrahumanas y expuestos a vejámenes de parte de los oficiales y soldados.
La situación socio-económica del país era muy mala; empezaron a tratar de paliar los problemas sociales con la expropiación de bienes judíos y repartirlos. La situación económica de gran parte de la población judía siguió empeorando. Pero nadie hubiera podido ni imaginar el terrible futuro que les estaba esperando. Las fuerzas, tanto económicas como sociales, de la comunidad judía se unieron para enfrentar la miseria económica. Además, los alemanes exigieron cada vez mayor contribución económica para la guerra.
Las primeras grandes victorias de los aliados aliviaron un poco la situación. Las crueldades en los campos de trabajo forzado disminuyeron algo y una parte de los sobrevivientes en el frente ruso, fue repatriada. Las leyes discriminatorias siguieron vigentes, pero no agregaron nuevas. Eran éstas las circunstancias cuando, el día 19 de marzo de 1944, el ejército alemán ocupó también militarmente el país.
Pongámonos, entonces, en el año 1944, último año de la Segunda Guerra Mundial. En Hungría, que era el último bastión del Tercer Reich.
En Hungría no había cámaras de gas ni campos de aniquilamiento lo que, empero, no quita culpa a la sociedad húngara y a todos los que eran partícipes del aniquilamiento de gran parte de la población judía. La reacción del pueblo húngaro era, en el mejor de los casos, apatía y credulidad en la culpabilidad de los judíos por la mala situación económica del país y, además, la esperanza de conseguir parte de los recursos confiscados a los judíos. Nadie alzó la voz en protesta, y las Iglesias tampoco dijeron nada.
La Alemania nazi había decidido ya, en el año 1939, la aniquilación completa de los judíos de toda Europa, y Hungría tomó su parte en la realización de este proyecto en 1944. No hubo excepción, ni misericordia. Desde la fecha de la ocupación militar del país, toda la administración gubernamental húngara, la gendarmería y parte del pueblo colaboraron con la "solución final". Los mismos alemanes quedaron asombrados por la rapidez y la eficacia de la deportación de los judíos de todo el país, salvo de la capital. Lo que demoró años en otros países, en Hungría se realizó en cuatro meses. Fue la más rápida de las grandes operaciones de asesinato del Holocausto.
Los diarios instigaron contra los judíos y amenazaron con represalias contra aquellos que, en alguna forma, intentaron prestar ayuda. Los primeros días de abril se introdujo, en forma obligatoria, poner una estrella amarilla en la ropa de todos los judíos; los judíos no podían cambiar su residencia; les quitaron el teléfono y la radio; se prohibió la actividad de los profesionales, por ejemplo a médicos judíos quienes no podían atender a pacientes no judíos. Negocios judíos no podían vender a no judíos. Se les prohibió la salida a la calle salvo durante 5 horas diarias en la mañana; y hubo muchas otras restricciones. Los trabajadores forzados eran considerados y tratados como reclusos. Desde el inicio de la guerra, ningún judío podía servir como soldado en el ejército.
Durante abril y mayo de 1944, se establecieron ghettos en todo el país, excepto en Budapest y desde fines de mayo hasta mediados de julio, se realizó la deportación de todos los judíos de todo el interior del país. Eran cerca de 600.000 personas. Fueron llevados en vagones de carga hacia Auschwitz, en condiciones totalmente infrahumanas. A partir del mes de julio, ya no había judíos en Hungría, excepto en Budapest, donde quedaron unas 200.000 personas, mayormente niños y mayores.
En junio de 1944, comenzó la concentración de los judíos de la capital en edificios designados para este fin. Otorgaron teóricamente una pieza para 4 personas. Sin embargo, poco a poco el hacinamiento fue increíble. En el departamento de tres piezas con un baño, una cocina y una pieza de servicio, donde vivíamos nosotros, éramos 42 personas.
En la segunda mitad del año, se ordenó la formación del ghetto central, donde trasladaron a unas 90.000 personas. En este ghetto, la situación fue indescriptible. Además del hacinamiento, la alimentación era poca, medios y servicio de limpieza escasos, faltaban médicos y medicamentos y, además, la angustia era permanente por la sobrevivencia, a consecuencia de las reiteradas incursiones de los miembros del Partido de la Cruz Flechada, la forma húngara de la svástica. Mocosos, miembros del partido, entraban en el ghetto para robar y más tarde, para matar. Las autoridades estatales y comunales no dieron ninguna ayuda, al contrario; fueron incapaces de solucionar los problemas, por falta de todo tipo de recursos.
La actividad protectora de algunas embajadas neutrales, comenzó en esta época, en julio de 1944. Estas eran la Cruz Roja Internacional, las Embajadas de España, Portugal, Suecia, Suiza y la Nunciatura Apostólica. Su actividad se basó en un convenio realizado con el Gobierno Húngaro. El gobierno prometió dejar salir del país un cierto número de judíos contra un “pago convenido”, es decir por la entrega de camiones y otro material. Los judíos, en posesión de su pase protector, un cierto tipo de salvoconducto, teóricamente habrían podido trasladarse a dicho país. Pero, como las condiciones de guerra ya no les hicieren posible el viaje, su emigración a los países indicados se realizaría después del término de la guerra.
Sin embargo, por varias razones, este convenio no llegó a firmarse.
Primero, la embajada de Suiza dio un aspecto oficial a la organización de las futuras emigraciones. Otorgó, a las personas escogidas, un salvoconducto (“Schutzpass”), y luego hicieron lo mismo las otras embajadas mencionadas. Teóricamente, los salvoconductos fueron dados a personas cuyos parientes, amigos o socios comerciales vivían en esos países, y habrían solicitado el otorgamiento de los salvoconductos. Además, lo dieron para algunas personalidades notables de la vida judía religiosa, cultural y comunitaria.
En este contexto, quisiéramos mencionar en forma más amplia las actividades de dos gobiernos y de sus representantes en Hungría: España y Suecia.
El General Francisco Franco, que sabía de las actividades humanitarias de los diplomáticos españoles en diferentes capitales de Europa, firmó, junto al Papa y al Rey de Suecia, el 20 de julio de 1944 una protesta, contra las masivas deportaciones de judíos.
El Comité d’Assistance aux Refugiés de Tánger, se mostró dispuesto a recibir desde Hungría, a 500 niños judíos, junto con 50 educadores. Las autoridades judías se contactaron con el Embajador de España, el Sr. Ángel Sanz-Briz, quien oficialmente no fue informado del asunto. Sin embargo, propuso que el "Consejo Judío" tomara contacto, por intermedio de Tánger, con el gobierno de España para pedir las visas y prometió pedir informaciones más detalladas al respecto. Para no perder tiempo, ubicó directamente al responsable de la Cruz Roja, quien deseó realizar el traslado aún antes de la llegada de los documentos oficiales. El embajador colaboró con mucho entusiasmo, junto al Representante de la Cruz Roja Internacional, e hizo todo lo que estuvo a su alcance. Y aún mucho más. Pero, lamentablemente, por problemas administrativos y por la resistencia de las autoridades húngaras, el proyecto que hubiera podido dar ejemplo para salvar muchos niños junto a un cierto número de sus educadores, no logró realizarse.
El 15 de octubre de 1944, otra fecha nefasta - el Gobernante Horthy intentó, infructuosamente, romper la alianza con Alemania y retirar el país de la guerra. Pero, fue derrocado por las fuerzas de la extrema derecha, apoyadas por los alemanes. El Partido de la Cruz Flechada, liderado por Ferenc Szálasi, uno de los seguidores más fieles de Hitler, llegó al poder y se preparó ansiosamente el saqueo y la matanza impune de todos los judíos que todavía vivían en Budapest. El poder pasó a manos de la turba enardecida y comenzó la persecución violenta e indiscriminada contra los judíos.
Este mismo 15 de octubre de 1944, fue totalmente derrotada la Hungría histórica y su Constitución, y, ese mismo día, significó un giro trágico en la vida del remanente del judaísmo de Hungría.
Al principio, el nuevo gobierno prometió respetar el convenio antes firmado, para proteger a los judíos que tuvieran salvoconducto, pero más tarde, haciendo referencia a que los gobiernos neutrales no reconocieron al nuevo gobierno de la Cruz Flechada, no se hizo casi nada para asegurar la vida de los "protegidos". Saqueos, amenazas, golpizas, incluso asesinatos, se tornaron cada vez más frecuentes y más violentos.
Muy pocos días después de esa fecha nefasta, el Gobierno ordenó el cierre hermético del ghetto central, rodeándolo por un cerco de unos 2 metros – 2 metros y medio de alto, con unas noventa mil personas en su interior, en su mayoría ancianos y enfermos.
Otra orden gubernamental decretó que los judíos que poseían salvoconducto, debían abandonar su morada y, mientras no fuera posible su traslado al país que les había otorgado su salvoconducto, debían vivir en edificios designados y señalados por las respectivas embajadas. No podían abandonarlo, sólo en ciertas horas definidas por las autoridades. El lugar, llamado Ghetto Internacional, se ubicó a orillas del Danubio. Quisiera subrayar el lugar físico, pues cada noche se escuchaban muchos tiros. Era una manera de pasatiempo de miembros del Partido de la Cruz Flechada, fusilar a judíos directamente en las aguas del Danubio, cubiertas con una capa de hielo.
Legalmente, existían en total unos 15-20.000 "pases protectores", pero circulaba un número mucho mayor; se habló de unos 80.000, ó más. Este número surgió de dos fuentes: en general, las embajadas emitieron un número mucho más elevado de certificados que los cupos otorgados por su propio gobierno. Además, existía gran cantidad de certificados falsificados y distribuidos por jóvenes sionistas. Muchas personas -me incluyo- ni sabíamos, de dónde llegamos a obtener el salvoconducto.
Los edificios evacuados para la ubicación de los "protegidos", las así llamadas “casas de protección”, fueron suficientes para ubicar unas 4.000 personas, según cálculos oficiales, pero había allí unos 25 mil, ó más. El abastecimiento de alimentos y medicamentos estuvo teóricamente a cargo de las mismas embajadas, de la Cruz Roja Internacional, de Organizaciones Judías Internacionales de Beneficencia y la Representación local de la Sojnut, es decir la Agencia Judía con sede en Jerusalén, etc. El problema ya no era sólo la falta de recursos económicos, sino más bien consecuencia del cerco ruso alrededor de la capital. Faltó todo: alimentos, medicamentos, productos de limpieza, y ni hablar de calefacción. Prácticamente escaseaba todo lo indispensable para la vida.
Los varones, desde los muy jóvenes hasta los relativamente mayores, obligados a trabajar en los alrededores de la ciudad para excavar trincheras contra el Ejercito Rojo, eran llevados a pie por la ruta Budapest - Viena. Además, hubo muchas razzias en las calles durante las pocas horas que los judíos podían salir de sus casas. Los juntaron y ellos también tenían que emprender su marcha hacia Austria.
Las mujeres, desde aprox. 12 hasta aprox. 48 años de edad, debían presentarse en una fábrica de ladrillos en las afueras de la ciudad; allí formaron grupos para marchar a pie. No sabían a dónde las llevaban, pero resultó que era la ruta hacia Viena.
Eran éstas las así llamadas “marchas a la muerte” desde Budapest hasta la frontera, - un tramo de unos 200 km. Ya no había trenes, ni cualquier tipo de vehículos; no había gasolina, no había nada. Las enormes filas de hombres y también de mujeres, tenían que marchar a pie por la ruta.
A los que llegaron hasta la frontera, los trasladaron por tren a campos de concentración en Alemania, como a Bergen-Belsen, Dachau, Lichtenwörth, etc.
Puede surgir la pregunta: ¿por qué los llevaron hacia Austria? La contestación es sencilla. Porque era ésta la única salida, la única ruta al alcance para salir del país. Una ruta plana, directa. La frontera norte y este, rodeada por las cadenas de montañas bastante altas de los Cárpatos, ya estaba en manos del Ejército Ruso, incluso la parte este del país estaba ocupada por ellos.
En esta época, surgió un hombre que dio esperanza de salvación de la vida a muchos perseguidos. Este nombre era Raoul Wallenberg. Un joven diplomático sueco, con una imaginación, una fuerza de voluntad y un sentido humanista sin precedentes.
Innumerables veces el pequeño auto del diplomático Raoul Wallenberg alcanzó a grupos en la marcha a la muerte, y los paró en la carretera. Con papeles, no se sabe cuáles, se enfrentó a los guardas húngaros y alemanes y sostenía que todos los miembros del convoy estaban bajo protección sueca. Hizo regresar a todos a Budapest. Subrayó el argumento de que él era el responsable de parte de su gobierno, debía vigilar la suerte de todos los miembros del grupo, pues todos estaban bajo la protección de su país.
¿Cuál es el número de aquellos que salvó la fuerza de voluntad, la energía y la incansable labor de Wallenberg, a lo largo de la ruta? Nadie sabe. Pero debió tratarse de varios miles, probablemente decenas de miles.
A partir del primero de enero de 1945, la relativa "seguridad" del Ghetto Internacional se tornó dudosa e incierta. Pero, antes de que se pudiera organizar el traslado, el Partido de la Cruz Flechada decidió la disolución total del Ghetto Internacional. Su “justificación” era, que los estados neutrales no reconocían el gobierno de Szálasi, líder del Partido, por lo tanto ellos tampoco debían reconocer los convenios realizados. Siguió el saqueo de los edificios, mataron a muchas personas directamente en las aguas del Danubio.
Después de la liberación de Budapest por los rusos, se supo que los miembros del Partido de la Cruz Flechada planificaron matar a todos los residentes del Ghetto Internacional, y también dinamitar el Ghetto Central. Los policías contratados por Raoul Wallenberg y la presencia de un gran número de policías de Debrecen, ciudad al noroeste del país donde se formó el nuevo gobierno democrático húngaro, todos movilizados por Wallenberg y por los otros diplomáticos, impidieron esta enorme matanza y destrucción.
El 18 de enero de 1945, el Ejército Rojo liberó a Pest – la orilla oriental del Danubio, la parte planicie - y el 13 de febrero también a Buda, la parte montañosa, el lado occidental de la ciudad. Se salvaron cerca de 80.000 judíos, entre ellos aproximadamente 30.000 "protegidos".
Nos liberaron, nos salvaron la vida. Ese es un hecho innegable. Pero poco tiempo después, el país se transformó en uno de los satélites de la Unión Soviética.
¿Qué pasó con el diplomático Raoul Wallenberg, después de la ocupación rusa de la ciudad? Existe mucha controversia acerca de su vida y de su muerte. Pocos días después de tomar el poder los rusos en Pest, le invitaron a presentarse en las oficinas del Alto Mando del Ejército Rojo. Desapareció. Ni la Cruz Roja Internacional, ni ninguna otra organización internacional, sueca o de la ONU, lograron averiguar su paradero, ni el lugar y las condiciones de su muerte.
Antes de terminar, quisiera invitarlos a hacer unas reflexiones, juntos.
La historia de los judíos en Hungría durante el año 1944 – una parte de la historia del siglo XX - es un crudo testimonio de cómo puede transformarse nuestro mundo en un infierno, si se posibilita y se permite la inversión de los valores morales que deberían guiar al hombre. A todos los seres humanos. Si se permite que se transmute el amor en odio, la verdad en mentira, la comprensión en violencia, en tiranía, en terrorismo, o en cualquier otra forma de barbarie. El fanatismo es la mayor estupidez y el mayor flagelo que azota a la humanidad.
Si el hombre quiere salvar su mundo, debe estar alerta y actuar sembrando amor y terminar con la maldad.
*Nota:
Sin embargo, y a pesar de todo, a pesar de toda la barbarie, hubo algunas personas quienes, con coraje y poniendo en peligro su integridad tanto física como de carrera, enfrentaron el terrorismo, el desquiciamiento de su época. Lucharon por salvar vidas. Lucharon en nombre de la verdad y de la libertad. No preguntaron si su lucha era utópica o no, si podían tener éxito en esta lucha o no. Su única meta era: salvar a seres humanos, desprotegidos y perseguidos.
Sencillamente actuaron, pues comprendieron que las mejores intenciones se transforman en negativas, o en el mejor de los casos inútiles, si no están acompañadas por la acción. Aquel que permanece inactivo frente a un acto abominable, moralmente se transforma en cómplice.
La historia que evocamos ahora, fue protagonizada por unos pocos HOMBRES. Por seres humanos, pero con mayúscula. Por justos quienes, según nuestra fe, recibirán su recompensa de Dios en el más allá, al lado del Eterno nuestro Dios. Su recuerdo traerá bendición a aquellos que lo recuerdan y consideran su actuación como un ejemplo a seguir.
Con lágrimas en nuestros ojos y con dolor en nuestros corazones pensamos en las víctimas del Ghetto Internacional y del Ghetto Central en Budapest, los 600.000 judíos de Hungría que son parte de los 6 millones de judíos de Europa masacrados durante el Holocausto. También evocamos la memoria de los otros 45 millones de seres humanos, víctimas de la Segunda Guerra Mundial. Soldados de ambos bandos, civiles, hombres y mujeres, niños y ancianos.
Rogamos a Dios por su descanso eterno, y que su recuerdo ayude a crear un mundo mejor, basado en la hermandad de toda la humanidad, un mundo de paz, de comprensión y de bienestar para toda la humanidad.
Que nuestro Dios Omnipotente le dé a él junto a los otros JUSTOS, un descanso bien merecido en la eternidad y la memoria de todos ellos haga reaccionar, por fin, a los líderes actuales de nuestro mundo, tan complicado, tan convulsionado.
Quisiera terminar mis palabras con un llamado, en pro de toda la humanidad:
¡NUNCA MÁS!
¡QUE NO PASE NUNCA MÁS! ¡NINGUNA INJUSTICIA, NINGUNA BARBARIE! ¡ CON NADIE!
¡NUNCA MÁS!
Quisiera agregar al – para decir así – curriculum vitae del diplomático sueco Raoul Wallenberg, cuyo nombre es ya un ídolo, que las autoridades rusas recién marzo 2001, dieron los datos de su muerte.
El informe dice así:
El Ejército Ruso detuvo a Wallenberg y a su chofer en 1945, porque el estalinismo lo consideraba como “socialmente peligroso”.
Su “peligrosidad” fue haber salvado judíos húngaros de las fauces nazis, pero este no era un razonamiento para la “inteligentsia” stalinista.
Uno de los más notorios ideólogos de la “glasnost”, Alexander Yakovlev, había dicho públicamente en enero recién pasado que no tenía dudas de que Wallenberg y su chofer habían sido ejecutados en Lubianka, cuarteles que han albergado a los detenidos por los servicios secretos del régimen comunista.
Pienso que sobrarían comentarios a este informe.
Ana V.S. de Veghazi
Santiago, marzo de 2001.
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